Porfirogénitos. Relato breve.



PORFIROGÉNITOS
 
Autor: Tadeus Calinca

 Año 1002

Los gritos, los gritos, ¡tantos gritos! Los gritos recorren como un rayo los laberínticos pasadizos, rebotan sobre el mármol de las paredes y se cuelan en las estancias de palacio alcanzando los rincones más remotos, los triclinios, los atrios y capillas. Llegarán sin duda a oídos del prepósito y otros insignes personajes, del magistros y los guardianes, de los spatharios o protospatharios, de los ayudantes de cámara, los vestiarios, silenciarios y chartularios, de los parakoimomenos, cubicularios, primikerios o pinkernes, de todos y cada uno de los funcionarios y oficiales que pueblan el vasto palacio, ya sean eunucos o 'barbudos'. ¿Qué tardarán todos ellos en fruncir el ceño y acudir raudos a la fuente de tanto alarido?
―¡Venga, Irene, levántate! ―le dice su compañera, mientras la estira con ahínco de una pierna.
―¡No puedo!
―¡Vamos, arriba!
―¡No puedo! ¡Viene otro!
―¿Cómo dices?
La cabeza del segundo bebé asoma entre las piernas de la parturienta. Su compañera, esclava como ella, no sale de su asombro. Tenía la esperanza de que podrían salir de tan noble lugar con el niño en brazos y correr hacia las cocinas de palacio antes de que se descubriera tan inesperado acontecimiento. Tendrían el tiempo justo para borrar las manchas e inventar alguna excusa para tantos gritos. Pero la llegada del segundo niño, con sus propios berreos y su propia sangre, desbarata cualquier intento de disimulo.
"¿No había otro lugar para parir a estos gemelos?", se pregunta a sí misma la esclava mientras observa, impotente, cómo la segunda criatura lucha por abrirse paso hacia la luz. Tenía que ser aquí, en el lugar más augusto del inmenso palacio, en esta Sala que llaman de Pórfido por tener sus paredes y su suelo cubiertos de ese majestuoso material, tan raro, tan estimado por los emperadores, en este lugar reservado a las mujeres de la casa imperial, al que acuden para dar a luz a sus hijos, que nacen así rodeados de esa aura de grandeza que les da la púrpura. Es por ello que reciben el nombre de 'porfirogénitos', el más noble de los epítetos.
―¡Venga, Irene, un esfuerzo más! ―exclama con escaso entusiasmo, intentando convencerse de que aún es posible la huida.
La parturienta pone todo su empeño en acelerar el parto, consciente de las prisas, de su mala suerte, de esa extraña voluntad divina que ha querido que sea aquí donde sus dos gemelos vengan al mundo.
—Es una niña, Irene, mírala.
En el rostro de la joven madre se dibuja un esbozo de sonrisa mientras alarga los temblorosos brazos y acoge en su seno a la recién nacida, que no tarda en imitar al primogénito, que mama en silencio. "¿Qué hacer ahora?", se pregunta Irene, exhausta por el esfuerzo, sintiendo cómo los labios tiernos de los gemelos succionan con ansia sus pezones inexpertos. ¿Qué va a ser de todos ellos, de esta nueva familia nacida por casualidad en tan reservado lugar? ¿Qué pensará el emperador Basilio, aún sin hijos? ¿O su hermano Constantino, al que han nacido sólo hembras? ¿No pensarán acaso que esto es una provocación, una señal divina en su contra, un posible peligro para su dinastía? ¿No verán en estos accidentales porfirogénitos un desafío, una burla del destino? Irene mira a sus hijos en ese brevísimo momento de pausa que le permiten las circunstancias. Teme las posibles consecuencias de su infortunio, teme represalias nunca antes vistas ante hechos tan insólitos. Los niños, mientras tanto, hacen lo único que saben hacer: mamar sin pausa, clavar sus deditos en el pecho, mirar fijamente a los ojos de su madre. ¿Qué se preguntan mientras tanto? ¿Se hacen acaso alguna pregunta?
 Se oyen pasos provenientes del pasillo. La compañera de Irene, de pie frente a la parturienta, deja caer los brazos. Ya nada puede ocultar los hechos. Nadie las creerá cuando les digan que todo ha sido un accidente, que habían entrado allí, como cada mañana, a lavar las augustas piedras, a sacar brillo al pórfido, a dar lustre a los candiles, y que una vez en el centro de la sala su compañera Irene se ha echado en el suelo incapaz de detener el torrente de su propia naturaleza.
―¿Qué está ocurriendo aquí? —exclama una voz desde el umbral de la Sala— ¿Qué es todo esto?
Quien así habla es Mauricio, el prepósito, al que acompañan algunos eunucos de menor rango. Todos ellos miran atónitos la inesperada escena. Por suerte para las esclavas, a estas horas el emperador y gran parte de su séquito están de camino a Santa Sofía, y quizá en medio de las aclamaciones y los cánticos les haya resultado imposible escuchar los alaridos procedentes del parto. A Mauricio, uno de los eunucos principales, le hubiera encantado estar allí, junto a la pompa imperial, ver de cerca al Patriarca de Constantinopla, aspirar las sagradas fragancias y lucir con orgullo su pomposo título de praepositus sacri cubiculi, que tan a menudo gusta de recordar a sus subordinados.
—Esa mancha, limpiadla ―dice sin apenas levantar la voz—. Que no quede ni rastro.
Los eunucos, atentos a sus órdenes, deseosos también ellos de ascender en el complejo escalafón de palacio, obedecen de inmediato.
—Y vosotras ―dice a las esclavas sin apenas mirarlas—, salid de aquí ahora mismo.
Las mujeres envuelven con cuidado a los recién nacidos en un improvisado manto y se encaminan a la puerta. Los lacayos, mientras tanto, se afanan en fregar una y otra vez el suelo, borrando el más mínimo rastro de sangre. No les hace falta recibir órdenes precisas, pues saben que este es un lugar necesariamente impoluto, inmaculado, como esa cálida celda, ese lugar protegido y oculto en el centro mismo de las colmenas.
Las esclavas salen por fin al pasillo. Irene, que no ha recuperado del todo sus fuerzas, se apoya aún en el brazo de su amiga. Caminan juntas, en silencio, dejando atrás la púrpura de ese noble lugar que les es tan ajeno. ¿Hacia dónde caminan exactamente? ¿Qué suerte les espera a estos niños que acaban de nacer, a estos porfirogénitos por cuyas venas no corre sangre augusta, sino de siervos? ¿Quién pondrá freno a los rumores en este palacio imperial que tanto ama los rumores? ¿Guardarán el secreto los eunucos, tan amigos de las intrigas, tan interesados en los juegos de poder, en las disputas dinásticas y los equilibrios imposibles? Los recién nacidos, niño y niña, avanzan en brazos de su madre. Tienen la piel sonrosada y sus ojos, bien abiertos, brillan llenos de vida.


© Tadeus Calinca. 2016
Todos los derechos reservados
Nº de R.P.I: V-328-16

2 comentaris:

Ximo ha dit...

M'ha semblat magnífic, Tadeus, sobretot el final obert. També m'ha encantat el lèxic.

Tadeus ha dit...

Moltes gràcies, Ximo. Agraïsc molt les teues paraules.

Com saps, la meua llengua literària, i també materna, és el valencià. Tanmateix, i per raons que ni jo mateix sabria explicar, en el terreny de la narrativa històrica m'ha nascut escriure en castellà. No sé si serà així sempre, però vaja, així és de moment. Podria plantejar-me traduir els textos, inclosa la novela, al valencià, però em fa mandra, i realment no m'agrada gens traduir-me a mi mateix. En fi, tot açò ho veig com una conseqüència per a mi enriquidora d'aquest bilingüisme, diglòssic o no, que ens caracteritza als valencians. En una llengua o una altra, la meua idea és continuar escrivint.

Una abraçada!