AGUA Y FUEGO - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 AGUA Y FUEGO

 Autor: Tadeus Calinca

 Alejandría, diciembre de 48 a.e.c.

 ―¡Tira de la cuerda!

―¡Oído!

Cordo, a quince pies bajo el suelo, en el fondo de un pozo que ha ido excavando con sus compañeros de contubernio a lo largo del día, ve cómo asciende, pegada a la pared, la cesta cargada de fango.

―¿Has probado el agua? ―le gritan desde arriba―. ¿Es dulce o salada?

―¿El agua? Aquí no hay más que fango. ¡Si quieres bajas tú y la pruebas!

Tardarán unas horas en extraer el limo y conseguir que el agua, ahora turbia, se convierta en una sustancia que puedan atreverse a beber. Es el segundo pozo que excavan en los últimos días; el primero, que costó largas horas de esfuerzos, produjo un agua que dejaba en el paladar un frustrante sabor a sal.

―¡Sigue cavando, Cordo!

―¿Cuánto queda para el cambio de turno?

―Aún te queda un poco. ¡Ahí va la cesta!

A pesar del trabajo extenuante, y del sudor que rezuma por las piernas y aflora sin pausa a lo largo de los brazos, la cabeza y el torso, Cordo y sus compañeros saben que no hay alternativa si quieren seguir vivos. Las tropas alejandrinas, dirigidas ahora por Ganimedes, inhabilitaron hace días el acueducto que traía agua fresca al sector palaciego de la ciudad. Además, han conseguido contaminar con agua de mar los principales canales que nacen del río. El propio Julio César lo resumió en su último discurso ante los tribunos y centuriones de su ejército:

―Necesitamos encontrar agua potable cuanto antes. Si pensáis que podemos huir de Alejandría con nuestras naves, estáis equivocados: nuestros enemigos observarían sin dificultad nuestros movimientos y aprovecharían la indefensión de las murallas para atacarlas. Por no hablar de los vientos, que son contrarios.

A César lo acompañaba un alejandrino vestido a la manera de los filósofos. En medio del conflicto, quedaban aún algunos sabios que frecuentaban las largas galerías del Museion en busca de saber; los estantes seguían atiborrados de libros; las lecciones de los maestros, ahora menos concurridas que antes, no habían perdido del todo su aliento.

―Existen varias maneras de atajar el problema ―prosiguió César―. Por un lado, hemos empezado a utilizar la flota para alcanzar lugares cercanos de aprovisionamiento. Por otro lado, los soldados que no estén en el turno de guardia cavarán pozos en busca de agua dulce. No lo harán a ciegas, sino siguiendo un criterio lógico. He consultado a los sabios de Alejandría, que son los que mejor conocen su ciudad, les he preguntado sobre las aguas subterráneas y sus flujos naturales. Tengo a mi lado a Sosígenes, consumado maestro en astronomía y geometría. Buscaremos con su ayuda algún rincón de la ciudad en el que brote agua no contaminada. Así pues, ¡manos a la obra!

Ese mismo día, los ingenieros y agrimensores del ejército recorrieron la ciudad acompañados de Sosígenes; unos con los instrumentos habituales de su oficio, el otro con antiguos papiros que describían la ciudad de Alejandría en sus primeros tiempos, cuando los actuales edificios y avenidas eran poco más que un sueño en la mente de los Ptolomeos.

―En este lugar pueden empezar las prospecciones ―dijo con la convicción de un hombre de ciencia―. Si no damos con agua potable, lo intentaremos en las cercanías del Soma.

Desde entonces, los legionarios no han hecho otra cosa que clavar sus picos en el suelo de Alejandría y escarbar con denuedo sus entrañas.

Cordo sigue en la oscuridad del hoyo, los pies hundidos en el fango, las manos aferradas a una azada de mango largo que le permite sondear dónde se encuentra el suelo firme bajo sus pies. Según sus cálculos, le quedan solo dos cestas por rellenar antes de ascender por la escalera de cuerda y volver a la luz del día. Un último esfuerzo. Agachar el lomo en la penumbra, hundir la azada en el gua cenagosa, ver sobre la superficie turbia el reflejo sucio del cielo, apoyarse en la pared recién tallada, recordar mejores tiempos vividos en otros lugares, cerrar los ojos a cada golpe de la azada y transportarse con la mente a la ciudad de Roma: necesita los lugares limpios de la ciudad, los templos, las basílicas, las estatuas de bronce, las casas señoriales en las que entró cabizbajo, pues pertenecían a un estrato social superior al suyo, inalcanzable para él, refugiarse en el recuerdo de la piel desnuda, en el recuerdo de lo que parecía imposible y se tornó realidad, por mucho que aquí abajo, en el barro subterráneo de Alejandría, cualquier certeza se disfrace de espejismo. Acudir a las termas, limpiar el cuerpo, atenuar los músculos, y solo entonces, en esa limpieza que parece convertirte en un ser ligeramente ingrávido, acercarte a la persona amada para abrazar su cuerpo.

 

Desde lo alto de la muralla, Arsínoe contempla el viejo puerto de Eunosto. Durante la mañana ha inspeccionado a los soldados que se dedican a reconstruir lo que queda de la flota: barcazas medio hundidas, varadas en la orilla como peces moribundos, o viejas embarcaciones de guerra que los laboriosos marinos de la flota intentan devolver a la vida útil.

―Es importante reconstruir esos barcos antes de que lleguen refuerzos a César. No hay otra manera de vencerlo.

Las palabras de Ganimedes suenan como uno de esos cánticos ancestrales de los templos egipcios, repetitivos e interminables.

―La última escaramuza con la flota romana puso en evidencia nuestras carencias.

Las naves de César habían sido avistadas cerca de Quersoneso, en el lado occidental de Alejandría. Seguramente se dirigían allí en busca de agua, según se deducía de los informes de los espías. Ganimedes ordenó una salida de sus precarias naves para intentar interceptar al enemigo, o al menos impedir su avance. El resultado fue mejor de lo que él mismo esperaba, ya que las naves romanas se vieron obligadas a volver a la ciudad por temor a verse retenidas por vientos desfavorables. Los alejandrinos perdieron una nave en la confrontación, pero volvieron a puerto con cierta esperanza en sus fuerzas.

―Hoy mismo han empezado las obras de los nuevos astilleros en Eunosto. Trabajaremos de día y de noche para ponerlos a punto.

―Una idea excelente ―le responde Arsínoe, que durante todo el día ha recibido los saludos amables de la marinería, que ella ha devuelto con su sonrisa. Volver a Alejandría ha tenido para ella un efecto balsámico, por mucho que su puesto de mando se encuentre en la parte menos noble de la ciudad, en esa zona portuaria que nunca pisó en tiempos de paz. Mejor estar aquí que en los cuarteles del ejército, donde se palpa en el ambiente el resentimiento de una parte de los oficiales, los que eran afectos a Aquilas. Mejor este rincón humilde de la ciudad rodeado por un doble horizonte azul: el del mar y el del lago Mareotis.

―El fuego de la torre sigue encendido ―dice a Ganimedes, señalando la figura lejana de Faros―. ¿No se les acaba el combustible?

―Es probable que tengan para varias semanas. Sin duda, les interesa mantenerlo encendido para guiar a las naves que tanto esperan.

―La isla de Faros está en nuestro poder.

―Así es, a excepción de ese islote, donde se asienta la torre. Nuestra posición en Faros es débil: los romanos nos podrían atacar en cualquier momento, y nosotros tendríamos poca capacidad de respuesta.

A medida que avanza la tarde, la luz emitida por la torre se hace más visible en la lejanía; una imagen familiar para Arsínoe y para todos aquellos que, como ella, nacieron en Alejandría. En una ocasión, siendo niña, su padre los llevó al islote para que conocieran la torre. Ninguno de los hermanos podía imaginar las dimensiones reales de esa construcción hasta que pusieron sus pies en la rampa de acceso y miraron hacia lo alto. Arsínoe iba cogida de la mano de su hermana mayor, Cleopatra, y no se separó de ella en ningún momento, asustada por un entorno tan gigantesco; se aferró aún más a su hermana cuando alcanzaron la primera terraza y se asomaron al precipicio que se abría desde esa altura, donde unas enormes estatuas de bronce, que representaban desconocidas criaturas marinas, se asomaban al vacío desde cada una de las esquinas. Por suerte tenía a su hermana Cleopatra a su lado. Junto a ella subió la rampa que llevaba a la terraza superior, y en ese último tramo del ascenso empezó a escuchar el rugido de las llamas, que no hizo sino aumentar a medida que subían. Una vez devueltos al exterior, vieron en lo más alto la poderosa estatua de Poseidón, y bajo él, rodeadas de columnas que formaban un círculo, las llamas enfurecidas y el humo que ascendía al cielo sin pausa. Arsínoe se asomó tímidamente, con una mezcla de temor por las alturas y las llamas y de admiración al poder contemplar la gran ciudad que se extendía a lo largo de la costa. A su lado estaba Cleopatra, que le sonreía y le acariciaba el cabello para tranquilizarla.

Tienen que luchar contra César, ocupar el islote con su torre, apagar de una vez por todas el fuego.

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

 

CAMPO DE MARTE - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 CAMPO DE MARTE

 Autor: Tadeus Calinca

 Roma, finales de mayo de 55 a.e.c.

 En su paseo matinal, Cordo ha visto pequeños grupos de soldados que simulaban combatir con espadas romas, o se ejercitaban a lomos de sus caballos, o simplemente corrían semidesnudos por el llano; al contemplarlos, se imaginaba a sí mismo dentro de un tiempo como uno más de esos soldados. Para ello le hará falta mucho entrenamiento: montó a caballo siendo niño, y a esas mismas edades jugaba con su hermano y sus primos con espadas de madera y escudos de mimbre: en eso se resume su experiencia militar.

Atraviesa ahora las calles bulliciosas, malolientes, del barrio en el que vive. Deja atrás el campo abierto junto al Tíber, el aire marcial, casi venerable, de la Villa Publica y los pequeños templos prometidos a los dioses; el Campo de Marte es sobre todo un espacio vacío, a menudo encharcado, en algunos tramos cenagoso, pero a medida que uno se acerca a la ciudad aumenta la presencia de edificios. Se alza, como la más majestuosa construcción de Roma, el teatro y pórtico de Pompeyo, que será inaugurado en otoño. No lejos de allí hay un pórtico más antiguo, creado también a imitación griega. Cordo se ha detenido ante su entrada, ha leído la inscripción dedicada a Quinto Cecilio Metelo Macedónico, embargado por un nombre tan largo y tan ilustre ha cruzado al interior del recinto, cuyo centro ocupan dos formidables templos, casi gemelos; frente a ellos, un conjunto de estatuas traídas de Oriente: lo forman, según dicen, los generales de Alejandro Magno. A un lado, sobre un pedestal de humilde factura, destaca una estatua de bronce que representa a una mujer sentada. "Cornelia, hija de Escipión", dice el epígrafe, "madre de los Gracos". De vuelta a casa, caminando entre callejuelas que poco tienen que ver con la belleza de las estatuas, Cordo se deja llevar por la magia de esos nombres. Cuando se encuentre con su amigo Turio, perfecto conocedor de la historia romana ("algún día escribiré una historia de Roma en cien libros", le dice a menudo), le preguntará quién era exactamente Macedónico, cuáles fueron sus victorias, dónde se inspiró para construir su pórtico, por qué pusieron en su interior la estatua de la célebre Cornelia y sobre todo qué relación hay entre estos personajes del pasado y los Cecilio Metelo y los Cornelio de ahora.

En estas cosas piensa cuando gira la esquina y se encuentra, al otro lado de la calle, la insula en la que reside. Los pequeños negocios, abiertos a la acera, alcanzan a estas horas de la mañana su máximo bullicio; le llegan los olores familiares que impregnan el aire, también los gritos alegres de los niños y las voces de los comerciantes. En la segunda planta de este edificio, a la que llegan por igual esos olores y esas voces, comparte con su esposa Celia un habitáculo de cuatro estancias, carentes de lujo. Viven aquí de forma provisional, o eso dicen desde hace dos años, cuando celebraron su matrimonio; comprarán una casa en el futuro, cuando se lo permita alguna herencia o algún golpe de fortuna; tendrán hijos que jugarán entre rosales y mosaicos; tendrán esclavos a los que, algún día, llevados por la bondad de su carácter, concederán la libertad.

 

―¿Dónde has estado? ―le pregunta Celia nada más cruzar el umbral.

―Tenía la mañana libre, he ido a dar un paseo.

―Ha estado aquí Aulo, tu cliente.

―¿A estas horas?

―Tenía que hablar contigo, por lo de su juicio.

―Lo veré esta tarde, en las termas.

Celia lo mira con gesto de preocupación.

―Hoy había actividad en el foro y en la Basílica Porcia, es allí donde debes ir a pasear, a buscar clientes que necesiten un abogado, a hacerte un nombre.

―Me apetecía descansar, eso es todo.

―Necesitamos ingresos.

―Lo sé.

―No vamos a vivir siempre de lo que nos envía tu padre desde Praeneste, o del dinero de mi dote. Se diría que te gusta este barrio.

―¿Vamos a empezar la discusión de siempre?

―¿No piensas hacer nada por cambiar las cosas?

En su manera de hablar, en su manera de estar de pie sosteniendo en su mano derecha una túnica recién lavada, Celia denota un refinamiento que poco tiene que ver con su actual existencia en un barrio humilde. Huérfana de padre desde la infancia, su casa familiar la ocupa ahora su hermano mayor con su mujer y su interminable prole. El padre de Celia fue compañero de armas del de Cordo, de ahí el pacto que derivó en la boda: ella, una joven de inmejorable aspecto perteneciente a una familia romana venida a menos: él, un joven prometedor que contaba con el respaldo de su padre, un antiguo colono cuya hacienda, según se decía, no hacía más que crecer.

―Me tengo que ir ―dice Cordo mientras revisa algunos de los dispersos documentos que pueblan su mesa de trabajo; se acerca uno de ellos a la vista, pone el dedo en los renglones fingiendo que los lee.

―¿Irás a ver a Aulo?

―¿Aulo?

―Tu cliente.

―Sí, Aulo Fadio. Lo veré esta tarde, no te preocupes.

―¿Dónde vas ahora?

―Tengo que hablar con mi amigo Turio. Cosas de abogados.

―Cosas de abogados, sí.

Celia contiene su enfado, cansada ya de insistir. Lo que daría por estudiar leyes, por salir de las cuatro paredes de este habitáculo lleno de humedades y tocado apenas por el sol, ir rauda hacia el foro, ofrecer sus servicios de abogacía, penetrar en el mundo real de los litigios, las herencias, las compraventas, pisar esos lugares en vez de oír hablar de ellos, tener voz más allá de las conversaciones en la panadería con las matronas que conviven en la insula.

―Volveré tarde ―dice Cordo mientras ordena los papiros en la mesa y se arregla el pliegue de la túnica.

 

El ánimo de Cordo, mientras camina por las calles de la ciudad, es bien distinto al de hace unas horas, cuando contemplaba hechizado las formas escultóricas. Necesita hablar con Turio, decirle que dentro de dos días volverá a la casa de Craso, y que entonces, quizá, empiece una nueva vida para él. No ha dicho nada de todo ello a su esposa, tampoco a su padre, aunque espera por parte de este una reacción positiva. Pero Celia, ¿cómo decírselo a ella? Es bien sabido que los grandes hombres de Roma van a prorrogar por cinco años sus mandatos: Julio César continuará en la Galia, donde no deja de expandir el dominio romano; Pompeyo podrá afianzar su poder en Hispania; Craso, por su parte, verá cumplido su sueño de ir a Siria y conducir desde allí un ejército contra los partos. Algunos dicen que sueña incluso con atravesar Persia y llegar hasta la India, como hizo Alejandro Magno. Tiene cinco años para ello. Cinco años… ¿Cómo va a decírselo a Celia? Decirle que espere, que vuelva a casa de su hermano mientras él hace carrera y se enriquece, porque esa es la única manera de prosperar en Roma, pero en el plano más íntimo está la atracción del viaje por sí mismo, la posibilidad de ir a Oriente, acercarse a un sueño en vez de vivir su actual sueño deforme de dedicarse a la abogacía, un oficio que detesta… ¿Cómo explicárselo a Celia, por la que siente un sincero afecto, cuya tristeza le hiere más de lo que es capaz de expresar con sus palabras? Mejor desistir de una idea tan alocada. Presentarse en casa de Craso y decir que se lo ha pensado mejor. Agarrarse a su actual existencia, formar una familia con los hijos que han de venir, esperar que las cosas mejoren en vez de perseguir un futuro incierto.

En ese estado de ánimo, en el que se mezcla alguna lágrima aislada, avanza Cordo por las calles de Roma. Mejor hablar con Turio. Pedirle consejo; pedirle, también, que le narre con detalle las pasadas glorias que tanto lo fascinan.

 

Dos días después, Cordo es recibido en la mansión de Craso. Esta vez no ha hecho falta una larga espera: nada más abrirse las puertas, custodiadas hoy por los lictores, uno de los libertos se ha acercado a su posición en la larga hilera, instándolo a entrar.

―Cneo Licinio Cordo ―dice el cónsul tras echarle un rápido vistazo. Lo acompañan su hijo Publio y Lisandro, su hombre de confianza.

―Ese es mi nombre ―contesta Cordo, intimidado aún por tener delante a un cónsul de Roma, el hombre que derrotó a Espartaco y su ejército de esclavos, el hombre que muchos consideran el más rico y poderoso de Roma.

―A partir de junio podrás entrenarte con los tribunos de primer año. Estarás bajo la supervisión de mi hijo, aquí presente. Contarás con una paga inicial como soldado, y te procuraremos un caballo para tus ejercicios de montura.

―Sí.

―No pareces muy convencido.

Publio, que se ha mostrado sonriente mientras hablaba su padre, frunce ahora el ceño.

―Que entrenes con los tribunos no quiere decir que seas ya un tribuno militar de mi ejército. Eso está por ver. Te ofrezco la oportunidad de demostrar lo que vales.

―Gracias.

―Aprovecharé mi próximo viaje a Praeneste para entrevistarme con tu padre, que según parece tuvo una larga carrera en el ejército.

―Así es.

―¿Cuántos años tienes?

―Veintitrés.

―Perfecto. ¿Algo más que decir? Has hablado poco.

Cordo contempla, enmudecido, a estos tres hombres que ahora se miran los unos a los otros moderadamente sonrientes.

―Te dejo con mi hijo, para que entréis en detalles.

―Muchas gracias, estimado cónsul.

 

Cordo, guiado por Publio Craso, descubre anonadado los diferentes espacios que componen la mansión familiar. Le muestran estatuas, mosaicos, fuentes. Cada vez que se cruzan con esclavos, estos lo saludan como si fuera un visitante ilustre.

―Ven, Cornelia. Te presento a Cordo.

―¿Y quién es Cordo? ―pregunta la joven esposa de Craso desplegando su amabilidad y su bellísima sonrisa.

―Un pariente lejano.

―Muy lejano diría yo ―dice Cordo, mostrándose por fin relajado.

―Entonces debo saludarte como corresponde.

Cornelia Metela, que lleva en su nombre toda esa carga histórica de la que le habló su amigo Turio durante horas, en las termas, que lleva en su ropa y en su piel el más exquisito perfume que haya olido nunca, se acerca a Cordo y le da un tenue, amable e inesperado beso en la mejilla.

―Bienvenido a la familia.

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

GANIMEDES - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 GANIMEDES

 Autor: Tadeus Calinca

 Delta del Nilo, cerca de Alejandría, noviembre de 48 a.e.c.

 Llegada la tarde, pudo por fin ponerse ropa limpia. Trajeron de la ciudad a un grupo de sirvientas que la ayudaron a lavarse y a dar forma a su peinado, que por fin parecía el de una joven reina. Vestida, limpia, calzados los pies en cómodas sandalias de cordones dorados, Arsínoe salió de la tienda acompañada de Ganimedes, y juntos saludaron a las tropas, venidas de todos los rincones del reino. Primero los estandartes reales, coronados por águilas doradas; luego los de Menfis, los de Tebas, los de Cinópolis, inconfundibles por utilizar un perro como símbolo de su ciudad. Los soldados admiraban la noble figura de la reina, seguían con la mirada a esta joven que caminaba ante ellos con la cabeza bien alta, que se protegía del frío dejando caer sobre sus hombros un ligero manto, que alzaba la mano y saludaba a los oficiales de los batallones y a los cuerpos de caballería como si llevara años desempeñando esa labor, una reina fugitiva, aparecida de la noche a la mañana en la fértil llanura del delta, en este rincón llamado a la guerra. A su lado, inseparable, un eunuco de nombre Ganimedes; juntos se dirigieron al reducido grupo de generales, entre ellos Aquilas, que estaba al mando del ejército; les dedicó apenas unas palabras de protocolo, tras lo cual continuó su paseo excluyéndolos del mismo, mostrando su elegancia innata y su aura casi divina; Ganimedes, caminando junto a ella, balanceaba con aplomo su cuerpo obeso; llevaba él también vestiduras nuevas,  y una reluciente espada adosada a la cintura.

Eso fue ayer.

Hoy, desde primera hora de la mañana, Arsínoe preside la reunión del consejo. A su lado, una vez más, la figura de Ganimedes. Frente a ellos, guardando una distancia que se diría premeditada, Aquilas y sus hombres.

―¿El joven Ptolomeo sabe que te has unido al ejército real? ―pregunta Aquilas rompiendo uno de los largos silencios de la mañana.

―Mi hermano no sabía nada ―contesta Arsínoe de manera espontánea―. Salimos de Alejandría por nuestra cuenta.

―Así fue ―apostilla Ganimedes―. Aprovechamos el incendio de la flota para huir del palacio. Las murallas estaban menos protegidas que de costumbre en medio de la conmoción. Tuvimos que saltar una muralla, como bien sabéis, sin recibir ayuda alguna.

―Conocemos la historia.

Aquilas no sale de su perplejidad ante una situación que no entraba en sus planes; y eran unos planes bien elaborados, tenían principio y fin, los regía una lógica implacable que ahora parecía resquebrajarse con la inesperada llegada de la reina y su inseparable eunuco. ¿Quién hubiera imaginado ese salto al vacío en mitad de la noche, esas carreras con los pies desnudos por las calles de Alejandría?

―La reina tiene algo importante que deciros ―anuncia Ganimedes, al tiempo que la anima con un gesto a ponerse en pie.

En el interior de la tienda la rodean hombres armados con sus espadas; en el exterior se expande un enorme ejército de soldados que en cualquier momento podrían dirigir sus armas contra ella.

―Soy Arsínoe, hija del difunto rey Ptolomeo, heredera del reino junto a mis hermanos ―dice, a pesar de sus dieciséis años, a pesar del miedo que siente―. He venido para ponerme al mando de esta lucha que nos enfrenta a Julio César y a mi hermana Cleopatra, traidora a su patria.

Hay un ligero temblor en sus palabras, y alguna pausa para coger aire y seguir hablando con la máxima firmeza que le permiten las circunstancias.

―Ganimedes, aquí presente, será el jefe del ejército, y os deberéis poner a sus órdenes.

Primeros murmullos. Miradas amparadas en el silencio.

―Aquilas, a ti me dirijo. A partir de ahora te ocuparás de una misión importante: reconstruir la flota del Nilo y ponerte al frente de la misma.

―¿De dónde vienen estas órdenes? ―exclama Aquilas, airado―. ¿Las ha emitido acaso el rey Ptolomeo, o es solo una decisión de la joven reina?

―El rey Ptolomeo, mi hermano, está encerrado en el palacio. No puede dar órdenes.

―Las daba antes de ser apresado. Ordenó que formáramos un gran ejército y me puso al frente del mismo.

―¿Lo ordenó el? ―pregunta Ganimedes, incapaz de callar por más tiempo―. ¿O fue más bien Potino? O quizá Teodoto.

―A Potino su lealtad al rey le costó la vida, después de que los romanos interceptaran uno de sus mensajes. ¿Qué hacías tú mientras tanto, Ganimedes? ¿Embadurnarte el cuerpo de aceite? ¿Dar de comer a los pájaros?

―¿Qué hacía? Intentar proteger a la reina en medio de una guerra innecesaria. ¿Se te ha olvidado acaso cómo empezó el conflicto? Fuiste tú mismo quien clavó la espada en el cuerpo indefenso de Pompeyo, y corriste a Alejandría con su cabeza clavada en una lanza; te acompañaba Potino, contabais con el apoyo de Teodoto, habíais convencido al joven rey de que vuestro plan era la mejor estrategia; le entregasteis la cabeza a Julio César al tiempo que os postrabais ante él, pensabais que vuestra acción infame os haría amigos del romano, que vuestra actitud servil salvaría al reino de Egipto de nuevos peligros, pero ya ves adónde nos han llevado vuestras acciones miserables.

―No admito estas palabras de desprecio.

―¿Qué palabras prefieres? ¿Quieres que alabe tus servicios a la patria, los crímenes con los que pretendías salvarla?

―Actuamos en todo siguiendo instrucciones del rey.

―¿Un chaval de trece años? ¿En verdad quieres que nos creamos esa patraña?

―No tengo por qué escucharte ―dice, conteniendo su rabia.

―No es necesario hablar más. ¿Aceptas las órdenes de tu reina?

―Las acepto, ¿cómo no iba a hacerlo?

Aquilas se pone el manto, en un gesto tranquilo que es imitado por sus ayudantes.

―Si no hay más órdenes, empiezo de inmediato a cumplir con mi tarea: hacer acopio de las naves que sean útiles, repararlas, reconstruir aquellas que estén inservibles, hacerlas flotar sobre las aguas del Nilo y de ese modo prepararlas para el futuro combate contra la flota enemiga. Era eso, ¿verdad?

Ganimedes mira a Arsínoe, que parece atenazada por el miedo.

―Ese es tu nuevo cometido ―le responde por fin el eunuco―, así te lo ha ordenado la reina. Puedes marcharte si lo deseas.

Ganimedes respira aliviado cuando ve a Aquilas y sus hombres salir de la tienda de campaña. El diálogo ha alcanzado su máxima tensión sin llegar a quebrarse, pero ahora esa tensión viaja a lomos de sus enemigos, será llevada a otros rincones reconvertida en acción, en espadas, en sangre. Por suerte, Ganimedes cuenta con apoyos en el ejército; sabe que son muchos los que se oponen en silencio a Aquilas, ha empezado a contactar con ellos y a establecer las primeras alianzas. Le espera un largo día de negociaciones en un escenario poblado de espadas y apariencias falsas. También será un día largo para la reina, hundida ahora en su asiento.

―No te preocupes, Arsínoe ―le dice mientras le pone una mano en el hombro.

―¿Cómo quieres que no me preocupe? ―dice la joven, entre sollozos― ¿Qué hago en este lugar? ¿Cuánta vida me queda entre tantos peligros?

―Fuiste valiente al huir de Alejandría.

―¿Por qué no puedo llevar una vida normal? ¿Por qué tengo que estar aquí y soportar todo esto? Tengo dieciséis años, debería estar casada, debería estar pensando en vivir una vida tranquila, como otras mujeres.

―Somos víctimas del destino.

―¡No quiero este destino! Mis sueños se han roto, mi vida está rota, se me escapa de las manos.

Ganimedes le acaricia el cabello, le pone las manos dulcemente en el rostro rozando el húmedo poso de sus lágrimas.

―No está todo perdido.

―Soy joven y voy a morir, es todo.

―Escucha. Hay muchos oficiales del ejército que están de nuestro lado. Hemos organizado tu protección personal, hemos enviado espías para que nos informen acerca de Aquilas y sus movimientos. No temas.

―Me dan miedo las armas. Me da miedo esta aquí.

―Y sin embargo huiste en medio de la noche y bajaste por un muro para estar aquí. ¿Te arrepientes de ello?

Arsínoe alza por primera vez la mirada.

―No lo sé ―susurra mientras las manos de Ganimedes se enredan entre los bucles rubios de su cabello; manos protectoras, manos que empuñarán la espada como han hecho en el pasado.

―La vida es un camino difícil, todos perdemos algo mientras andamos, a todos nos toca luchar antes o después.

―Estoy viviendo una vida que no es la mía.

―¿Quién vive su propia vida? Fíjate en mí. ¿Te crees que elegí ser un eunuco?

Arsínoe coge las manos de Ganimedes, se aferra a ellas.

― No temas ―susurra el eunuco―, estás protegida de todo peligro, puedes conversar con tus sirvientas, descansar. Yo me encargaré del resto.

 

Unos días después, Ganimedes y sus hombres irrumpen en una de las cabañas cercanas al río.

―Sabemos lo que estáis haciendo. No opongáis resistencia.

Aquilas se pone en pie, sorprendido, atemorizado. Se sentía seguro junto a sus compañeros de conjura. Le pasan por la cabeza posibles explicaciones: alguna traición, algún chivatazo, alguna acción de espionaje orquestada por el eunuco, cuya inteligencia, quizá, ha infravalorado.

En un acto instintivo se lleva la mano a la espada, pero es tarde. Ganimedes se abalanza sobre él; su mano diestra guía el camino a la espada, que encuentra de inmediato su recompensa de sangre. Superada la misión, correrá de inmediato  al encuentro de Arsínoe con las manos aún ensangrentadas. Comenzará entonces un nuevo capítulo, un nuevo retorcimiento en el guión de sus vidas, un nuevo periplo burlado a la muerte.

 

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

CLIENTES - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 CLIENTES

 Autor: Tadeus Calinca

Roma, finales de mayo de 55 a.e.c.

 ―Dicen que hoy no está el cónsul.

―¿No? Entonces, ¿qué hacemos en la cola?

―Nos atenderá su hijo Publio, supongo.

―No es lo mismo.

―Lo importante es que esté Lisandro.

―¿Quién?

―El liberto predilecto de Licinio Craso, la persona que mejor conoce todos sus asuntos.

―¿Cómo lo sabes?

―No es la primera vez que hago esta cola.

Cordo, aún soñoliento, escucha la conversación. Es uno más en la interminable fila que desde antes del amanecer se ha formado alrededor de la domus de Craso, de una opulencia y una belleza inalcanzables para ellos, casi onírica. Se han congregado en la fila todo tipo de circunstancias: ciudadanos empobrecidos que contrajeron deudas con Craso, clientes en busca de un nuevo arriendo o una ampliación de sus negocios, hombres sin rumbo que quieren buscar fortuna en el futuro ejército del cónsul, dondequiera que los lleve; no faltan tampoco aquellos que, reducidos a la miseria, acuden a Craso como meros suplicantes. Unos y otros cifran sus esperanzas en esta cola que apenas avanza.

―La cosa va para largo ―dice uno de los presentes, que parece un experto en la materia.

―La última vez no pude entrar, me cerraron las puertas en las narices.

―Ya es mala suerte.

Cordo los escucha sin atreverse a pronunciar palabra. Es la primera vez que acude a la casa de un noble como cliente, o más bien como aspirante a serlo. Los escucha en silencio; da pequeños pasos cada vez que la fila, a un ritmo exasperante, permite un avance.

―¿Os habéis enterado de lo de Egipto?

La voz del charlatán resuena una vez más en el frescor de la mañana. Unas jóvenes esclavas avanzan por la calle cargadas de pan recién hecho. Los niños, acompañados de sus madres y nodrizas, empiezan su paseo matutino.

―Llegaron noticias ayer del puerto de Ostia.

―Algo he oído ―interviene sin demasiado interés su habitual replicante; es evidente que el coro de charlatanes, con su infinita letanía de grandes verdades y chismorreos de ultramar, empieza a ser un incordio para los que pacientemente esperan su turno en la fila; pese a ello, nadie protesta. Que hablen. Que digan lo que quieran.

―Ptolomeo vuelve a ser rey de Egipto.

―Le sonríe la fortuna, no cabe duda. Tiene a los dioses a su favor.

―Y a algún que otro romano, al que ha prometido mucho dinero. Y a Gabinio, que ha llevado un ejército desde Siria y lo ha puesto otra vez en el trono.

―¿Qué ha sido de Berenice?

―¿La hija de Ptolomeo? Murió en la cárcel, por orden de su padre. Y no será la única víctima.

―No hables tan alto… ―le dice en un susurro su compañero de plática al darse cuenta de que, a poca distancia de ellos, camina sin demasiada prisa una pareja de caballeros.

El silencio se expande como un bálsamo a lo largo de la fila. Cordo, inmerso en la contemplación del nuevo día, atento a todo aquello que pueda aprender de los que le rodean, repasa mentalmente las palabras que piensa dirigir a Craso cuando llegue el momento.

 

Transcurridas las horas, se hace difícil encontrar un resquicio de sombra que permita protegerse del sol tenaz del mediodía. La cola ha avanzado a su ritmo lento, y Cordo ha podido al menos doblar la esquina y alcanzar las inmediaciones de la puerta. Si al menos les trajeran comida o algo de beber, o si desapareciera el olor a comida que les llega, perturbador, desde la cocina.

Ha tenido ocasión de escuchar sin pausa la cháchara de los habladores, que parecen inmunes al cansancio. Han hablado de Julio César y su triunfal campaña en la Galia, de donde ha vuelto el hijo de Craso tras conseguir una victoria en Aquitania; han hablado del padre de este, que es el hombre más rico de Roma, y que además es cónsul junto a Pompeyo (detalles redundantes para los que forman la cola); han continuado el relato de lo sucedido en Egipto, donde un tal Arquelao, venido de no se sabe dónde, se había casado con la reina Berenice: un atrevimiento que le costó la vida; poco después llegaba Ptolomeo a Alejandría como un nuevo dios, odiado por muchos de los suyos; con él venía su hija Cleopatra, que atrajo de inmediato las miradas de los curiosos; no era para menos después de su larga ausencia.

Largas horas de noticias dispares, repletas de nombres fáciles de confundir unos con otros y cargadas del aroma extraño de las costumbres orientales.

Se abre la puerta, avanza la fila un pasito más, se mantiene viva la esperanza, se avivan los diálogos a la luz del sol.

 

Publio Licinio Craso, hijo del cónsul, lo recibe en una de las lujosas estancias de la casa. Le acompaña un hombre de mediana edad que, según deduce Cordo, debe ser Lisandro.

―¿Y bien? ―dice este.

―Me llamo Cneo Licinio Cordo, y soy natural de Praeneste.

―¿Licinio? ―pregunta Craso, mostrando un moderado interés.

―Traigo una carta escrita por mi padre, en la que habla de mis orígenes familiares, incluido el lejano parentesco que nos une a los Licinio Craso.

―La leeremos. Dices que naciste en Praeneste.

―Mi padre se asentó allí como colono tras la victoria de Sila.

―Ya veo. Ahora vives en Roma.

―Vine para formarme en la práctica forense.

―Eres joven.

―Sí. Llevo poco tiempo como abogado.

―Bien. ¿Qué te ha traído a la casa del cónsul?

―Seré sincero. No me gusta la vida que llevo, no me gusta mi oficio.

―No me extraña.

―Necesito un cambio.

―¿De qué naturaleza?

Cordo se detiene por unos instantes. Podría hablar de lo poco que le gustan los litigios legales, de lo poco que le gusta vivir en la gran ciudad, que siempre le ha parecido un lugar sucio y peligroso; podría incluso hablar de su matrimonio, al que accedió por contentar a su padre, del mismo modo que estudió leyes por no contrariarlo.

―Quiero probar suerte en el ejército; empezar una carrera militar, como hizo mi padre.

Lisandro, que acaba de leer por encima el documento que ha traído Cordo, dirige al joven Craso una mirada en la que puede entreverse cierto asentimiento.

―Dentro de poco el cónsul Craso empezará a preparar su campaña militar ―continúa Cordo, mucho más seguro de lo que dice―. Quiero formar parte de ese ejército si hago méritos para ello.

―Tendré que consultarlo con mi padre, ya que las decisiones en asuntos militares solo le incumben a él.

―Lo entiendo.

―Vuelve dentro de tres días ―dice a modo de conclusión, buscando la complicidad de Lisandro―. Si no hay contratiempos, el cónsul te atenderá en persona.

―Muchas gracias.

―Dadle un poco de comer a este hombre, y un poco de agua fresca.

―Te lo agradezco, Publio Licinio ―dice Cordo, luchando por disimular su alegría―. Que tengas una feliz jornada.

 

Una vez acabada la entrevista, y saciadas al menos en parte su hambre y su sed, Cordo es conducido por un esclavo a través de un atrio.

―¿Quién es? ―pregunta señalando a un grupo de mujeres en el que destaca una joven de gran belleza y mirada serena; por la elegancia de su vestido y su peinado, no cabe duda de que es una noble mujer de los Craso rodeada de sus esclavas; sostiene delicadamente entre sus brazos una lira; se diría que está a punto de interpretar con ella alguna melodía.

―Es Cornelia Metela, la esposa de Publio Licinio―le contesta el esclavo, sorprendido ante una pregunta tan impropia.

Cornelia Metela… un nombre que encierra en su esencia todos los ecos de grandeza que puedan imaginarse en Roma. Antes de salir del atrio se escuchan los primeros acordes de la lira; es una dulce melodía cargada de poder. Un canto de amor pastoril. Un canto a la grandeza.

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

GUDRID - Relato histórico


GUDRID

Autor: Tadeus Calinca

Vinland (América del Norte), año 1005.

1.

Aquella mañana fría, casi de invierno, los nativos volvieron a aparecer en nuestro campamento. Unos meses atrás se habían acercado tímidamente a las casas y al fondeadero, donde miraron con asombro las proas que adornaban los barcos y sus enrevesadas formas de dragón. Venían cargados con pieles de marta y otros animales, con las que pretendían hacer trueque; estaban interesados sobre todo en nuestros tejidos de lana, que llegaban a cortar en pequeños trozos para poder quedarse con su parte, y también en las hachas y otras armas, cuyo intercambio les fue vedado. Escucharon asustados el mugido de un toro, que debía ser para ellos una bestia monstruosa; se acercaron a él con miedo y le dieron hierba fresca, bien atentos a sus resoplidos y sus cabezadas. Caminaron entre las casas, tocaron los hierros y los escudos, y con la misma lentitud con la que aparecieron volvieron a esfumarse en el bosque.
Llevábamos poco tiempo en estas tierras, que eran las que Leif Eriksson había descubierto en su día. Nunca habíamos visto bosques tan frondosos, ni habíamos conocido tanta variedad de animales y plantas, incluida una, tan silvestre como las otras, a la que llamábamos viña. Nos alimentamos de esas plantas, y también de un rorcual varado en la playa.
Pensábamos que los nativos no volverían después de tanto tiempo, pero allí estaban de nuevo. Thorfinn y los demás hombres corrieron a las armas para formar de inmediato una línea defensiva. "¡Han vuelto los Skraelings!", decían. 'Los extranjeros, los bárbaros'… No me gustaban esas palabras. ¿Cómo iban a ser extraños en su propia tierra? ¿No lo seríamos nosotros?

Mi sirvienta Iva fue la primera en verla.
―¡Es un espectro, mira! ―gritó, señalando a la entrada―. Gudrid, protege a Snorri. ¡Ha entrado la sombra de un muerto!
Caminando hacia atrás, sin perder de vista a la recién llegada, Iva entró en la sala principal para esconderse. La encontramos horas después en un rincón de la despensa, temblando de miedo.
Yo estaba sentada junto a la cuna de Snorri, vigilando su sueño. Desde allí contemplé a esa mujer de baja estatura y vestimenta extraña que a mi sirvienta le había parecido un fantasma, y ciertamente lo parecía, con la cabeza enfundada en un tocado terminado en punta que se extendía por los hombros y la espalda, y su rostro hundido y pálido en el que asomaban dos ojos que eran como lunas llenas. La mujer se acercó a paso lento. Iba diciendo palabras que no lograba entender, se llevaba la mano al pecho y repetía un vocablo que debía ser su nombre. Yo la invité a acercarse, le dije que no tuviera miedo, o al menos se lo indiqué con un gesto.
― Ek heiti Guðríður, ok þu?[1] ―le dije al tiempo que me señalaba a mí misma repitiendo mi nombre.
― Ek heiti Guðríður, ok þu? ―repitió ella, haciéndose eco de mis palabras.
La mujer se acercó al banco que yo ocupaba y tomó asiento. Entonces vi con claridad que no era una sombra venida de otro mundo sino una persona de cuerpo real que me miraba a los ojos. Debajo de la caperuza asomaba el cabello ensortijado en abalorios; su piel era la tierra roja de esta tierra, olía a hierba, a luz.
Iba a decirle más cosas, iba a cogerla de la mano e invitarla a asomarse a la cuna para que viera con sus redondos ojos al pequeño Snorri, que dormía plácidamente, iba a hablarle de mi tierra y a preguntarle sobre la suya, pero entonces oímos el primer grito y los primeros golpes de espada, y luego carreras y más golpes. Me asomé por una rendija y vi a mi esposo, Thorfinn, con la espada desenvainada, y a los demás islandeses protegiéndose de las flechas y azuzando con gritos a los nativos. Me giré entonces para ver a la  mujer, pero fue en vano. Se había ido, con el mismo silencio con el que había entrado en la casa, como una sombra de paz en la mañana fría.

2.

Bien entrado el otoño, los viejos del pueblo escucharon a los dioses y vieron que era propicio volver a las casas de los barbudos. Yo quería ir con ellos, a pesar de que nos lo hubieran prohibido. "No queremos mujeres en la expedición", nos decían. "Entonces, ¿por qué nos habéis hablado tanto de sus ojos claros y de sus utensilios mágicos?", contestábamos en coro. Queríamos tocar los broches dorados, las proas de los barcos, los largos vestidos de las mujeres. Queríamos frotar el lomo de la gran bestia, y escuchar su canto hondo.
Finalmente, el jefe dio su brazo a torcer: a unas pocas, entre las jóvenes, nos fue permitido unirnos a la partida.
  A dos días de camino surgieron como un sueño los techos de hierba. En frente de las casas hacían guardia los guerreros, erguidos, con el semblante serio. No parecían dispuestos a darnos la bienvenida. Sin embargo, las palabras fueron sustituyendo a la desconfianza, y empezaron, como por germinación espontánea, los intercambios de mercancías entre unos y otros.

Aprovechando un descuido de los hombres con barba, entré en una de las casas. Quería verla por dentro, sentía curiosidad por esa construcción hecha de troncos y por los estilizados símbolos que aquellos extranjeros habían grabado en la madera: rayas horizontales y verticales, acompañadas de dibujos que representaban a dioses y a hombres de otras tierras.
Me encontré dos mujeres en el interior. Una de ellas, al verme, se echó las manos a la cabeza y se puso a gritar palabras incomprensibles mientras me señalaba atemorizada. La otra mujer permanecía impasible, junto a una pequeña estructura de madera de la que sobresalían unas telas. Tras adentrarme unos pasos en aquel espacio en penumbra, la mujer de los gritos se puso en pie y corrió como un ciervo hacia el interior de la casa. La otra me miraba, en silencio.
― Gwe’. Me’ tal-wuleyn? Taluisi Wapn Tities[2] ―le dije, abriendo las manos en señal de paz al tiempo que repetía varias veces mi nombre―. Wapn Tities...
Entonces ella habló en su lengua, y yo repetí su frase sin saber lo que significaba. Me invitó con gestos a sentarme junto a ella, y eso hice, y no hubo en todo ello ningún rastro de temor. Dentro del pequeño mueble de madera estaba su hijo, recién nacido; tenía la piel sonrosada, y su incipiente cabello era como el de su madre, de color claro, como las hojas de álamo en el otoño. La mujer me miró a los ojos, yo le devolví la mirada esbozando una sonrisa. Era una mujer joven, y sus ojos eran azules, como mi nombre. Quería hablarle, cogerla de la mano, tocar su piel, y ella parecía dispuesta a escucharme y entablar conversación conmigo, pero entonces se escucharon los sonidos de la guerra, que venían del exterior, y ella se puso en pie, con el rostro serio. Yo hice lo mismo, y a continuación marché del lugar, temiendo por mi vida. No quería ser sorprendida dentro de la casa por alguno de aquellos guerreros extranjeros, ahora enzarzados en la lucha. Lo hice en silencio, como una sombra. Fuera me esperaba la mañana fresca, y con ella el mundo, que volvía a ser el de antes, el de siempre.
© Tadeus Calinca, 2020. Todos los derechos reservados.

[1] "Me llamo Gudrid, ¿y tú?", en nórdico antiguo.
[2] "Hola, ¿cómo estás? Me llamo Wapn Tities", en la lengua de los Mi'kmaq. 'Wapn' = 'luz de la mañana'; 'Tities' = 'urraca azul' (blue jay).