ALEJANDRO - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura: enlace.
 

ALEJANDRO

Autor: Tadeus Calinca

Costa de Cilicia, año 63 a.e.c.

Cunde entre los marineros una primera alegría de llegar a puerto, desembarcar las mercancías y someterse de nuevo al peso de la tierra, oliéndola.
―¿Es Tarso? ―pregunta la pequeña Mariam, contemplando el mismo horizonte.
La acompaña su hermana menor, Alejandra. Juntas han esquivado las cuerdas y aparejos de la cubierta hasta alcanzar la proa, donde Alejandro, pensativo, las ve llegar. A menudo, durante la travesía, Mariam se le ha acercado con lágrimas en los ojos buscando un abrazo.
―Sí, es Tarso ―dice, invitándolas a mirar más allá del mar plateado.
Alrededor de ellos se escuchan cánticos alegres; los marineros, más animados que nunca, despliegan la vela con gestos acordes o se aprestan a mover los remos como si estos, en vez de madera, fueran de aire. De vez en cuando miran, llenos de curiosidad, a las princesas de Judea.
Alejandro tiene pocos motivos de alegría. Su padre, Aristóbulo, muestra en sus muñecas las heridas que le han causado los grilletes; cuando leguen al puerto, volverán a encadenarlo. Es el único de la familia que recibe tal castigo; Alejandro, el hijo mayor, se libró del mismo. Quizá lo consideren un niño. Quizá lo sea. Son, en suma, una triste familia de cautivos, acostumbrados antaño a la vida en palacio, a los eunucos y su voz aguda y falsa, a los cortinajes de lino y oro, al olor a pétalos, a sándalo e incienso.


Arribados a Tarso, se diluyen entre la masa gris que parece invadir la ciudad. Los soldados forman bajo el sol, pero no tardan en romper filas y correr, alados, a lugares en penumbra donde gastarán su parte del botín. Otros, menos afortunados, hacen guardia.
Mariam, una vez más, se abraza al cuerpo de su hermano. Alejandra camina de la mano de su madre; también Antígono, abrumado por la ciudad ignota y su puerto de piedras grises y húmedas. ¿Dónde están ahora los delfines?, se pregunta añorando a los que fueron, durante el viaje por mar, sus mejores aliados.
Aristóbulo ha sido devuelto a sus cadenas, y con ellas camina, cabizbajo, como la sombra de un rey.

Unos días después, la ciudad de Tarso retorna a su anterior calma. El general Pompeyo ha continuado camino hacia el Ponto, por ruta terrestre. Antes de partir hizo una breve visita a Aristóbulo y su familia. Lo miró como quien mira a uno de tantos reyes depuestos, impaciente por llegar a Aminto y ver, con sus propios ojos, el cuerpo embalsamado de su gran rival, Mitrídates.
Un último vistazo a las hijas e hijos del rey y su belleza triste. Una mirada a Alejandro, un pensamiento fugaz de que quizá el primogénito del rey debiera ser encadenado, pues su cuerpo es ahora más firme y robusto que cuando lo vio por primera vez en Judea. Pero no hay palabras, ni nuevas órdenes.

Pasan los días. A Alejandro le es permitido, en ocasiones, pasear por la ciudad. Lleva de la mano a su hermana pequeña, que despierta el amor inmediato de los transeúntes. Se les acercan los judíos de Tarso, y estos les hacen llegar sus sueños, sus eternos lamentos, sus deseos de revolución.
―Alejandro, serás rey de Judea ―le dice un viejo que se ha puesto en pie a su paso.
Mariam le aprieta la mano a Alejandro, señalando un juguete de madera entre cestas de mimbre, hace visible su sueño de niña sin atreverse a hablar a la sombra de los soldados.

La nave está preparada en el puerto. Los llevará a Roma, donde serán recluidos en espera de Pompeyo.
―Tenedlo todo preparado para mañana ―les dice el tribuno con escuetas palabras.
Alejandro eleva la mirada, respira hondo. Ha escrutado las calles de Tarso, y se ve capaz de guiarse por ellas. Conoce bien a sus guardianes, sabe dónde están sus puntos débiles y cómo zafarse de su vigilancia, a menudo relajada. Se despide de su hermano Antígono, se abraza a su hermana Mariam y a la pequeña Alejandra. Se acerca sin palabras a su madre, que no necesita palabras para comprender, pero evita el último abrazo con su padre, pues no sabe si con su fuga acrecienta el peligro para su familia, pero qué más dan esos temores, se dice a sí mismo, si ya lo han perdido todo y vagan como esclavos por un mar que pertenece a Roma.
Saldrá de Tarso como un fugitivo, recorrerá Cilicia en dirección a Siria y a Judea. Hablará con los que son de su religión. Buscará su alianza, los unirá a su causa como soldados. Esa es su idea abstracta, su deseo primario de libertad.
Ya en campo abierto su cuerpo parece aligerado. Lágrimas de miedo, de adolescencia, acompañan su rápida carrera. En la lejanía, acémilas y rebaños; más cerca, los rostros fugaces de los labriegos.


Judea, 61 a.e.c.

Una nueva ciudad, en la que aún no lo conocen. Puede por tanto pasear anónimo por el mercado y escuchar la voz de la gente.
Ha llegado Mauro, dicen. Trae noticias frescas de Jamnia. Escuchémoslo.
Los transeúntes forman un círculo a su alrededor. Le traen un ánfora de vino, que Mauro acoge como el mejor premio. Lleva un buen rato hablando, ante la atenta mirada de niños y mayores.
Es un poeta, dicen.
―Sí, queridos amigos, esas cosas cuentan desde Roma ―dice Mauro, animado por la frescura del vino―. En el segundo día de su triunfo, Pompeyo mostró el cetro de Mitrídates, y su trono, todo ello de oro macizo, y eran incontables las carretas que transportaban las armas capturadas y las proas de los barcos, y tras ellos venían los cautivos, vestidos con las ropas de sus naciones. Nunca antes se había visto semejante desfile por las calles de Roma. Allí estaban los sátrapas vencidos por Pompeyo, y los hijos de los reyes, caminando como súbditos ante los ojos sorprendidos de los romanos: entre ellos Tigranes, hijo del rey de Armenia, y Zósima, esposa de ese mismo rey, y también los hijos de Mitrídates, cuyos nombres he aprendido de memoria: Artajerjes, Ciro, Oxatres, Darío y Jerjes, y sus hermanas, Orsabaris y Eupatra. No menos lánguido caminaba Artoces, que fuera rey de la Cólquide, y junto a él los tiranos de Cilicia y las reinas de los escitas, y también Menandro de Laodicea, que había dirigido la caballería de Mitrídates y ahora caminaba como un mero soldado desarmado. Tras él los rehenes enviados desde Iberia y Albania.
Mauro hace una breve pausa, que hace patente el silencio que lo rodea.
―Por último Aristóbulo, que fue en su día rey de los judíos y era mostrado ahora como un preso encadenado. Detrás de ellos venía el carro triunfal, cubierto de gemas y oro. Dicen que Pompeyo llevaba puesto un manto que perteneció a Alejandro Magno y que encontraron en la isla de Cos entre las posesiones de Mitrídates. ¿Quién no iba a creerlo al ver al general resplandeciente entre laureles?
Tras una nueva pausa, Mauro retoma la narración.
―No quiso Pompeyo manchar de sangre su día de gloria. Ni siquiera Tigranes fue ejecutado. Tampoco Aristóbulo. Ahora ambos permanecen en algún oscuro rincón de Roma, alejados de su patria. Así fue el triunfo de Pompeyo, el tercero en su cuenta. Con este se completa su círculo de victorias, la primera en Libia, la segunda en Europa, la tercera sobre Asia, uniendo así el mundo entero bajo el peso de sus legiones.

© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.

LAS CENIZAS - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura: enlace.


LAS CENIZAS

Autor: Tadeus Calinca

Canopo (Egipto), octubre de 48 a.e.c.

Cuando abre los ojos, Cordo está aún entre ciénagas y juncos, o atraviesa caminos polvorientos; los vuelve a abrir y ve delante de él a una joven de ojos claros, su cabeza cubierta con un pañuelo; se gira en la cama, intenta moverse, ¿dónde está?, ¿quién es esta chica? Se sumerge de nuevo en el sueño sudoroso de serpientes, una piel quemada que es la suya bajo el sol de muerte.
―¡Eh, despierta!
Quien lo agarra del brazo zarandeándolo con firmeza no es la joven de suaves facciones, sino un hombre con barba larga y túnica bordada.
―¡Despierta! ¿Me oyes?
―¿Quiénes sois? ¿Qué hago aquí? ―exclama Cordo al tiempo que se incorpora en un movimiento brusco―. Tengo que irme.
La cabeza le da vueltas, las piernas le flaquean.
―Has tenido fiebre, descansa.
La chica desconocida le tiende un vaso con agua y un paño de lino con el que secarse la frente.
―Gracias ―susurra Cordo, aún aletargado.
―Te encontramos ayer junto al arroyo ―interviene el hombre, que tiene pocas ganas de perder el tiempo―. Habías perdido el conocimiento.
―No lo recuerdo. Pero tengo dinero, si es lo que te preocupa. Pagaré por vuestros cuidados.
―¿Por qué entraste en mi heredad?
―No lo recuerdo, créeme,
―Pareces extranjero por tu manera de hablar griego. ¿Qué te ha traído a Canopo?
―Estoy de camino a Alejandría. Eso es todo.
―¿Tienes nombre?
―Sí. Me llamo Cordo. ¿Y tú quién eres, si puedo preguntarlo?
―Soy Eutiquio. Y esta es mi hija, Acte.
Cordo dirige la mirada a la joven que supuestamente le dedicó sus cuidados en la pasada noche de fiebre. Saber su nombre es, en cierto modo, acercarse a su piel azorada.
―Dices que tienes dinero.
―Lo traigo en mi bolsa, que llevaba pegada al cuerpo.
Acte hace una indicación con la vista, señalando un raído trozo de tela situado en una tarima.
―¿Es esto?
―Ahí tienes el dinero.
Eutiquio abre con cuidado la bolsa, como si temiera que en su interior hubiera algún peligro oculto. Lo que encuentra, en cambio, son varias piezas de plata. Al extraerlas, cae al suelo un fino polvo gris.
―¿Qué es esto? ―grita, alarmado, mientras se quita de los dedos la suciedad.
―Son cenizas.
―¿Cenizas? ¿Qué cenizas?
Eutiquio acompaña sus preguntas con exclamaciones en una lengua extraña. Cordo cree escuchar, entre otras, la palabra "profetas".
―Esto nos va a traer una desgracia ―dice, volviendo al griego―. Acte, recoge las cenizas y llévalas con la bolsa bien lejos, al cobertizo. No quiero que contaminen mi casa.
Despertado por fin de su letargo, Cordo puede ahora observar mejor lo que le rodea. No hay en esa casa figuritas de dioses ni amuletos. No ve en el cuerpo de Acte o de Eutiquio ningún colgante o adorno destinado a ahuyentar la mala suerte, como es habitual en tierras egipcias. No arde ninguna llama eterna, no se escuchan juramentos por Isis o Serapis.
Eutiquio se lava las manos con el agua de un cántaro. Cuando vuelve Acte, la conmina a hacer lo mismo. Entonces ella se arremanga las largas mangas de lino y deja ver por unos instantes su joven piel aún no arrasada por el sol ni herida por la tierra.
―¿Quién eres? ―insiste Eutiquio―. ¿Qué son estas cenizas?
Cordo necesita tiempo para urdir una respuesta, y por eso su mirada se pierde ahora en las desnudas paredes de la estancia. ¿Cómo va a decirle que esas cenizas son las de Pompeyo, el general romano, y que él mismo hizo la pira en la que se consumieron a medias sus restos mortales, y que entonces emprendió su huída desde Pelusio, cruzando el Nilo y todos sus brazos, azotado por mosquitos, azuzado por serpientes, y que su meta no es otra que llegar a Alejandría, donde quizá haya llegado Julio César, a quien quiere llevar esas cenizas?
―Traigo las cenizas del templo ―dice, en un afán de parecer seguro.
―¿Qué templo?
―El de Jerusalén.
Eutiquio y su hija se miran, como si esa palabra hubiera activado un inmediato resorte en su ánimo.
―Me las confió un sacerdote.
―¿Cómo se llamaba?
―No recuerdo su nombre.
Eutiquio emite una de esas frases que ahora Cordo no duda en identificar: tienen una entonación, una melodía que ha escuchado en otras ciudades de Oriente: Antioquía, Laodicea, Tiro; en todas ellas hay comunidades de judíos; en todas ellas se ora a un dios sin rostro.
―Me dijo que las llevara a Alejandría, donde encontraría a un sacerdote que sabría lo que tenía que hacer con ellas ―continúa Cordo, consolidando su relato falso―. Le llevo un mensaje que aprendí de memoria.
―Esto debe escucharlo Aquileo.
―¿Quién?
―Aquileo, el maestro de la sinagoga. Enviaré a mi hijo Simón a buscarlo.
―¿Para qué?
―Has traído unas cenizas a mi casa, y con ellas la impureza. Necesito el consejo del maestro para que podamos purificarnos según la ley.
―Lo mejor que puedo hacer es irme de tu casa y llevarme las cenizas a otra parte.
Cordo intenta una vez más ponerse en pie, pero es entonces cuando descubre su pie inflamado y la cicatriz que le cruza el muslo. Punzado por un dolor intenso, su cuerpo se desploma de nuevo en la cama.
―Necesitas unos días de descanso, suficientes para que Aquileo nos honre con su presencia. Vive a una jornada de aquí.
―Me encuentro bien, mañana podré partir ―dice Cordo, buscando consuelo en el rostro de Acte.
―Tu historia resulta extraña, será mejor que la oiga el maestro Aquileo. En un par de días estará aquí.
Cordo se recuesta sobre el catre. Se llevaría las manos a la cabeza si no tuviera que disimular sus emociones. Un par de días. Por suerte está Acte.

Los días siguientes transcurren entre cuidados y ausencias. Cordo consigue ponerse en pie y caminar apoyándose en el cuerpo de Acte, menudo pero firme. Colaboran también los sirvientes de la casa; los supervisa, en ocasiones, el propio Eutiquio.
―Mi hijo ha vuelto de la ciudad. Me dice que el maestro Aquileo vendrá pronto.
―¿Cuándo? ¿Mañana? ―pregunta Cordo preocupado, pues sabe que necesita un poco más de tiempo para coger fuerzas y poder huir.
―¿Mañana, dices? ―Eutiquio lanza una mirada cómplice a los sirvientes y a su hijo―. ¿Cómo quieres que venga mañana, en pleno sabbat?
Al amanecer del día siguiente, Cordo se encuentra un plato con comida y una casa en la que nada parece moverse. Tan solo los perros corretean por el patio; las ovejas, en la distancia, parecen quebrar tímidamente el silencio que impera por doquier en la heredad. «Un día más para curarme», piensa Cordo. «Mañana, quizá, pueda poner tierra de por medio»

Terminada la jornada de descanso, vuelve la vieja pregunta:
―¿Cuándo llega el maestro?
―Mañana o pasado ―contesta Eutiquio con el rostro inalterable―. Debes esperar.
Por suerte está Acte, con su sonrisa amable y su curiosidad juvenil que la lleva a interesarse por este hombre venido de ninguna parte. Cordo le cuenta historias de otros lugares, le describe las ciudades que ha visitado, le habla de batallas vividas por él o imaginadas, y ella lo escucha en silencio, pendiente de los pasos de su padre, a quien seguramente no le parezcan bien estas fantasías.

―¡Por ahí viene el maestro!
―¿Cómo? ―exclama Cordo alarmado al ver cómo se desploman sus planes― ¿No venía a primera hora de la tarde?
Demasiado tarde para reaccionar, pues ya entra Eutiquio en la estancia, y tras él un hombre de mayor edad, pasos tranquilos y mirada aguda bajo tupidas cejas. Le siguen, a pocos pasos, dos hombres corpulentos.
―Me han contado tu historia, extranjero ―dice Aquileo, llenando la estancia con su voz grave―. Me dicen que vienes de Jerusalén.
―Así es.
―¿Qué son esas cenizas que traes?
―No puedo decirlo. Lo prometí a quien me las dio, un moribundo. Las llevo a Alejandría con la misión de entregarlas a un sacerdote.
―¿Qué tipo de sacerdote?
―Uno de vuestra religión.
―¡En Egipto no hay sacerdotes judíos! ―exclama indignado el maestro―. Solo en Jerusalén y en Judea.
―Me he equivocado, Aquileo, te ruego que me perdones. Quería decir un maestro de las Sagradas Escrituras, un sabio.
Cordo mira a su alrededor, donde solo percibe miradas de sospecha dirigidas hacia él. ¿Hasta cuándo se va a sostener su frágil relato? ¿Cómo podrá salir corriendo de la estancia, ahora que tiene a estos hombres entre él y la salida?
―Tengo que ir a Alejandría a entregar las cenizas.
―¿Cómo se llama el maestro a quien debes entregarlas? Quizá pueda ayudarte a encontrarlo.
¿Ironía? ¿Voluntad verdadera de ayudar?
―Se llama Teodoro ―dice Cordo, improvisando un nuevo giro en su peligroso juego.
―¿Teodoro?
―Sí, el gran maestro conocido por ese nombre.
―Teodoro murió hace años.
―No lo sabía.
―¿Cuándo te dieron esas cenizas?
―Hace años.
Aquileo hace un rápido cálculo mental.
―Teodoro murió en tiempos de Aristóbulo, cuando los romanos entraron en el templo.
―Así es. Yo estaba con ellos. Con Pompeyo. Era tribuno a sus órdenes.
―¿Cuántos años tienes?
―¿Yo?
―Sí, tú.
―Cuarenta ―miente, una vez más, Cordo.
―¿Cuarenta? Yo diría más bien treinta. Dices que estuviste en Jerusalén con Pompeyo.
―Allí es donde me entregaron las cenizas.
―Has tardado mucho en traerlas, ¿no? La profanación del templo fue hace quince años. ¿A qué edad te nombraron tribuno? ¿Cuándo eras un niño? Creo que mientes, pero no seré yo quien te juzgue, sino el gobernador de Canopo. ¡Apresadlo!
Los acompañantes de Aquileo se abalanzan sobre Cordo, de suerte que dejan libre la puerta de la estancia. Olvidándose del dolor y las heridas, el romano salta de la cama y consigue alcanzar la salida entre gritos y golpes. Una vez fuera, nada le impide acercarse al cobertizo, coger la bolsa de las cenizas y salir corriendo por campo abierto.

Amanece un nuevo día entre mosquitos y sanguijuelas, pero al menos está vivo y es libre.
Solo una cosa antes de encaminarse hacia la ciudad.
Una cosa.
Un pedazo de sueño.
No lejos de esta zanja está el lugar que hace las veces de lavadero. Sabe que Acte acude allí por las mañanas.
Cordo surge de los carrizos. Acte finge una alarma que no siente.
―Estoy aquí para despedirme  ―dice, susurrando―. Luego me iré.
Acte sonríe. Deja que la mano de él le acaricie el cabello y las mejillas.
―¿Tú religión te permite besar a un extraño?
―Sería un acto impuro.
Los labios se funden en un silencio que es el mismo del agua, de los papiros erizados por el viento, de las grullas teñidas de luz.
 
© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.

EL TEMPLO - Relato histórico


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EL TEMPLO

Autor: Tadeus Calinca

Jerusalén, junio de 63 a.e.c.

Desde su posición en el monte Escopo, Pompeyo y sus hombres aprecian la magnífica silueta de Jerusalén, que muchos de ellos contemplan por primera vez, y les sorprende ver que desde la base de la montaña se acerca hacia ellos un grupo de hombres a caballo. Poco después, escoltados por una turma de caballería, los recién llegados alcanzan la pequeña planicie en la que el general romano ha situado las insignias legionarias.
El primero en bajar de la montura es un hombre joven cuyas ricas vestiduras denotan su alto rango. Destaca del resto, también, por los pasos decididos con los que avanza.
―Vienes en persona ―le dice Pompeyo fingiendo sorpresa―. Pensaba que enviarías a alguno de tus subordinados.
―¿Qué te trae a Jerusalén? ―le contesta, secamente, Aristóbulo.
―Me han hablado tanto de la ciudad de los judíos, y de su famoso templo, que no podía desaprovechar la oportunidad de acercarme a admirarla.  
―Tengo una duda: ¿estás aquí para alabar mi ciudad o para destruirla?
―¿Destruirla? No es esa mi intención. ¿Me crees capaz de semejante crueldad?
―No parece una visita de cortesía; has venido acompañado de tus legiones.
―Ya sabes, no me gusta viajar solo.
Pese a la gravedad de la situación, alguna disimulada sonrisa se esboza entre los legados de Pompeyo, que asisten en silencio al encuentro. La figura de Aristóbulo, que se esfuerza por mantener el cuerpo erguido y la cabeza bien alta, parece disminuida frente a estos hombres que lo miran desde una pequeña elevación del terreno.
―Días atrás, en Damasco, tuvimos ocasión de hablar largo y tendido ―continúa Pompeyo, que permanece sentado en su silla curul― ¿Por qué te fuiste de manera tan repentina? ¿No te gustó el trato que te dispensamos?
―Me vine a Jerusalén porque soy el rey legítimo de Judea.
―Tu hermano Hircano también reclama el título de rey.
―¡Me importa poco lo que diga mi hermano! Lo hace inducido por su aliado Antípater, el idumeo, que es el que en verdad ambiciona el poder. Recuerda, Pompeyo, lo dije en Damasco, lo repito ahora: soy el hijo mayor de Alejandro Janeo y Salomé Alejandra, por tanto legítimo heredero del trono.
―Y yo soy el legítimo representante del pueblo romano. No lo olvides.
Aristóbulo sabe que las palabras de Pompeyo no son en vano. Ante sus ojos se expande como una mancha negra el inmenso ejército que el general romano ha traído a Jerusalén. Y podría ser peor, tras conocerse hace unos días la muerte de Mitrídates, rey del Ponto, el gran enemigo de Roma en Oriente. Ahora nada impide a Pompeyo concentrar todos sus efectivos en Siria y en Judea, si así lo necesita.
―Dices que eres el rey de Judea.
―Lo soy.
―¿Qué me ofreces a cambio?
A Aristóbulo le cuesta digerir la pregunta, por previsible que sea.
―Oro y plata. Eso es lo que te ofrezco.
―¿Cuánto?
―Cuatrocientos talentos.
La cifra, tan elevada, sorprende al propio Pompeyo.
―¿Lo ves, Aristóbulo? Creo que podemos entendernos.
―Yo mismo iré a recoger esos talentos, y los traeré a tu campamento para que puedas contarlos.
―No es necesario que te molestes. Enviaré a Aulo Gabinio, uno de mis legados. Él se encargará de recoger el tributo. Mientras tanto, tú te quedarás aquí, entre nosotros.
―Me retienes como prisionero. ¿Ese es el trato que merezco?
―Considérate mi invitado. Tendrás una estancia confortable, no te preocupes.
―Debo ir en persona a Jerusalén. A nadie más confiarán el tesoro.
―Bastará con un documento escrito y sellado por ti. Los hombres de tu escolta irán con Gabinio y llevarán hasta allí tu mensaje. Mientras tanto, podremos disfrutar de tu compañía en el campamento.
Las palabras de Pompeyo caen como una losa sobre Aristóbulo, que parece empequeñecerse aún más. A sus espaldas tiene la ciudad de Jerusalén; frente a él, el poder desmedido de Roma.
―Mi esposa y mis hijos están en el palacio real ―dice con una voz bañada de impotencia―. No quiero que les ocurra nada.
―Nos ocuparemos de su seguridad. No temas.

A última hora de la tarde regresa Gabinio. Llama la atención que sus hombres avancen a paso ligero y que las carretas que debían transportar el oro vuelvan vacías de Jerusalén.
―Se han negado a ofrecer el tributo ―dice, recalcando lo que era obvio―. Ni siquiera se nos ha permitido entrar en la ciudad.
―¿Les habéis entregado el documento?
―Los escoltas de Aristóbulo lo han llevado en mano, pero no ha servido para nada.
―¿Dónde están ahora?
―Se han quedado en la ciudad.
―Pagarán por ello. ¿Alguna otra cosa, Gabinio?
―Se oían gritos procedentes del otro lado de las murallas. Se diría que ha empezado la lucha por controlar la ciudad.
Pompeyo mira a su alrededor, buscando el rostro de sus legados. No hacen falta palabras. Mañana sonarán las fanfarrias y se oirán los pasos de los legionarios.


Septiembre de 63 a.e.c.

Cuando llegaron a Jerusalén, las tropas romanas se encontraron las puertas abiertas. Los partidarios de Hircano eran dueños de la ciudad; los de Aristóbulo, inferiores en número, se habían refugiado en el templo, aprovechando la seguridad de sus murallas y sus defensas naturales, en forma de barrancos y precipicios. Una vez allí, destruyeron el único puente que lo unía al resto de la ciudad.
Ahora, tres meses después de que empezara el asedio, el trabajo incesante de los arietes empieza a dar sus frutos: en algunos tramos de la muralla se ven grietas que corren hacia lo alto, y algunos de los sillares amenazan con desprenderse. Los soldados se turnan en las torres de asedio, que tanto esfuerzo costó trasladar hasta la base de las murallas. Para ello fue necesario recubrir con todo tipo de materiales el barranco que las antecedía, y convertirlo así en un llano por el que pudieran deslizarse las enormes construcciones de madera.
Ante la inminencia de la batalla, la legión de Fausto Cornelio Sila ha sido desplegada frente al muro. Formados en perfectas centurias tras los estandartes, los legionarios esperan pacientes el desmoronamiento del muro y la orden de entrar en acción. Tras ellos, la variada amalgama que forman las tropas de Hircano y de Antípater, asombrados ante la férrea disciplina que muestran los romanos bajo el sol de Judea.

Se oye un estruendo. Uno de los lienzos de la muralla se ha desplomado con estrépito, desplazando en su caída una de las torres de asedio, que resiste el embate.
―¡Adelante! ¡Corred!
A las órdenes de los centuriones, los soldados se encaraman a las piedras desprendidas y escalan con ligereza la pendiente, sin que parezca importarles el peso de los escudos y de las armas. Lo que encuentran al otro lado es un amplio espacio por el que corren, confusos, los defensores del templo. Más que una batalla, la jornada de hoy va a ser una persecución del enemigo, y una matanza.

Pasadas unas horas, el general en jefe de los romanos se apresta a cruzar la muralla. Los soldados han retirado gran parte de los escombros, de modo que el trayecto es ahora más cómodo para quien lo transite. Acompañan a Pompeyo sus principales legados y consejeros, que forman un compacto grupo tras él. Cierra la comitiva Hircano, el aspirante a rey, que durante los largos días de asedio no ha hecho sino buscar la cercanía de Pompeyo para instruirlo en las costumbres de los judíos y hablarle encarecidamente del templo: "al cruzar el muro nos encontraremos con el Patio de los Gentiles, al que tienen acceso incluso los que no son judíos; luego, separado del resto por un muro, tenemos el Patio de los Israelitas, espacio reservado a los judíos; a continuación, el Patio de los Sacerdotes, donde ni siquiera los levitas tienen permitido el acceso; por último, el templo propiamente dicho, el santuario de la religión judía, al que solo entran unos pocos sacerdotes en momentos puntuales, para cuidar del candelabro, la mesa para el pan y el incensario. Pero hay un lugar aún más sagrado en el templo, separado del resto por una cortina. El sumo sacerdote es el único que puede cruzar ese confín, y eso ocurre tan solo un día al año, el que llamamos de la Expiación. Es el lugar más sagrado e inviolable para los judíos".
Caminando al lado de Hircano está Antípater, el idumeo, que vino a Jerusalén acompañado de . Entre ellos Herodes, que a su tierna edad empieza a habituarse a la guerra.
Al cruzar la muralla derruida, Pompeyo y sus acompañantes contemplan un espectáculo de sangre y de muerte. Los cadáveres de los defensores se amontonan a lo largo y ancho de la explanada, no solo en el Patio de los Gentiles, sino también en el de los Israelitas.
Fausto Cornelio Sila, que parece un soldado más con su espada recién enfundada, sale al encuentro de Pompeyo.
―Ave, general.
―Ave, Cornelio ―le dice en tono afectuoso, al tiempo que lo abraza―. Has hecho un trabajo perfecto, serás condecorado como mereces.
Pompeyo y sus acompañantes continúan avanzando. En el Patio de los Sacerdotes encuentran hogueras que aún humean con los sacrificios; no cabe duda de que los sacerdotes llevaron a cabo sus ritos hasta el último momento, y que perecieron al pie de los altares sin ofrecer resistencia.
Caminando a paso lento, alcanzan por fin la parte central del recinto. Ante ellos se muestra ahora en todo su esplendor el edificio del templo, con los doce escalones que le dan acceso. Un grupo de soldados romanos, al mando de un centurión, hacen guardia en el lugar.
―Centurión, ¿ha entrado alguien en el templo? ―pregunta Pompeyo desde la base de la escalinata.
―No, general. No ha entrado nadie.
―¿Lo ves, Hircano?
El hasmoneo respira aliviado. "Al menos se ha salvado el santuario", se dice a sí mismo.
―Vamos.
―Vamos, ¿dónde?
―Al templo.
Pompeyo, seguido de sus legados, asciende los doce peldaños. Hircano querría protestar airadamente, pero no le quedan fuerzas. Permanece inmóvil junto a los demás judíos, observando alarmado cómo Pompeyo y sus hombres cruzan el umbral.

El templo es un lugar oscuro. La única luz natural que lo ilumina procede de la entrada, que siempre está abierta, pero esa luz se desvanece a medida que uno penetra en el interior . El candelabro de oro, con sus pequeñas llamas siempre encendidas, es lo único que permite guiarse en la parte central del santuario. Pompeyo observa la mesa para el pan y el incensario, sin tocarlos. Se acerca al candelabro, con cuidado de que el aire que producen sus movimientos no extinga la llama. Al fondo de la nave, apenas visible en la tenue luz, se intuye la gran cortina que divide el templo; tras ella, el lugar más sagrado e invisible para los judíos. Sin pensárselo dos veces, el general romano se dirige hacia la cortina y, tras agarrarla por uno de sus extremos y tirar de ella con fuerza, penetra en el lugar, que no es otra cosa que un espacio vacío. Un espacio dominado por el silencio y la oscuridad.

Tras la corta espera, que a Hircano se le ha hecho interminable, Pompeyo reaparece a las puertas del templo.
―No te preocupes, Hircano, todo está en su sitio. Ni siquiera he tocado el candelabro de oro.
Pompeyo, sonriente, desciende la escalera. Lo flanquean sus subordinados, no menos orgullosos y sonrientes.
―Todo ha vuelto al orden, podéis proceder a purificar el templo y sus altares. La tarea te corresponde a ti, Hircano, que eres a partir de hoy el sumo sacerdote de los judíos. Y también el gobernante de esta tierra, en nombre de Roma.
El rostro de Hircano no refleja ningún atisbo de satisfacción a pesar de los honores que se le han concedido. A su lado, Antípater apenas disimula su sonrisa.
―Y no te olvides de lo más importante ―añade Pompeyo antes de alejarse del lugar acompañado de sus lugartenientes―: pagar el tributo a Roma.

© Tadeus Calinca, 2020.
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- Nota bibliográfica: Julio Josefo. La guerra de los judíos, I, 120-158.