GANIMEDES - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 GANIMEDES

 Autor: Tadeus Calinca

 Delta del Nilo, cerca de Alejandría, noviembre de 48 a.e.c.

 Llegada la tarde, pudo por fin ponerse ropa limpia. Trajeron de la ciudad a un grupo de sirvientas que la ayudaron a lavarse y a dar forma a su peinado, que por fin parecía el de una joven reina. Vestida, limpia, calzados los pies en cómodas sandalias de cordones dorados, Arsínoe salió de la tienda acompañada de Ganimedes, y juntos saludaron a las tropas, venidas de todos los rincones del reino. Primero los estandartes reales, coronados por águilas doradas; luego los de Menfis, los de Tebas, los de Cinópolis, inconfundibles por utilizar un perro como símbolo de su ciudad. Los soldados admiraban la noble figura de la reina, seguían con la mirada a esta joven que caminaba ante ellos con la cabeza bien alta, que se protegía del frío dejando caer sobre sus hombros un ligero manto, que alzaba la mano y saludaba a los oficiales de los batallones y a los cuerpos de caballería como si llevara años desempeñando esa labor, una reina fugitiva, aparecida de la noche a la mañana en la fértil llanura del delta, en este rincón llamado a la guerra. A su lado, inseparable, un eunuco de nombre Ganimedes; juntos se dirigieron al reducido grupo de generales, entre ellos Aquilas, que estaba al mando del ejército; les dedicó apenas unas palabras de protocolo, tras lo cual continuó su paseo excluyéndolos del mismo, mostrando su elegancia innata y su aura casi divina; Ganimedes, caminando junto a ella, balanceaba con aplomo su cuerpo obeso; llevaba él también vestiduras nuevas,  y una reluciente espada adosada a la cintura.

Eso fue ayer.

Hoy, desde primera hora de la mañana, Arsínoe preside la reunión del consejo. A su lado, una vez más, la figura de Ganimedes. Frente a ellos, guardando una distancia que se diría premeditada, Aquilas y sus hombres.

―¿El joven Ptolomeo sabe que te has unido al ejército real? ―pregunta Aquilas rompiendo uno de los largos silencios de la mañana.

―Mi hermano no sabía nada ―contesta Arsínoe de manera espontánea―. Salimos de Alejandría por nuestra cuenta.

―Así fue ―apostilla Ganimedes―. Aprovechamos el incendio de la flota para huir del palacio. Las murallas estaban menos protegidas que de costumbre en medio de la conmoción. Tuvimos que saltar una muralla, como bien sabéis, sin recibir ayuda alguna.

―Conocemos la historia.

Aquilas no sale de su perplejidad ante una situación que no entraba en sus planes; y eran unos planes bien elaborados, tenían principio y fin, los regía una lógica implacable que ahora parecía resquebrajarse con la inesperada llegada de la reina y su inseparable eunuco. ¿Quién hubiera imaginado ese salto al vacío en mitad de la noche, esas carreras con los pies desnudos por las calles de Alejandría?

―La reina tiene algo importante que deciros ―anuncia Ganimedes, al tiempo que la anima con un gesto a ponerse en pie.

En el interior de la tienda la rodean hombres armados con sus espadas; en el exterior se expande un enorme ejército de soldados que en cualquier momento podrían dirigir sus armas contra ella.

―Soy Arsínoe, hija del difunto rey Ptolomeo, heredera del reino junto a mis hermanos ―dice, a pesar de sus dieciséis años, a pesar del miedo que siente―. He venido para ponerme al mando de esta lucha que nos enfrenta a Julio César y a mi hermana Cleopatra, traidora a su patria.

Hay un ligero temblor en sus palabras, y alguna pausa para coger aire y seguir hablando con la máxima firmeza que le permiten las circunstancias.

―Ganimedes, aquí presente, será el jefe del ejército, y os deberéis poner a sus órdenes.

Primeros murmullos. Miradas amparadas en el silencio.

―Aquilas, a ti me dirijo. A partir de ahora te ocuparás de una misión importante: reconstruir la flota del Nilo y ponerte al frente de la misma.

―¿De dónde vienen estas órdenes? ―exclama Aquilas, airado―. ¿Las ha emitido acaso el rey Ptolomeo, o es solo una decisión de la joven reina?

―El rey Ptolomeo, mi hermano, está encerrado en el palacio. No puede dar órdenes.

―Las daba antes de ser apresado. Ordenó que formáramos un gran ejército y me puso al frente del mismo.

―¿Lo ordenó el? ―pregunta Ganimedes, incapaz de callar por más tiempo―. ¿O fue más bien Potino? O quizá Teodoto.

―A Potino su lealtad al rey le costó la vida, después de que los romanos interceptaran uno de sus mensajes. ¿Qué hacías tú mientras tanto, Ganimedes? ¿Embadurnarte el cuerpo de aceite? ¿Dar de comer a los pájaros?

―¿Qué hacía? Intentar proteger a la reina en medio de una guerra innecesaria. ¿Se te ha olvidado acaso cómo empezó el conflicto? Fuiste tú mismo quien clavó la espada en el cuerpo indefenso de Pompeyo, y corriste a Alejandría con su cabeza clavada en una lanza; te acompañaba Potino, contabais con el apoyo de Teodoto, habíais convencido al joven rey de que vuestro plan era la mejor estrategia; le entregasteis la cabeza a Julio César al tiempo que os postrabais ante él, pensabais que vuestra acción infame os haría amigos del romano, que vuestra actitud servil salvaría al reino de Egipto de nuevos peligros, pero ya ves adónde nos han llevado vuestras acciones miserables.

―No admito estas palabras de desprecio.

―¿Qué palabras prefieres? ¿Quieres que alabe tus servicios a la patria, los crímenes con los que pretendías salvarla?

―Actuamos en todo siguiendo instrucciones del rey.

―¿Un chaval de trece años? ¿En verdad quieres que nos creamos esa patraña?

―No tengo por qué escucharte ―dice, conteniendo su rabia.

―No es necesario hablar más. ¿Aceptas las órdenes de tu reina?

―Las acepto, ¿cómo no iba a hacerlo?

Aquilas se pone el manto, en un gesto tranquilo que es imitado por sus ayudantes.

―Si no hay más órdenes, empiezo de inmediato a cumplir con mi tarea: hacer acopio de las naves que sean útiles, repararlas, reconstruir aquellas que estén inservibles, hacerlas flotar sobre las aguas del Nilo y de ese modo prepararlas para el futuro combate contra la flota enemiga. Era eso, ¿verdad?

Ganimedes mira a Arsínoe, que parece atenazada por el miedo.

―Ese es tu nuevo cometido ―le responde por fin el eunuco―, así te lo ha ordenado la reina. Puedes marcharte si lo deseas.

Ganimedes respira aliviado cuando ve a Aquilas y sus hombres salir de la tienda de campaña. El diálogo ha alcanzado su máxima tensión sin llegar a quebrarse, pero ahora esa tensión viaja a lomos de sus enemigos, será llevada a otros rincones reconvertida en acción, en espadas, en sangre. Por suerte, Ganimedes cuenta con apoyos en el ejército; sabe que son muchos los que se oponen en silencio a Aquilas, ha empezado a contactar con ellos y a establecer las primeras alianzas. Le espera un largo día de negociaciones en un escenario poblado de espadas y apariencias falsas. También será un día largo para la reina, hundida ahora en su asiento.

―No te preocupes, Arsínoe ―le dice mientras le pone una mano en el hombro.

―¿Cómo quieres que no me preocupe? ―dice la joven, entre sollozos― ¿Qué hago en este lugar? ¿Cuánta vida me queda entre tantos peligros?

―Fuiste valiente al huir de Alejandría.

―¿Por qué no puedo llevar una vida normal? ¿Por qué tengo que estar aquí y soportar todo esto? Tengo dieciséis años, debería estar casada, debería estar pensando en vivir una vida tranquila, como otras mujeres.

―Somos víctimas del destino.

―¡No quiero este destino! Mis sueños se han roto, mi vida está rota, se me escapa de las manos.

Ganimedes le acaricia el cabello, le pone las manos dulcemente en el rostro rozando el húmedo poso de sus lágrimas.

―No está todo perdido.

―Soy joven y voy a morir, es todo.

―Escucha. Hay muchos oficiales del ejército que están de nuestro lado. Hemos organizado tu protección personal, hemos enviado espías para que nos informen acerca de Aquilas y sus movimientos. No temas.

―Me dan miedo las armas. Me da miedo esta aquí.

―Y sin embargo huiste en medio de la noche y bajaste por un muro para estar aquí. ¿Te arrepientes de ello?

Arsínoe alza por primera vez la mirada.

―No lo sé ―susurra mientras las manos de Ganimedes se enredan entre los bucles rubios de su cabello; manos protectoras, manos que empuñarán la espada como han hecho en el pasado.

―La vida es un camino difícil, todos perdemos algo mientras andamos, a todos nos toca luchar antes o después.

―Estoy viviendo una vida que no es la mía.

―¿Quién vive su propia vida? Fíjate en mí. ¿Te crees que elegí ser un eunuco?

Arsínoe coge las manos de Ganimedes, se aferra a ellas.

― No temas ―susurra el eunuco―, estás protegida de todo peligro, puedes conversar con tus sirvientas, descansar. Yo me encargaré del resto.

 

Unos días después, Ganimedes y sus hombres irrumpen en una de las cabañas cercanas al río.

―Sabemos lo que estáis haciendo. No opongáis resistencia.

Aquilas se pone en pie, sorprendido, atemorizado. Se sentía seguro junto a sus compañeros de conjura. Le pasan por la cabeza posibles explicaciones: alguna traición, algún chivatazo, alguna acción de espionaje orquestada por el eunuco, cuya inteligencia, quizá, ha infravalorado.

En un acto instintivo se lleva la mano a la espada, pero es tarde. Ganimedes se abalanza sobre él; su mano diestra guía el camino a la espada, que encuentra de inmediato su recompensa de sangre. Superada la misión, correrá de inmediato  al encuentro de Arsínoe con las manos aún ensangrentadas. Comenzará entonces un nuevo capítulo, un nuevo retorcimiento en el guión de sus vidas, un nuevo periplo burlado a la muerte.

 

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

CLIENTES - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 CLIENTES

 Autor: Tadeus Calinca

Roma, finales de mayo de 55 a.e.c.

 ―Dicen que hoy no está el cónsul.

―¿No? Entonces, ¿qué hacemos en la cola?

―Nos atenderá su hijo Publio, supongo.

―No es lo mismo.

―Lo importante es que esté Lisandro.

―¿Quién?

―El liberto predilecto de Licinio Craso, la persona que mejor conoce todos sus asuntos.

―¿Cómo lo sabes?

―No es la primera vez que hago esta cola.

Cordo, aún soñoliento, escucha la conversación. Es uno más en la interminable fila que desde antes del amanecer se ha formado alrededor de la domus de Craso, de una opulencia y una belleza inalcanzables para ellos, casi onírica. Se han congregado en la fila todo tipo de circunstancias: ciudadanos empobrecidos que contrajeron deudas con Craso, clientes en busca de un nuevo arriendo o una ampliación de sus negocios, hombres sin rumbo que quieren buscar fortuna en el futuro ejército del cónsul, dondequiera que los lleve; no faltan tampoco aquellos que, reducidos a la miseria, acuden a Craso como meros suplicantes. Unos y otros cifran sus esperanzas en esta cola que apenas avanza.

―La cosa va para largo ―dice uno de los presentes, que parece un experto en la materia.

―La última vez no pude entrar, me cerraron las puertas en las narices.

―Ya es mala suerte.

Cordo los escucha sin atreverse a pronunciar palabra. Es la primera vez que acude a la casa de un noble como cliente, o más bien como aspirante a serlo. Los escucha en silencio; da pequeños pasos cada vez que la fila, a un ritmo exasperante, permite un avance.

―¿Os habéis enterado de lo de Egipto?

La voz del charlatán resuena una vez más en el frescor de la mañana. Unas jóvenes esclavas avanzan por la calle cargadas de pan recién hecho. Los niños, acompañados de sus madres y nodrizas, empiezan su paseo matutino.

―Llegaron noticias ayer del puerto de Ostia.

―Algo he oído ―interviene sin demasiado interés su habitual replicante; es evidente que el coro de charlatanes, con su infinita letanía de grandes verdades y chismorreos de ultramar, empieza a ser un incordio para los que pacientemente esperan su turno en la fila; pese a ello, nadie protesta. Que hablen. Que digan lo que quieran.

―Ptolomeo vuelve a ser rey de Egipto.

―Le sonríe la fortuna, no cabe duda. Tiene a los dioses a su favor.

―Y a algún que otro romano, al que ha prometido mucho dinero. Y a Gabinio, que ha llevado un ejército desde Siria y lo ha puesto otra vez en el trono.

―¿Qué ha sido de Berenice?

―¿La hija de Ptolomeo? Murió en la cárcel, por orden de su padre. Y no será la única víctima.

―No hables tan alto… ―le dice en un susurro su compañero de plática al darse cuenta de que, a poca distancia de ellos, camina sin demasiada prisa una pareja de caballeros.

El silencio se expande como un bálsamo a lo largo de la fila. Cordo, inmerso en la contemplación del nuevo día, atento a todo aquello que pueda aprender de los que le rodean, repasa mentalmente las palabras que piensa dirigir a Craso cuando llegue el momento.

 

Transcurridas las horas, se hace difícil encontrar un resquicio de sombra que permita protegerse del sol tenaz del mediodía. La cola ha avanzado a su ritmo lento, y Cordo ha podido al menos doblar la esquina y alcanzar las inmediaciones de la puerta. Si al menos les trajeran comida o algo de beber, o si desapareciera el olor a comida que les llega, perturbador, desde la cocina.

Ha tenido ocasión de escuchar sin pausa la cháchara de los habladores, que parecen inmunes al cansancio. Han hablado de Julio César y su triunfal campaña en la Galia, de donde ha vuelto el hijo de Craso tras conseguir una victoria en Aquitania; han hablado del padre de este, que es el hombre más rico de Roma, y que además es cónsul junto a Pompeyo (detalles redundantes para los que forman la cola); han continuado el relato de lo sucedido en Egipto, donde un tal Arquelao, venido de no se sabe dónde, se había casado con la reina Berenice: un atrevimiento que le costó la vida; poco después llegaba Ptolomeo a Alejandría como un nuevo dios, odiado por muchos de los suyos; con él venía su hija Cleopatra, que atrajo de inmediato las miradas de los curiosos; no era para menos después de su larga ausencia.

Largas horas de noticias dispares, repletas de nombres fáciles de confundir unos con otros y cargadas del aroma extraño de las costumbres orientales.

Se abre la puerta, avanza la fila un pasito más, se mantiene viva la esperanza, se avivan los diálogos a la luz del sol.

 

Publio Licinio Craso, hijo del cónsul, lo recibe en una de las lujosas estancias de la casa. Le acompaña un hombre de mediana edad que, según deduce Cordo, debe ser Lisandro.

―¿Y bien? ―dice este.

―Me llamo Cneo Licinio Cordo, y soy natural de Praeneste.

―¿Licinio? ―pregunta Craso, mostrando un moderado interés.

―Traigo una carta escrita por mi padre, en la que habla de mis orígenes familiares, incluido el lejano parentesco que nos une a los Licinio Craso.

―La leeremos. Dices que naciste en Praeneste.

―Mi padre se asentó allí como colono tras la victoria de Sila.

―Ya veo. Ahora vives en Roma.

―Vine para formarme en la práctica forense.

―Eres joven.

―Sí. Llevo poco tiempo como abogado.

―Bien. ¿Qué te ha traído a la casa del cónsul?

―Seré sincero. No me gusta la vida que llevo, no me gusta mi oficio.

―No me extraña.

―Necesito un cambio.

―¿De qué naturaleza?

Cordo se detiene por unos instantes. Podría hablar de lo poco que le gustan los litigios legales, de lo poco que le gusta vivir en la gran ciudad, que siempre le ha parecido un lugar sucio y peligroso; podría incluso hablar de su matrimonio, al que accedió por contentar a su padre, del mismo modo que estudió leyes por no contrariarlo.

―Quiero probar suerte en el ejército; empezar una carrera militar, como hizo mi padre.

Lisandro, que acaba de leer por encima el documento que ha traído Cordo, dirige al joven Craso una mirada en la que puede entreverse cierto asentimiento.

―Dentro de poco el cónsul Craso empezará a preparar su campaña militar ―continúa Cordo, mucho más seguro de lo que dice―. Quiero formar parte de ese ejército si hago méritos para ello.

―Tendré que consultarlo con mi padre, ya que las decisiones en asuntos militares solo le incumben a él.

―Lo entiendo.

―Vuelve dentro de tres días ―dice a modo de conclusión, buscando la complicidad de Lisandro―. Si no hay contratiempos, el cónsul te atenderá en persona.

―Muchas gracias.

―Dadle un poco de comer a este hombre, y un poco de agua fresca.

―Te lo agradezco, Publio Licinio ―dice Cordo, luchando por disimular su alegría―. Que tengas una feliz jornada.

 

Una vez acabada la entrevista, y saciadas al menos en parte su hambre y su sed, Cordo es conducido por un esclavo a través de un atrio.

―¿Quién es? ―pregunta señalando a un grupo de mujeres en el que destaca una joven de gran belleza y mirada serena; por la elegancia de su vestido y su peinado, no cabe duda de que es una noble mujer de los Craso rodeada de sus esclavas; sostiene delicadamente entre sus brazos una lira; se diría que está a punto de interpretar con ella alguna melodía.

―Es Cornelia Metela, la esposa de Publio Licinio―le contesta el esclavo, sorprendido ante una pregunta tan impropia.

Cornelia Metela… un nombre que encierra en su esencia todos los ecos de grandeza que puedan imaginarse en Roma. Antes de salir del atrio se escuchan los primeros acordes de la lira; es una dulce melodía cargada de poder. Un canto de amor pastoril. Un canto a la grandeza.

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

GUDRID - Relato histórico


GUDRID

Autor: Tadeus Calinca

Vinland (América del Norte), año 1005.

1.

Aquella mañana fría, casi de invierno, los nativos volvieron a aparecer en nuestro campamento. Unos meses atrás se habían acercado tímidamente a las casas y al fondeadero, donde miraron con asombro las proas que adornaban los barcos y sus enrevesadas formas de dragón. Venían cargados con pieles de marta y otros animales, con las que pretendían hacer trueque; estaban interesados sobre todo en nuestros tejidos de lana, que llegaban a cortar en pequeños trozos para poder quedarse con su parte, y también en las hachas y otras armas, cuyo intercambio les fue vedado. Escucharon asustados el mugido de un toro, que debía ser para ellos una bestia monstruosa; se acercaron a él con miedo y le dieron hierba fresca, bien atentos a sus resoplidos y sus cabezadas. Caminaron entre las casas, tocaron los hierros y los escudos, y con la misma lentitud con la que aparecieron volvieron a esfumarse en el bosque.
Llevábamos poco tiempo en estas tierras, que eran las que Leif Eriksson había descubierto en su día. Nunca habíamos visto bosques tan frondosos, ni habíamos conocido tanta variedad de animales y plantas, incluida una, tan silvestre como las otras, a la que llamábamos viña. Nos alimentamos de esas plantas, y también de un rorcual varado en la playa.
Pensábamos que los nativos no volverían después de tanto tiempo, pero allí estaban de nuevo. Thorfinn y los demás hombres corrieron a las armas para formar de inmediato una línea defensiva. "¡Han vuelto los Skraelings!", decían. 'Los extranjeros, los bárbaros'… No me gustaban esas palabras. ¿Cómo iban a ser extraños en su propia tierra? ¿No lo seríamos nosotros?

Mi sirvienta Iva fue la primera en verla.
―¡Es un espectro, mira! ―gritó, señalando a la entrada―. Gudrid, protege a Snorri. ¡Ha entrado la sombra de un muerto!
Caminando hacia atrás, sin perder de vista a la recién llegada, Iva entró en la sala principal para esconderse. La encontramos horas después en un rincón de la despensa, temblando de miedo.
Yo estaba sentada junto a la cuna de Snorri, vigilando su sueño. Desde allí contemplé a esa mujer de baja estatura y vestimenta extraña que a mi sirvienta le había parecido un fantasma, y ciertamente lo parecía, con la cabeza enfundada en un tocado terminado en punta que se extendía por los hombros y la espalda, y su rostro hundido y pálido en el que asomaban dos ojos que eran como lunas llenas. La mujer se acercó a paso lento. Iba diciendo palabras que no lograba entender, se llevaba la mano al pecho y repetía un vocablo que debía ser su nombre. Yo la invité a acercarse, le dije que no tuviera miedo, o al menos se lo indiqué con un gesto.
― Ek heiti Guðríður, ok þu?[1] ―le dije al tiempo que me señalaba a mí misma repitiendo mi nombre.
― Ek heiti Guðríður, ok þu? ―repitió ella, haciéndose eco de mis palabras.
La mujer se acercó al banco que yo ocupaba y tomó asiento. Entonces vi con claridad que no era una sombra venida de otro mundo sino una persona de cuerpo real que me miraba a los ojos. Debajo de la caperuza asomaba el cabello ensortijado en abalorios; su piel era la tierra roja de esta tierra, olía a hierba, a luz.
Iba a decirle más cosas, iba a cogerla de la mano e invitarla a asomarse a la cuna para que viera con sus redondos ojos al pequeño Snorri, que dormía plácidamente, iba a hablarle de mi tierra y a preguntarle sobre la suya, pero entonces oímos el primer grito y los primeros golpes de espada, y luego carreras y más golpes. Me asomé por una rendija y vi a mi esposo, Thorfinn, con la espada desenvainada, y a los demás islandeses protegiéndose de las flechas y azuzando con gritos a los nativos. Me giré entonces para ver a la  mujer, pero fue en vano. Se había ido, con el mismo silencio con el que había entrado en la casa, como una sombra de paz en la mañana fría.

2.

Bien entrado el otoño, los viejos del pueblo escucharon a los dioses y vieron que era propicio volver a las casas de los barbudos. Yo quería ir con ellos, a pesar de que nos lo hubieran prohibido. "No queremos mujeres en la expedición", nos decían. "Entonces, ¿por qué nos habéis hablado tanto de sus ojos claros y de sus utensilios mágicos?", contestábamos en coro. Queríamos tocar los broches dorados, las proas de los barcos, los largos vestidos de las mujeres. Queríamos frotar el lomo de la gran bestia, y escuchar su canto hondo.
Finalmente, el jefe dio su brazo a torcer: a unas pocas, entre las jóvenes, nos fue permitido unirnos a la partida.
  A dos días de camino surgieron como un sueño los techos de hierba. En frente de las casas hacían guardia los guerreros, erguidos, con el semblante serio. No parecían dispuestos a darnos la bienvenida. Sin embargo, las palabras fueron sustituyendo a la desconfianza, y empezaron, como por germinación espontánea, los intercambios de mercancías entre unos y otros.

Aprovechando un descuido de los hombres con barba, entré en una de las casas. Quería verla por dentro, sentía curiosidad por esa construcción hecha de troncos y por los estilizados símbolos que aquellos extranjeros habían grabado en la madera: rayas horizontales y verticales, acompañadas de dibujos que representaban a dioses y a hombres de otras tierras.
Me encontré dos mujeres en el interior. Una de ellas, al verme, se echó las manos a la cabeza y se puso a gritar palabras incomprensibles mientras me señalaba atemorizada. La otra mujer permanecía impasible, junto a una pequeña estructura de madera de la que sobresalían unas telas. Tras adentrarme unos pasos en aquel espacio en penumbra, la mujer de los gritos se puso en pie y corrió como un ciervo hacia el interior de la casa. La otra me miraba, en silencio.
― Gwe’. Me’ tal-wuleyn? Taluisi Wapn Tities[2] ―le dije, abriendo las manos en señal de paz al tiempo que repetía varias veces mi nombre―. Wapn Tities...
Entonces ella habló en su lengua, y yo repetí su frase sin saber lo que significaba. Me invitó con gestos a sentarme junto a ella, y eso hice, y no hubo en todo ello ningún rastro de temor. Dentro del pequeño mueble de madera estaba su hijo, recién nacido; tenía la piel sonrosada, y su incipiente cabello era como el de su madre, de color claro, como las hojas de álamo en el otoño. La mujer me miró a los ojos, yo le devolví la mirada esbozando una sonrisa. Era una mujer joven, y sus ojos eran azules, como mi nombre. Quería hablarle, cogerla de la mano, tocar su piel, y ella parecía dispuesta a escucharme y entablar conversación conmigo, pero entonces se escucharon los sonidos de la guerra, que venían del exterior, y ella se puso en pie, con el rostro serio. Yo hice lo mismo, y a continuación marché del lugar, temiendo por mi vida. No quería ser sorprendida dentro de la casa por alguno de aquellos guerreros extranjeros, ahora enzarzados en la lucha. Lo hice en silencio, como una sombra. Fuera me esperaba la mañana fresca, y con ella el mundo, que volvía a ser el de antes, el de siempre.
© Tadeus Calinca, 2020. Todos los derechos reservados.

[1] "Me llamo Gudrid, ¿y tú?", en nórdico antiguo.
[2] "Hola, ¿cómo estás? Me llamo Wapn Tities", en la lengua de los Mi'kmaq. 'Wapn' = 'luz de la mañana'; 'Tities' = 'urraca azul' (blue jay).

PAPIROS - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.
 
PAPIROS

Autor: Tadeus Calinca

Alejandría, noviembre de 48 a.e.c.

Cuando Cordo abre los ojos, se percibe aún el olor del incendio: lo trajo de madrugada, pegado a su túnica, o quizá persiste en el aire después de una noche colmada de fuego. «Debe de ser mediodía», piensa Cordo al notar el reflejo de la luz en las rendijas.
No hay nadie más en el barracón: sus compañeros se han levantado al despuntar el día, como marca la norma. A él, en atención a sus esfuerzos durante la misión nocturna, le han permitido más horas de descanso. «Hasta el mediodía», dijo el centurión siguiendo órdenes de alguien que, desde lo alto de una torre, parecía sonreírles.
Cordo se estira sobre el jergón, cuya superficie irregular está siendo caldeada, suavemente, por el sol. El espacio es tan exiguo que su mano derecha no tarda en caer al suelo y posarse sobre objetos dejados al azar la noche anterior: la espada, el cinturón, las sandalias. Al catálogo de formas familiares se añaden ahora los dos rollos de papiro que se trajo anoche del puerto. Las naves ardían en medio de un infierno de llamas que ascendían el cielo nocturno como una amenaza monstruosa, no tenía sentido acercarse más al fuego para lanzar esos últimos rollos que le habían quedado entre las manos, así que decidió traérselos al barracón. Al fin y al cabo, ¿quién iba a reprochárselo?, ¿qué importancia tenía salvar de la destrucción esos papiros?
Con sumo cuidado, como si fuera el objeto más frágil de un naufragio, Cordo coge uno de los rollos y lo deposita sobre el jergón, justo donde el sol ilumina con más fuerza; siente  curiosidad por saber qué es lo que ha salvado al azar. Menandro. Comedias, dice el título en griego. Viene a continuación lo que parece una lista anotada por algún erudito; a Cordo no le cuesta entender algunos de los títulos, como el de Samia, 'la chica de Samos', o Auletris, 'la flautista', pero tiene dificultades en otros, como Perikeiromene. Quizá esta nueva lectura le permita mejorar sus conocimientos de griego, algo que está empeñado en hacer desde que pisó tierras de Oriente. Pero la lectura será para otro momento: después de tantos esfuerzos acumulados el día anterior, Cordo nota cómo sus ojos a duras penas se mantienen abiertos mientras intenta leer, hasta que terminan cediendo al último sueño de la mañana.

―¡Cordo! ¡Arriba, es hora de levantarse!
La voz de Aufidio, siempre celoso de su trabajo, eternamente puntual en sus cometidos, rompe la paz del barracón. Terminan así las horas de descanso robadas al nuevo día. Vuelve otra realidad: la de la ciudad en guerra.

No lejos de Alejandría, en una tienda de campaña habilitada con prisas para su persona, despierta Arsínoe tras largas horas de sueño que han cubierto casi la totalidad del nuevo día. Llegó al lugar al amanecer, después de su azarosa huida en compañía de Ganimedes; previamente habían saltado la muralla, habían corrido en medio de la oscuridad hasta alcanzar a unos soldados gabinianos, cuyas preguntas rudas e insolentes contestaron con urgencia; a continuación tuvieron que mostrar sus objetos personales y descubrir el rostro para que pudieran identificarlos; a toda prisa los subieron a una incómoda carreta que tras hundir sus ruedas en todos los baches del camino llegó por fin al campamento. Eran los albores del nuevo día; las cabañas de los soldados, aún grises en la penumbra, se sucedían ante su vista.
―Buenos días ―le dice Ganimedes en su amable tono de siempre.
Arsínoe, aturdida aún por los recientes sucesos y por la fatiga acumulada en su cuerpo, se gira hacia él.
―Es tarde ―dice entre bostezos.
―No te preocupes, necesitas descanso.
La joven se sienta en el jergón, quizá la superficie más humilde en la que haya dormido. Ganimedes, atento a todo, ha dispuesto un ánfora llena de agua fresca y otro recipiente, más plano, con el que la joven princesa podrá al menos lavarse la cara.
―Los jefes del ejército esperan para darte la bienvenida como corresponde a la hija de un rey y ponerse a tus órdenes.
―¿También Aquilas? ―pregunta Arsínoe con cierta suspicacia.
―Aquilas era el primero de todos ellos, y el más obsequioso.
―¿Cómo quieres que los reciba?
―No entiendo.
―Mira esta ropa, está sucia, incluso hay manchas de sangre. Y mi pelo. ¿Quién me va a ayudar a peinarme?
―Me temo que tus criadas se han quedado en Alejandría.
―Dile a Aquilas y a los suyos que me encuentren otras.
―No será fácil en un campamento militar…
―Que vayan a la ciudad, y que me traigan también algún vestido digno. Dices que soy una reina para ellos, ¿no?
―Lo eres, en tanto que consigamos liberar a tu hermano Ptolomeo y te cases con él, como cabe esperar.
―Entonces necesito ir vestida como una reina.
―Por supuesto, se hará como ordenas. ¿Necesitas alguna otra cosa?
―Ganimedes.
―¿Sí?
―Gracias por todo. Gracias por salvarme.
―No hay de qué.
Con esta última frase, Ganimedes abre la puerta de tela y accede al exterior, donde algunos mandos del ejército esperan a la sombra. Antes de acercarse a saludarlos, se toma unos breves momentos para recuperar la compostura. No quiere que estos hombres, futuros compañeros de armas en la guerra, vean las pequeñas lágrimas que ahora intenta enjugar.

© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.