Las columnas de Palmira

Constantinopla es la ciudad del pórfido, ese mármol de color púrpura que tanto gustaba a los emperadores. Se conservan buen número de piezas realizadas en ese material, sobre todo estatuas y sarcófagos, como el famoso sarcófago de Constantino; son muchas, también, las antiguas columnas de pórfido que fueron reutilizadas para sostener y adornar las mezquitas de los sultanes, incluso el célebre harén de Topkapi. En los jardines del Museo Arqueológico se encuentran, diseminados en aparente desorden, varios fragmentos de este apreciado material. ¿Quién sabe? Quizá alguno de esos restos proceda de aquella sala llamada 'Porphyrion', recubierta por completo de pórfido, donde las mujeres de la familia imperial bizantina daban a luz a sus vástagos, llamados por ende 'porfirogénetas'. Hoy en día esos fragmentos de piedra sirven de escondrijo y hábitat a los muchos gatos que pueblan el museo y cualquier rincón de la ciudad, antigua o moderna.


La primera vez que fui a Estambul, en 1990, yo no sabía nada de todo esto. Para mí esa gran ciudad quedó en el recuerdo como una amalgama de sensaciones en la que se mezclaba la indescriptible luz de la Mezquita Azul, al atardecer, las abigarradas, casi sofocantes callejuelas del bazar, la travesía en barco hacia el otro lado, el asiático, la grandeza de Santa Sofía, el sabor picante de la comida en aquellos pequeños restaurantes de la ciudad vieja y el té de manzana que te servían los comerciantes, ávidos de venderte una prenda de cuero o cualquier otro artículo para turistas.

Cuando volví a Estambul, en 2015, sabía muchas más cosas, aunque eso no convertía a este segundo viaje una experiencia mejor que la primera. Simplemente, lo hacía diferente. Sabía que se conservaban unos magníficos mosaicos que pertenecieron al antiguo palacio imperial. Sabía que podían aún contemplarse las columnas y obeliscos del ya desaparecido hipódromo. Sabía que había unas enormes cisternas en el subsuelo, y en una de ellas una medusa puesta boca abajo. Sabía, también, que en algún rincón de Santa Sofía había unas imponentes columnas de pórfido. Y que en un lugar de tantos, por donde pasa a cada rato el tranvía, se encuentra la Columna de Constantino, hecha también de pórfido, concida como la 'columna quemada' por su demacrado aspecto.


Nuestra entrada en Santa Sofía fue a primeras horas, cuando los turistas aún no habían invadido el lugar, y eso nos permitía poder contemplar en calma todos los rincones de aquel incomparable espacio. Una vez más, como ocurrió en aquel lejano viaje de juventud, me volví a quedar impresionado por aquel lugar tan peculiar. Esta vez, además, iba en busca de algo, lo cual añadía una nueva disposición de ánimo a la mera curiosidad difusa del turista. No tardé en localizar las imponentes columnas de pórfido, situadas en los ábsides.


Son columnas viejas, desgastadas. En algunos casos están protegidas por unos aros de hierro situados a lo largo del fuste. Pero allí están, en aquel edificio que es el resumen de todo un imperio, con sus mármoles traídos de los más variados rincones de su vasto territorio para mayor grandeza de los emperadores. Fue Justiniano quien dio forma definitiva a este templo, que luego se convirtió en mezquita cuando cayó en manos otomanas y que, según dicen, corre peligro de volver a serlo.

Las columnas de pórfido, efectivamente, son muy antiguas, mucho más antiguas que la propia iglesia de Justiniano. Alaric Watson, en su extensa biografía sobre el emperador Aureliano, nos cuenta brevemente el periplo de esas columnas, citando fuentes bizantinas. Una historia poco conocida, que, creo, vale la pena recordar.
El año 272, tras una larga y cruenta guerra, el emperador Aureliano derrotó al ejército de Zenobia de Palmira, dando fin al denominado Imperio Palmirense, que lleva años desafiando la supremacía de Roma en Oriente. Zenobia fue conducida a Roma junto a su hijo Vabalato, donde fueron expuestos al escarnio público en la celebración del triunfo. Aureliano decidió no castigar a la ciudad de Palmira, que tuvo así una nueva oportunidad de perdurar en el tiempo. Sin embargo, los palmirenses se rebelaron al año siguiente contra Roma, pero esta vez Aureliano no fue tan magnánimo. Una vez sofocada la insurrección, decidió destruir la ciudad, que fue definitivamente abandonada. Así quedó Palmira para siempre: como ese conjunto de ruinas que tanto admiramos y que hace poco sufrió una nueva agresión a manos de los radicales islámicos.
Las tropas de Aureliano se dedicaron a saquear la ciudad antes de destruirla, como era práctica común en la antigüedad. De ese saqueo no se libró ningún edificio, incluidos los templos. Según cuentan algunas, pocas, crónicas antiguas, Aureliano se llevó a Roma unas imponentes columnas de pórfido para utilizarlas en su nuevo proyecto: un templo dedicado al dios Sol, una divinidad de origen sirio de la que era devoto. Según narran las fuentes antiguas, el Templo del Sol estaba situado en el Campo de Marte, y poseía todo tipo de riquezas y ornamentos, además de esas majestuosas columnas procedentes de Palmira. Una enorme estatua de plata del propio Aureliano presidía el lugar; unos exóticos colmillos de elefante adornaban una de las naves del sacro edificio.

Por entonces Roma era aún una ciudad pagana, y las autoridades del imperio protegían los lugares de culto dedicados a un elenco cada vez más variado de dioses. Pero iba a ser otro dios venido de Oriente, el de los cristianos, el que acabaría imperando por encima de todos ellos, hasta desplazarlos. A mediados del siglo V la ciudad de Roma cayó en manos de Odoacro, en una acción que puso fin a más de mil años de civilización antigua romana. El siglo siguiente, en uno de esos extraños giros de la historia, las tropas de otro emperador romano, esta vez de Oriente, conquistaban de nuevo la ciudad. Resulta difícil imaginar en qué estado se encontraba la antigua capital del Imperio cuando las tropas de Justiniano cruzaron sus puertas. Las guerras entre bizantinos y ostrogodos en tierras italianas habían acentuado aún más el largo proceso de decadencia que había empezado con la caída del Imperio. Los antiguos templos eran saqueados, para sacar provecho de sus riquezas. En su lugar empezaban a aparecer los primeros lugares de culto cristianos, como la basílica de San Juan de Letrán. El templo del Sol, construido por Aureliano, fue destruido por completo. Sus columnas fueron transportadas a Constantinopla, la ciudad más floreciente de aquellos tiempos, capital de Justiniano y de una larga lista de emperadores que continuaron, a su manera, el legado de Roma. Justiniano utilizó esas columnas para dar más brillo a su obra magna, por la que aún es recordado: la remodelación y engrandecimiento de Santa Sofía.

Así es la historia de estas columnas de pórfido. De Palmira a Constantinopla, pasando por Roma, en un viaje de miles y miles de quilómetros a lo largo de muchos siglos. Allí están aún, en pie, dando la bienvenida a los innumerables y curiosos turistas: las columnas de Palmira, de Aureliano, del dios Sol, de Justiniano. De todos.

Monte Alma. Publicación.

Es difícil explicar lo que se siente como autor al ver la primera novela que uno escribe expuesta en el escaparate de una librería.


La novela, por cierto, puede también adquirirse a través de la página web de la editorial, Alupa.

El pasado 30 de septiembre tuvimos la presentación de Monte Alma en Valencia, en la Librería Bartleby. El acto fluyó de la mejor manera. Del numeroso público surgieron todo tipo de preguntas sobre la novela que animaron muchísimo la charla. Fue curiosa la tarea de firmar ejemplares, para mí completamente nueva.





Monte Alma

En cuestión de días se publica mi primera novela, Monte Alma, ambientada en tiempos de la antigua Roma (siglo III d.C.). Iré publicando en el blog información acerca de la novela: portada, presentaciones, etc.

También podéis seguir la información en la página de Facebook creada al efecto (link), o en mi dirección de Twitter:

@tadeuscalinca


Porfirogénitos. Relato breve.



PORFIROGÉNITOS
 
Autor: Tadeus Calinca

 Año 1002

Los gritos, los gritos, ¡tantos gritos! Los gritos recorren como un rayo los laberínticos pasadizos, rebotan sobre el mármol de las paredes y se cuelan en las estancias de palacio alcanzando los rincones más remotos, los triclinios, los atrios y capillas. Llegarán sin duda a oídos del prepósito y otros insignes personajes, del magistros y los guardianes, de los spatharios o protospatharios, de los ayudantes de cámara, los vestiarios, silenciarios y chartularios, de los parakoimomenos, cubicularios, primikerios o pinkernes, de todos y cada uno de los funcionarios y oficiales que pueblan el vasto palacio, ya sean eunucos o 'barbudos'. ¿Qué tardarán todos ellos en fruncir el ceño y acudir raudos a la fuente de tanto alarido?
―¡Venga, Irene, levántate! ―le dice su compañera, mientras la estira con ahínco de una pierna.
―¡No puedo!
―¡Vamos, arriba!
―¡No puedo! ¡Viene otro!
―¿Cómo dices?
La cabeza del segundo bebé asoma entre las piernas de la parturienta. Su compañera, esclava como ella, no sale de su asombro. Tenía la esperanza de que podrían salir de tan noble lugar con el niño en brazos y correr hacia las cocinas de palacio antes de que se descubriera tan inesperado acontecimiento. Tendrían el tiempo justo para borrar las manchas e inventar alguna excusa para tantos gritos. Pero la llegada del segundo niño, con sus propios berreos y su propia sangre, desbarata cualquier intento de disimulo.
"¿No había otro lugar para parir a estos gemelos?", se pregunta a sí misma la esclava mientras observa, impotente, cómo la segunda criatura lucha por abrirse paso hacia la luz. Tenía que ser aquí, en el lugar más augusto del inmenso palacio, en esta Sala que llaman de Pórfido por tener sus paredes y su suelo cubiertos de ese majestuoso material, tan raro, tan estimado por los emperadores, en este lugar reservado a las mujeres de la casa imperial, al que acuden para dar a luz a sus hijos, que nacen así rodeados de esa aura de grandeza que les da la púrpura. Es por ello que reciben el nombre de 'porfirogénitos', el más noble de los epítetos.
―¡Venga, Irene, un esfuerzo más! ―exclama con escaso entusiasmo, intentando convencerse de que aún es posible la huida.
La parturienta pone todo su empeño en acelerar el parto, consciente de las prisas, de su mala suerte, de esa extraña voluntad divina que ha querido que sea aquí donde sus dos gemelos vengan al mundo.
—Es una niña, Irene, mírala.
En el rostro de la joven madre se dibuja un esbozo de sonrisa mientras alarga los temblorosos brazos y acoge en su seno a la recién nacida, que no tarda en imitar al primogénito, que mama en silencio. "¿Qué hacer ahora?", se pregunta Irene, exhausta por el esfuerzo, sintiendo cómo los labios tiernos de los gemelos succionan con ansia sus pezones inexpertos. ¿Qué va a ser de todos ellos, de esta nueva familia nacida por casualidad en tan reservado lugar? ¿Qué pensará el emperador Basilio, aún sin hijos? ¿O su hermano Constantino, al que han nacido sólo hembras? ¿No pensarán acaso que esto es una provocación, una señal divina en su contra, un posible peligro para su dinastía? ¿No verán en estos accidentales porfirogénitos un desafío, una burla del destino? Irene mira a sus hijos en ese brevísimo momento de pausa que le permiten las circunstancias. Teme las posibles consecuencias de su infortunio, teme represalias nunca antes vistas ante hechos tan insólitos. Los niños, mientras tanto, hacen lo único que saben hacer: mamar sin pausa, clavar sus deditos en el pecho, mirar fijamente a los ojos de su madre. ¿Qué se preguntan mientras tanto? ¿Se hacen acaso alguna pregunta?
 Se oyen pasos provenientes del pasillo. La compañera de Irene, de pie frente a la parturienta, deja caer los brazos. Ya nada puede ocultar los hechos. Nadie las creerá cuando les digan que todo ha sido un accidente, que habían entrado allí, como cada mañana, a lavar las augustas piedras, a sacar brillo al pórfido, a dar lustre a los candiles, y que una vez en el centro de la sala su compañera Irene se ha echado en el suelo incapaz de detener el torrente de su propia naturaleza.
―¿Qué está ocurriendo aquí? —exclama una voz desde el umbral de la Sala— ¿Qué es todo esto?
Quien así habla es Mauricio, el prepósito, al que acompañan algunos eunucos de menor rango. Todos ellos miran atónitos la inesperada escena. Por suerte para las esclavas, a estas horas el emperador y gran parte de su séquito están de camino a Santa Sofía, y quizá en medio de las aclamaciones y los cánticos les haya resultado imposible escuchar los alaridos procedentes del parto. A Mauricio, uno de los eunucos principales, le hubiera encantado estar allí, junto a la pompa imperial, ver de cerca al Patriarca de Constantinopla, aspirar las sagradas fragancias y lucir con orgullo su pomposo título de praepositus sacri cubiculi, que tan a menudo gusta de recordar a sus subordinados.
—Esa mancha, limpiadla ―dice sin apenas levantar la voz—. Que no quede ni rastro.
Los eunucos, atentos a sus órdenes, deseosos también ellos de ascender en el complejo escalafón de palacio, obedecen de inmediato.
—Y vosotras ―dice a las esclavas sin apenas mirarlas—, salid de aquí ahora mismo.
Las mujeres envuelven con cuidado a los recién nacidos en un improvisado manto y se encaminan a la puerta. Los lacayos, mientras tanto, se afanan en fregar una y otra vez el suelo, borrando el más mínimo rastro de sangre. No les hace falta recibir órdenes precisas, pues saben que este es un lugar necesariamente impoluto, inmaculado, como esa cálida celda, ese lugar protegido y oculto en el centro mismo de las colmenas.
Las esclavas salen por fin al pasillo. Irene, que no ha recuperado del todo sus fuerzas, se apoya aún en el brazo de su amiga. Caminan juntas, en silencio, dejando atrás la púrpura de ese noble lugar que les es tan ajeno. ¿Hacia dónde caminan exactamente? ¿Qué suerte les espera a estos niños que acaban de nacer, a estos porfirogénitos por cuyas venas no corre sangre augusta, sino de siervos? ¿Quién pondrá freno a los rumores en este palacio imperial que tanto ama los rumores? ¿Guardarán el secreto los eunucos, tan amigos de las intrigas, tan interesados en los juegos de poder, en las disputas dinásticas y los equilibrios imposibles? Los recién nacidos, niño y niña, avanzan en brazos de su madre. Tienen la piel sonrosada y sus ojos, bien abiertos, brillan llenos de vida.


© Tadeus Calinca. 2016
Todos los derechos reservados
Nº de R.P.I: V-328-16

Monte Alma

Si todo va bien, mi primera novela aparecerá publicada en los próximos meses, quizá semanas. De momento, deciros que está escrita en castellano, que va de romanos (del inestable siglo III), y que se titula Monte Alma. Y podéis estar tranquilos: no es el típico tocho de mil páginas, ni mucho menos.

Seguiré informando.


El nom de Phoëbon

Eren els anys noranta i tenia al cap escriure un monòleg per al qual encara no tenia títol. Vaig acudir llavors a El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, en busca d'inspiració, i allà, entre tants i tants noms de tall poètic o monstruós en vaig trobar un parell acabats en "-on" la sonoritat dels quals em va agradar. Hui, retornat al llibre, els rememore: per una banda Fastitocalon, procedent d'un bestiari medieval; per altra el Mirmecoleon, d'origen aràbic. Crec recordar que aquests noms em van inspirar, en certa manera, el de Phoëbon.


Chantal Akerman

En octubre del año pasado fallecía la cineasta belga Chantal Akerman, cuyo nombre me era desconocido hasta hace semana y media, cuando oí hablar de su obra cumbre, Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975), película de más de tres horas de duración que me planteé ver como uno de esos retos, diciéndome a mí mismo: "a ver si logro llegar al final". Pues bien, después de verla hasta el final me doy cuenta de que, como muchos apuntan, es una verdadera obra de arte. También se ha apuntado alguna vez que es la primera obra maestra cinematográfica dirigida por una mujer, lo cual también merece una reflexión.
El cine de Akerman es sin duda personalísimo, vanguardista y experimental. Su primer corto, Saute ma ville (1968), que vi ayer en YouTube, bebe del cine experimental norteamericano, incluso me atrevería a decir, también, de esas Margaritas (1966) de la checa Vera Chytlova, otro referente en el mundo de las directoras de cine. En Jeanne Dielman percibo quizá la influencia de Rainer Maria Fassbinder, lo cual tampoco es de extrañar dada la época. El tratamiento estético y existencial de la protagonista tiene algo de esas mujeres tan particulares que retrató Fassbinder en películas como Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972). Los años setenta me tocan en lo personal, de ahí que sienta cierta predilección por películas hechas en aquellos tiempos con ganas de romper moldes. Jeanne Dielman rompe algún que otro molde. La recomiendo vivamente. Entre otras cosas, también, por la magistral interpretación de la actriz Delphine Seyrig en el papel principal.


Estrena d'Hipnosi

El dia 14 de juliol s'estrena a Barcelona Hipnosi, una peça curta que vaig escriure fa uns quants anys. Serà a la sala Teatre de l'Enjòlit, dins de l'anomenada Festa d'Estiu. El muntatge està dirigit per Elies Barberà i interpretat per les actrius Marina Busain i Núria Vilahur.

No cal dir que estic encantat amb la notícia.


Limes Germanicus

Tiene 30 etapas en 550 km de recorrido y no es el Camino de Santiago, aunque puede recorrerse a la manera del peregrino romano. En Alemania lo llaman Limeswanderweg, la ruta del Limes, que recorre lo que en época del Imperio Romano fue una línea fuertemente fortificada que enlazaba el Danubio con el Rin y defendía al Imperio de la amenaza bárbara. No en vano limes significa 'límite' o 'frontera' en latín.


Lo cierto es que el propio Limes, con sus majestuosas fortificaciones y murallas, no sobrevivió hasta más allá de la segunda mitad del siglo III, cuando el Imperio, acuciado por el impulso de los bárbaros, tuvo que replegar sus fronteras hasta hacerlas coincidir con los grandes ríos, el Rin y el Danubio. Ocurrió también con la Dacia, que fue evacuada en tiempos de Aureliano y reconvertida en la nueva provincia llamada Dacia Aureliana, esta vez a este lado del Danubio.

Hoy el día, aquel Limes Germanicus erigido principalmente por los Flavios y los Antoninos, el de la época gloriosa de Roma, sigue impresionando por la cantidad y calidad de los restos que han sobrevivido al paso de los tiempos. No es de extrañar que fuera declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. ¿Quién sabe? Espero poder hacer alguna etapa un día de estos. De momento me he comprado una completa guía.

Para más información:
- Limeswanderweg.
- Deutsche Limeskommission.

Climbing mountains with the classics

One of the things I like about the Historia Augusta is its imperfection and apparent lack of proportion: some crucial episodes (great wars, conquests, rebellions) are summarized in just a few words, wheras the most trivial anecdote in the life of an Emperor is described in full detail.

The first chapter is about Emperor Hadrian, who ruled the Roman Empire at the time of its highest splendour. It is well known that Hadrian was particularly fond of travelling: in the long years of his reign he visited all provinces, leaving behind an important legacy of buildings, commemorative inscriptions and monuments of all kinds, including statues of himself or his beloved Antinous. In the Historia Augusta we read some accounts of his travels. Let's see an example (De Vita Hadriani, XIII):

Post in Siciliam navigavit, in qua Aetnam montem conscendit, ut solis ortum videret arcus specie, ut dicitur, varium.

(Afterwards he sailed to Sicily, and there he climbed Mount Aetna to see the sunrise, which is many-hued, they say, like the rainblow.) Transl.: David Magie.

So here's a Roman Emperor in the act of climbing a mountain for the sake of it, just to enjoy the views.




Later in the text we read the following (De Vita Hadriani, XIV):

Sed in Monte Casio, cum videndi solis ortus gratia nocte ascendisset, imbre orto fulmen decidens hostiam et victimarium sacrificanti adflavit.

(As he was sacrificing on Mount Casius, which he had ascended by night in order to see the sunrise, a storm arose, and a flash of lightning descended and struck both the victim and the attendant.)

There is something undeniably modern in these pursuits. We tend to think that ancient people just didn't care much about hiking or climbing, and that when they actually climbed a mountain it was because they just had to, for practical reasons. However, it seems that Hadrian sometimes did it for pleasure.

More than a thousand years later, the poet Petrarch (1304-1374) wrote, in his Epistolae Familiares, a letter where he described his ascent to Mount Ventoux, in Provence:

To-day I made the ascent of the highest mountain in this region, which is not improperly called Ventosum. My only motice was to see what so great an elevation had to offer. (link)

Again, an example of early hiking, an appreciation of the pleasure of reaching the summits of mountains and enjoying the views.

A photo of me on Mount Ventoux some years ago.

However, not every writer or historical figure is so fond of rambling. The Russian writer Ivan Gocharov, in his short story Lihaja Bolest (1838), recently translated into Spanish as El mal del ímpetu, openly criticizes this modern trend of walking in the country, describing all those crazy people who just love spending their time on such a trufle occupation. When he wrote this beautiful story, full of irony, Goncharov had in mind his contemporaries, but his comments may as well had been addressed to Hadrian or Petrarch. Who cares? I personally love hiking, and I'm happy to discover that Hadrian, Petrarch and possibly other historical figures shared my hobby.

La Dàcia: conquesta i pèrdua

La Columna Trajana de Roma, tan popular entre els turistes, tan fotografiada des de tots els angles, commemora un dels episodis més notables de la llarga història romana: la llarga guerra de conquesta de la Dàcia. Eren les primeries del segle I d.C. Les fronteres de l'Imperi s'havien eixamplat com mai abans i les legions posaven ordre en les innumerables províncies. L'emperador Trajà, però, no tenia prou amb això i va decidir llançar les seus legions en la que fou la darrera gran campanya de conquesta de l'Imperi.

La història és ben coneguda: durant segles ha estat glossada per historiadors i escriptors de tota mena. El propi Trajà es va encarregar de preservar-ne la memòria de la manera més monumental, encomanant-li al seu arquitecte favorit, Apolodor de Damasc, que construira a Roma un nou fòrum imperial, més grandiós que els anteriors, tot ple d'estàtues del propi emperador i rematat per una basílica com mai se n'havia vist abans i una columna que reflectira la gran gesta. Hui dia queda poc del fòrum i la basílica. S'ha perdutr també el llibre anomenat Dacica on es narraven els fets amb paraules, però ens queda encara eixa columna plena de petits soldats i petites gran batalles.


Entre els escriptors que han recollit aquells fets antics està el gran Santiago Posteguillo. L'altre dia vaig fer la meua visita anual a la Fira del Llibre de València i vaig aprofitar per comprar-me (signat per l'autor) un exemplar de Circo Máximo, on es parla, entre altres coses, de la conquesta de la Dàcia, i tot allò de memorable que hi va haver, inclosa la construcció d'aquell llegendari pont sobre el Danubi, obra també d'Apolodor.

Com deia, eren els temps de major glòria i autoconfiança de l'Imperi. No és d'estranyar que els escriptors li dediquen llargues pàgines. El que no ha obtingut tant de ressò és la segona part de la història, molt més fosca i oblidada. Era l'any 270. En plena època de crisi, l'emperador Aurelià, un dels grans generals de la història romana, va decidir desmantellar la província de la Dàcia i retirar les tropes cap a Moèsia. Aquets episodi és poc conegut. No el commemora cap estàtua ni cap llibre. Però té valor literari, sens dubte. Jo me'n faig ressò en la meua novela.

Historia Augusta

Ya tengo en mis manos los tres volúmenes de la Historia Augusta, editados en la Loeb Classical Library. Es cierto que la edición, de 1911, es ya de dominio público y puede consultarse íntegramente en la página web de Lacus Curtius (link), pero no es menos cierto que estos pequeños volúmenes de tapas rojizas, con su texto bilingüe (a la izquierda en latín, a la derecha en inglés) y su regusto antiguo, se me han hecho al final iresistibles.

La Historia Augusta, escrita quizá en el siglo IV a pesar de que su autor se empeñó en hacerla parecer más antigua, es tan irregular como imprescindible. En muchos casos nos cuenta detalles que no aparecen en ninguna otra fuente, dada la escasez de las mismas para algunos periodos. Vidas de emperadores (desde Adriano hasta Carino), chascarrillos, verdades a medias, episodios artificiosos. Testimonio de una época, reflejo de una manera particular de ver el mundo. Su valor, incalculable.

Le tengo cariño. De aquí poco me pongo a leer sus páginas.

Emergencia nacional

Al grito de "¡Emergencia nacional!" irrumpió Hugo Chávez en la escena política venezolana. Lo que vino después es de sobra conocido.


Años después, los chicos de Podemos, que en el fondo me caen bien, se amparan en una parecida sensación de alarma social para hacer sus propuestas y convencer a su posible electorado, en gran parte formado por jóvenes desencantados, revolucionarios de salón y hippies eternos. Personalmente, creo que no van a triunfar. Se quedarán en un mero bluff, un pequeño partido de izquierdas heredero de los partidos de izquierdas de siempre, con su nicho electoral clásico y previsible. Sólo una verdadera debacle ecónomica, una emergencia nacional de proporciones bananeras les podría dar el triunfo. Esperemos que eso nunca ocurra.

Twin Peaks

Després de vore la primera temporada de Twin Peaks, famosa sèrie televisiva ideada per David Lynch i Mark Frost, arribe a dos conclusions principals:

1. Que no voré la segona temporada.

2. Que les sèries de televisió són merament un producte comercial, i poc més. Als anys noranta, arran sobretot de l'estrena de Twin Peaks, es va posar de moda entre els intelectals la idea que les sèries de televisió podien atansar mèrits artístics més allà de la seua funció d'entreteniment. Ho trobe falaç. És cert que el programa pilot de Twin Peaks promet allò que s'espera d'una bona película, com passa amb altres famoses sèries televisives, però aquesta imprompta inicial es dilueix invariablement en els següents episodis.

Com a producte comercial promogut per les grans productores televisives, l'únic que interessa és allargar la idea inicial per tal de fer un màxim nombre d'episodis i recollir així el màxim de beneficis. Totes les sèries de televisió acaben derivant en una maranya de trames i subtrames en la qual es perd tota unitat o versemblança. Els americans utilitzen el terme "jumping the shark" per referir-se a eixe moment en què tota sèrie de televisió deixa de tenir el mínim de qualitat narrativa, en particular quan s'estiren els arguments i les situacions fins a fer-los insostenibles. A Twin Peaks li passa ben prompte: el nombre de protagonistes es multipliquen sense sentit, i els personatges més o menys reconeixibles es converteixen en esperpents amb més o menys gràcia. Vaig vore l'últim episodi amb total desgana, conscient que allò que se'm proposava era ja un subproducte sense sentit.

Sarcasme

Fa un parell d'anys em van proposar participar en un simposi teatral en qualitat d'autor. Jo, que em veig tan allunyat del món del teatre i l'activitat dramatúrgica, vaig dir que no. ¿Què pintava Tadeus Calinca allí? El cas és que, després d'algunes peripècies, entre elles un concert d'Anna Calvi que em va inspirar un fil argumental per a la meua intervenció, vaig canviar de parer i al final vaig acudir a l'esdeveniment. Ara s'ha publicat un volum (Metodologías teatrales aplicadas a las nuevas dramaturgias contemporáneas; es pot comprar ací) que recull les ponències del simposi, entre elles la que vaig mig improvisar aquell dia: Ah ¿pero el teatro era esto? En el volum s'inclouen també quatre textos teatrals d'autors contemporanis, entre ells la meua obra Sarcasme, en versió valenciana i castellana. Vaig escriure Sarcasme en 1998 a Barcelona. Un any després, a la sala Teatro Círculo de València, es feia una lectura dramatitzada d'aquesta peça curta a càrrec de Teatre de la Lluna, sota la direcció de Víctor Torres.

Hui en dia em sent molt distanciat de Sarcasme i d'altres obres meues. Em consta molt reconéixer-me en aquell impuls que em va dur a escriure-les. Però sempre és una bona notícia que això que alguna vegada s'ha escrit reviscole.

En fi, sembla que va ser bona idea acudir al simposi, encara que fóra a contratemps. El simposi commemorava el desé anniversari de la revista teatral Stichomythia, un projecte que ara s'ha reconvertit en altres coses sota el nom d'Episkenion.  Darrere d'eixes paraules tan helenes i tan difícils de recordar hi ha persones que porten anys esforçant-se per promocionar i mantenir viu el món del teatre a les nostres terres: Josep Lluís Sirera, Rosa Sanmartín, i tants altres. A tots ells, el meu agraïment més sincer.