Directorio (X): prosopografía romana

En esta entrada recopilo algunos de los hilos que he publicado en Twitter sobre personajes históricos de la antigua Roma.

- Tito Antonio Merenda, siglo V a.e.c.
- Lucio Papirio Cursor, siglo IV a.e.c.
- Lucio Tremelio Escrofa. Siglo II a.e.c.
- Pompeyo y César: paralelismos en sus vidas.


- Anécdota de Julio César y Catón, narrada por Plutarco.
- Fulvia, la primera mujer romana que apareció en una moneda (41/40 a.e.c.).

- El triunfo de Balbo, gaditano.
- Marco Julio Cotio. Alpes Cottiae.
- Druso Germánico, general romano.
- Cenotafio de Gayo César.

- Germánico César (hilos con ocasión del bimilenario de su muerte, en 2019):
            - Bimilenario: introducción. (In English)
            - Viaje a Egipto.
            - Germánico en Judea.
            - Una ópera de Nicola Porpora.
            - La revuelta de Iliria.
            - Mes de Germánico.
            - Conmemoración del bimilenario.

                 - La muerte de Germánico y el arte.

- Publio Suilio, desterrado en las Baleares (año 58 e.c.).
- Claudia Octavia, bisnieta y tataranieta de Marco Antonio.
- El emperador Valeriano en el Shahnameh persa.
- Anastasia, hija de Constancio I.
- Constantino. Donaciones de Roma.
- Emilia Hilaria, tía del poeta Ausonio.
- Nepociano, usurpador del siglo IV.
- Magno Máximo.
- Arcadio, emperador romano nacido en Hispania.


SEPTIMIO - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

SEPTIMIO

Autor: Tadeus Calinca

Alejandría, noviembre de 48 a.e.c.

Se oyen por la ciudad los clamores de la guerra. Algunas flechas, no muy certeras, consiguen superar los altos muros y acaban chocando contra las paredes del palacio, para caer luego al suelo. Hay también piedras que cruzan el cielo, pero su pequeño tamaño demuestra que los alejandrinos, al menos de momento, no disponen de catapultas ni de máquinas para el asedio.
Aufidio y los hombres de su centuria corren a paso ligero. A ambos lados de la avenida se suceden pórticos, templos y otros edificios majestuosos cuyo nombre desconocen; cada uno de ellos es una nueva hilera interminable de columnas que deben bordear.
―¿Dónde vamos? ―pregunta Cordo a su centurión―. ¿Lo sabes?
Aufidio intenta responderle, pero el esfuerzo de ir a la carrera, unido a su vida como oficial, que lo expone poco al ejercicio físico, le impide articular palabra.
Cordo parte con ventaja: es el único en toda la centuria que no lleva escudo. Su ligereza le permite adelantarse unos pasos y ponerse a la altura del oficial de enlace, el mismo que ha venido esta mañana a recogerlos por encargo de César y los guía ahora por el laberinto de rectas calles.
―¿Te puedo hacer una pregunta?
El oficial se gira hacia Cordo  con gesto serio.
―¿Dónde está tu escudo? ―le responde.
―No tengo.
―Cuando lleguemos a la muralla te daremos uno.
El oficial sigue concentrado en el ritmo invariable de su carrera y en el itinerario que ha de seguir. No tiene tiempo que perder en esta espontánea conversación entre soldados que corren.
―Ayer el mayor de los Ptolomeos fue hecho prisionero por César, de ahí que hoy nos ataquen. Pero tengo una duda: ¿quién está al mando de los alejandrinos?
―No lo sé.
―¿No será acaso Potino, su consejero favorito?
―Eso es imposible.
―¿Por qué?
―Potino ha sido ejecutado esta mañana, por orden de César. Y ya está bien de preguntas, ¿me oyes?
―Perdón.
Tras un giro a la derecha, los soldados alcanzan por fin la monumental puerta inserta en la muralla. En este rincón de la ciudad, se oyen, más vivos que nunca, los ruidos propios del combate, que parece recrudecerse por momentos.
El oficial al mando de las operaciones desciende con pasos ágiles de lo alto de la muralla para acercarse a los recién llegados.
―¿Quién es? ―pregunta Cordo, menos cansado, más despierto que el resto.
―Es Balbo, uno de los tribunos ―le contesta Aufidio, en voz baja.
―¿Balbo? ¿El sobrino de Balbo, el gaditano?
―¿Y yo qué sé? ¿No te cansas nunca de hacer preguntas?
Los soldados se distribuyen frente a la puerta intentando que su formación sea lo más ordenada posible. Poco parece importarle al tribuno, que apenas echa un vistazo al estandarte.
―Sois la cuarta centuria, ¿es así?
―Así es, mi tribuno.
―Dadles de beber a estos hombres ―ordena Balbo a sus ayudantes.
El agua fresca es acogida con deleite por los soldados; quizá sea el último trago que puedan tomar en las próximas horas.
―Los alejandrinos han concentrado sus acciones en el área portuaria, que queda justo detrás de estos muros. Se dirigen sobre todo a los muelles, donde intentan apoderarse de las naves de su escuadra. Vuestra misión consiste en impedírselo a toda costa. Confiad en la victoria, sed valientes. ¡Por la República Romana, por el pueblo y el Senado de Roma!
La puerta se entreabre para los soldados, que caminan tras su estandarte como una jauría aún silenciosa.
―¿Lleváis material suficiente? ―les pregunta el cuestor a medida que cruzan el portal.
―¡A mí me falta el escudo! ―grita Cordo, contento de poder quitarse de encima su íntima angustia de los últimos días.
―Aquí tienes.
Cordo recibe el escudo como si fuera el más preciado regalo de las Saturnales.
―¿De dónde lo habrán sacado? ―le dice al portaestandarte.
―Mejor no lo preguntes.
Al acomodárselo en su brazo, se da cuenta de que el asa desprende cierto calor, cierta humedad. Mejor no preguntar. Mejor ajustarse el casco, aferrarse a la espada y marchar hacia delante.
Una luz cegadora los acoge al otro lado. Choques de armas, carreras, órdenes cruzadas.
―¡Vamos, rápido! ¡Adelante!

Los ecos de la batalla no conocen barreras; alcanzan por igual los humildes cubículos de los esclavos y las más nobles estancias del palacio.
Arsínoe se acerca a su hermano pequeño, que lleva toda la mañana hundido en su butacón, sumido en la tristeza. Le acaricia el pelo en un raro gesto por su parte, al tiempo que  le dedica palabras de ánimo apenas susurradas. Tiene la mirada perdida en ninguna parte. Le acecha el mismo miedo que al pequeño Ptolomeo.
Ganimedes los observa desde la puerta, donde está apostado en tareas de vigilancia.
―Nada se mueve en el pasillo ―dice, en un imaginario informe oral que nadie le ha pedido―. Es como si se hubieran olvidado de nosotros.
―Mejor así ―le contesta Arsínoe por inercia.
―No nos han cerrado las puertas, ni nos impiden movernos con libertad.
―Debe ser que no nos consideran peligrosos, no ven en nosotros una amenaza para sus planes de grandeza. Me imagino a mi hermana Cleopatra hablando con César: "No te preocupes por mis otros hermanos, son unos niños".
―Quizá se equivoquen.
―Algún día comprenderán su error, te lo aseguro.
El eunuco da unos pasos hacia el interior de la estancia, donde podrá escuchar mejor la voz de Arsínoe. Necesita conversar con los dos hermanos después de horas de vigilancia estéril.
Hay algo en su indumentaria que llama la atención del joven Ptolomeo.
―¿Qué llevas ahí? ―le pregunta.
―¿Esto? Es un puñal, un pequeño recuerdo de mis tiempos en el ejército.
―¡Déjame verlo!
Ptolomeo se acerca a Ganimedes, que se muestra reacio a desenfundarlo. Arsínoe los mira con atención, intrigada por un objeto que, según creía hasta hace poco, era ajeno a su mundo.
―Por favor, déjame ―insiste el hijo menor del anterior rey.
―Está bien, pero ve con cuidado.
En las manos del niño, el puñal brilla como un juguete de muerte.
―¿Estuviste en el ejército? No lo sabía.
―Hace años de eso.
―¿En el ejército de mi padre?
―Por supuesto. Hasta que un buen día me puso a vuestro servicio, para protegeros.
―Me gusta el puñal ―dice el niño, embelesado, mirándolo desde todos los ángulos posibles―. ¿Tienes otro para mí?
―Te buscaré uno. Es hora de que aprendas a defenderte.
Ptolomeo manipula sin cesar este objeto que abre tantas puertas en su imaginación. Se lleva la punta a la yema de los dedos, la oprime hasta producir una ligerísima herida, apenas un punto rojo en su piel.
―Ve con cuidado, Ptolomeo.
Ganimedes devuelve el arma a su funda, ante las protestas del joven y la mirada un tanto lejana de Arsínoe; el ruido de fondo de la guerra, incesante, le recuerda que debe volver a su puesto de vigilancia y permanecer atento a los ecos que se propagan por los pasillos.
Sus dedos, fuertes y anchos, acarician de nuevo la empuñadura. Quisieran quizá posarse en otras superficies, trazar caminos que ahora parecen de otro mundo y que en el día de ayer eran aún posibles sobre la piel; hay en todas las guerras una forma de vida que se rompe, un pasado que se añora de inmediato, antes de perderse.

La lucha se extiende a lo largo y ancho del puerto, incluso al interior de las grandes naves de guerra que desde hace semanas duermen en sus aguas. Son combates aislados, protagonizados por pequeños grupos de soldados que acorralan al enemigo o se ven acorralados. Algunos avanzan empuñando las armas, o haciéndolas chocar con estrépito contra el escudo, otros huyen hacia sus posiciones tras verse superados, y luego vuelven a la brecha, como si buscaran su propio lugar en medio del caos.
Cordo corre detrás de un soldado enemigo, alejándose así de sus compañeros, con los que formaba un grupo compacto. La persecución lo lleva a las inmediaciones de una nave, que rastrea sin descanso. Respiración entrecortada. Ansia. Se oyen gritos por doquier; se oye un cuerpo que cae al agua, se oye gemir a los heridos que se arrastran por el suelo.
―¡Cordo, a tu derecha! ¡Cuidado!
Un soldado alejandrino se abalanza contra él. No lleva escudo, ni arma alguna, simplemente lanza su cuerpo en un rápido impulso, haciendo que Cordo pierda el equilibrio y acabe cayendo de espaldas con todo su armamento; apenas un fugaz instante en el que ha visto el rostro del atacante y la furia y el miedo reflejados en sus ojos. Desde el suelo, Cordo contempla ahora la veloz huida del soldado; esa era la razón de su ataque, huir.
―¡Septimio! ―le grita uno de los suyos, que se une a su huida―. ¡Aquí!
Lo dice en latín, o eso cree oír Cordo en su aturdimiento. Deben ser gabinianos, antiguos soldados romanos utilizados ahora por el rey. 'Septimio'… ¿Dónde ha oído ese nombre?
―¿Estás bien, Cordo? ―le dice su compañero de centuria mientras le alarga los brazos ofreciéndole ayuda―. Parece que los alejandrinos se retiran, ¿los ves? ¡Hemos vencido!
Cordo camina absorto en sus pensamientos, ajeno a los tonos vespertinos de la luz.
―Será imposible defender estas naves, ya que quedan fuera de nuestra muralla; antes o después vendrán con refuerzos y no podremos detenerlos. ¿No te parece, Cordo? ¿Me oyes?
―Sí, te oigo. Tienes razón.
Cordo busca entre sus recuerdos. ¿Dónde ha conocido a alguien llamado Septimio? ¿Dónde ha visto antes los rasgos de su cara?
―Allí está el portaestandarte, y a su lado el centurión, ¿los ves?
En uno de los tramos de la muralla, cercana a la puerta, se reagrupan los hombres de su centuria. A simple vista, da la impresión de que no ha habido muchas bajas.
―Vamos con ellos.
―Sí, vamos.
Un destello del pasado reaparece en la mente cansada de Cordo. Fue hace unas semanas, cerca de Pelusio, en una barca a la que fueron invitados a subir. "Tú eres Septimio, fuiste tribuno en mis legiones, te recuerdo". Eso dijo Pompeyo, poco antes de morir. Cordo recuerda un último instante, justo antes de saltar al agua para salvar la vida, en el que aquel hombre que había sido soldado de Pompeyo llevaba en la mano una espada manchada de sangre. Luego vino sumergirse en las olas y nadar sin descanso hasta la orilla.
―Cordo, ¿todo bien? ―le pregunta Aufidio, más paternal que nunca.
―Todo bien, Aufidio.
 
© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.


ENEMIGOS - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

ENEMIGOS

Autor: Tadeus Calinca

Beroea (Siria), finales de marzo de 55 a.e.c.

Septimio y Marco Antonio acercan las manos a la hoguera en busca de calor. Poco después se les une Gabinio, sorprendido también por el frío.
―¿No os apetece un poco de vino? ―dice Marco Antonio, cansado de roer el pan insulso del desayuno.
―¿A estas horas?
―Sería una buena manera de empezar el día.
―Mejor guardarlo para otra ocasión, nos quedan aún algunas jornadas de camino. Aquí tenéis un poco de queso si os apetece. Es un regalo de los beroenses.
―¡A su salud!
El sabor fuerte del queso, unido al aroma ausente, imaginario, del vino, ayudan a caldear el ambiente. Gabinio y sus oficiales han podido al menos dormir bajo techo, en unas casas que habilitaron a toda prisa; el resto de la tropa, que ahora se despereza en la neblina, ha dormido en sus tiendas de campaña.
―¿Y aquel? ¿No saluda? ―pregunta Marco Antonio señalando a un grupo de hombres que, como ellos, se arremolinan en torno a una hoguera.
―Es hombre de pocas palabras ―responde Gabinio―. Y esas pocas palabras no suelen ser en latín o en griego.
―Para eso tiene a su traductor.
―Tienes razón. Ahora, de hecho, están sentados juntos.
―Mitrídates debería ponerse en pie y venir a darnos los buenos días. Al menos a ti, Gabinio.
―Es el hijo del rey de Partia. Debe tener otras costumbres.
―Se debería mostrar más agradecido con nosotros. A fin de cuentas le estamos ayudando a recuperar su reino.
―No te preocupes, Antonio. Habrá tiempo para que nos devuelva el favor, y será con creces. Cada cosa a su tiempo.
―¡Con lo bien que estábamos en la ciudad! ―exclama Marco Antonio, con una sonrisa cómplice en los labios.
―Estaremos mejor en Mesopotamia. Allí no hace tanto frío.
Dos días atrás, el ejército de Gabinio se puso en marcha desde Antioquía; dentro de dos jornadas alcanzarán el río Éufrates, y más allá del río esa tierra que nadie de ellos conoce: las llanuras de Mesopotamia, dominadas ahora por los partos. Cierta inquietud sobrevuela el campamento, por mucho que Gabinio y sus oficiales muestren su determinación a los soldados; cierto miedo a lo desconocido les hace mirar con desconfianza hacia oriente.
―Y nuestro amigo Arquelao, ¿qué estará haciendo en estos momentos? ―pregunta Septimio, recurriendo a uno de sus temas favoritos para hacer chanzas.
―¿Arquelao? Seguro que está engordando en la corte de Alejandría, bien alimentado por los eunucos.
―Eso suponiendo que siga con vida…
―Es mi héroe ―reflexiona Septimio entre las risas―; apareció un buen día entre nosotros, bebió nuestro vino, nos dio conversación, el día siguiente se marchó a Egipto y poco después era el marido de la reina.
―No me gustaría estar en su pellejo, te lo aseguro.
―¿Sería posible visitarlo algún día? Es un aliado de Roma, es nuestro amigo.
―Dicen que en Egipto tienen un cocodrilo sagrado al que dan de comer los sacerdotes. Yo si fuera Arquelao no me acercaría por allí.
―¡Yo tampoco, por si acaso!
Desde la distancia, Mitrídates, aspirante al reino de Partia, les dirige la mirada. No acaba de entender sus risas en la fría mañana.

Unas horas más tarde, la larga columna de soldados comandada por Gabinio, a las que se unen las pocas unidades que acompañaron a Mitrídates desde Partia, se adentra, más allá del río Belos, en la llanura pedregosa y árida de Siria. La jornada de hoy los llevará a Hierápolis, donde sin duda podrán disfrutar de mayores amenidades y vino fresco.
―Deteneos ―ordena Gabinio.
Un grupo de jinetes avanza a galope tendido desde la retaguardia, levantando a su paso una nube de polvo. Vienen de Antioquía; traen, como cabe imaginar por su celeridad, un mensaje urgente.
Gabinio no tarda en leer los papiros que han puesto en su mano.
―Hay cambio de planes ―dice a sus hombres, escuetamente.
―¿Cambio de planes? ―pregunta Marco Antonio―, intrigado.
―Es una carta de Pompeyo, el cónsul, acompañada de otras cartas del rey Ptolomeo de Egipto, que ha enviado desde su refugio en Éfeso. Las palabras de Pompeyo son claras al respecto. Tenemos una orden que cumplir.
―¿Qué orden?
―Abandonar la campaña de Partia y dirigirnos con todas nuestras fuerzas a Egipto, para devolverle a Ptolomeo su reino.
Un extraño silencio se instala en este recodo del camino donde han venido a detenerse. Una tenue brisa, apenas audible, mueve las ramas de las zarzas. A lo lejos, algún animal solitario merodea sin rumbo, curioso ante tantas personas en fila, bajo el sol.
Gabinio hace llamar a Mitrídates, que reacciona con una sencilla frase ante la inesperada situación: continuará camino hacia oriente aunque sea sin los romanos.
Horas después, mientras desandan el camino, Gabinio y sus oficiales recuerdan la escena.
―He sentido un poco de pena ―comenta Septimio―. Tendrá que enfrentarse sin ayuda a un ejército inmenso.
―Allí tiene fuerzas que lo apoyan.
―Aun así.
―¿Te da lástima Mitrídates? ―interviene Marco Antonio―, ¿alguien que se levantó contra su padre, el rey Fraates, y que no cesó hasta darle muerte, y que ahora lucha contra su propio hermano por el poder?
―Así son los reinos orientales ―apostilla Gabinio.
―Me importa bien poco lo que le ocurra.
―Está bien que luchen entre ellos ―dice Gabinio, haciendo gala de su larga experiencia en estas lides―. Antes o después llegaremos los romanos a poner orden, pero ahora nuestro enemigo es otro.
―Egipto.
―Y su reina Berenice.
―Y su rey Arquelao…
A la hora del desayuno bromeaban sobre Arquelao, imaginaban entre risas la suerte que este podría haber corrido en esa corte tan legendaria, tan hostil. Ahora se dirigen a su reino con las espadas afiladas, dispuestos a imponer a la fuerza la voluntad de Roma.
―Dime, Septimio, ¿también te da pena Arquelao?
Septimio guarda silencio, incapaz aún de asimilar el cambio de rumbo.
―Arquelao tiene dos opciones ―continúa Marco Antonio―: quedarse con su mujer, la reina de Egipto, y ponerse al frente de las tropas reales como un valiente, o salir por piernas de Alejandría y unirse a sus antiguos amigos romanos.
―¿Qué crees que hará? ―pregunta Septimio.
―No tengo la menor duda.

"¿Por qué ese cambio de planes y ese empeño repentino en ayudar a Ptolomeo?", se preguntan muchos de los soldados mientras avanzan hacia Antioquía. Los documentos oficiales hablan de un rey legítimo, del testamento de su padre, de la restitución en el poder del verdadero monarca. Pero la realidad, que Gabinio conoce bien, habla un lenguaje diferente: el de la ambición, el de las considerables sumas que Ptolomeo ha prometido a sus acreedores o que ha gastado en sobornos. Para eso fue a Roma: para rogar a prestamistas y reforzar vínculos con Pompeyo y otros potentados. Gabinio sabe que son estas las razones por las que se encaminan a Egipto, lo sabe porque él mismo obtendrá pingües beneficios si les sale bien la jugada. Al fin y al cabo, ¿qué le ha traído a Siria como gobernador? ¿Las aguas cristalinas del Orontes, el dulce sabor de los dátiles?
Septimio avanza con lentitud a lomos de su caballo. Lleva tiempo en el ejército, de modo que ha aprendido bien a acatar órdenes sin hacer preguntas. A su lado, Marco Antonio parece dotado de una nueva energía; dentro de unas semanas, en territorio de Judea, recibirá la orden de conducir a la caballería hacia Egipto, como avanzadilla. Mientras tanto, Gabinio se detendrá un tiempo en Ascalón, incorporando tropas auxiliares cedidas por Antípater y haciendo acopio de provisiones. La misión de Marco Antonio es sencilla: inspeccionar el terreno, sobre todo las zonas pantanosas, asegurarse de que no haya tropas enemigas, situar puestos de guardia; así hará, disciplinadamente. Septimio estará con él al mando de una de las alas de caballería. Lo escuchará vociferar nervioso una orden tras otra, dirigir la mirada perpetuamente hacia occidente, avanzar sin pausa para ordenar un nuevo avance, reconocer que han alcanzado los objetivos y que hay que esperar a que llegue el ejército y sin embargo seguir avanzando, un poco más, estamos cerca, y ver en la lejanía la ciudad de Pelusio, y no dedicarse a fijar posiciones, como estaba previsto, sino seguir adelante, porque ya no hay quien detenga esta marcha guiada por la ambición, por la sed de peligro, por la inercia de las armas, y entonces Septimio oirá a Marco Antonio decir la frase, "¡Vamos hacia Pelusio!", pues sabe que es una plaza mal defendida, ya que las tropas del rey están bien lejos, en Alejandría, al mando de Arquelao, que se ha mantenido firme en su puesto, "¡Arquelao es el enemigo, empecemos ahora a destruirlo!", y resulta fácil conducir a los hombres y a los caballos por la llanura que lleva a Pelusio, y poco importa quien salga a su paso a intentar detenerlos.
 
© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.