La estatua de Justiniano y Twitter

Cada día utilizo más Twitter, sobre todo desde que se aumentó el límite de caracteres y se facilitó la creación de hilos en los que se engarzan varios tuits. Me gusta el formato, ya que te obliga a ser breve y conciso, y te aleja de divagaciones. Se ha acuñado incluso el concepto de tuiteratura, y existen ya algunos ejemplos notables. ¿Escribiré algún día literatura en formato tuit? No lo descarto.

A fecha de hoy, mi hilo de Twitter que ha conseguido mayor difusión es uno que escribí hace unos días, mientras me hallaba de viaje por Italia y Eslovenia. Tiene que ver con una escultura de pórfido en la basílica de San Marcos de Venecia y la extraña manera con la que di con ella. Aquí tenéis el enlace a ese HILO. ¿Podríamos llamarlo tuiteratura de viajes? Quién sabe. ¿El hecho de ser tuitero te hace viajar de otra manera? ¿Dónde empieza el viaje? ¿Dónde acaba el relato que construímos acerca de ese viaje?

 
Procedencia de la foto: enlace.

Lo cierto es que el concepto de escritura y de lectura se está transformando a gran velocidad. Los blogs parecían el gran invento hace diez años y ahora parece que tendemos a formas más breves y ágiles de difusión literaria y de conocimiento en general. Es muy bonito formar parte activa de este proceso en eterno desarrollo.

El cometa

El dia u d'abril de 1997, el cometa Hale-Bopp va arribar al seu periheli, és a dir, el punt de màxima aproximació al sol, i per tant de major visibilitat. Això ho sé ara, perquè ho tenim tot a Internet, a Wikipèdia, on podem consultar dades exactes, llegir explicacions tècniques i contemplar fotos ilustratives. Però en aquells temps tot era més vague.

Durant aquells dies, aprofitant les vacances de pasqua, em trobava per terres de Soria, i va ser allí, en un d'aquells camps inacabables, en una clara nit de primavera, quan vaig vore quasi sense esperar-ho la intensa llum del cometa i la seua cua que semblava difuminar-se en el cel nocturn. Ni tan sols tinc fotos d'aquell moment, ja que eren altres temps, els de viatjar de manera imprecisa, els de no tenir una càmera per a cada moment (la foto l'he trobada en una pàgina web: enllaç).


Ara, revisant les poques fotos d'aquell viatge, sé que va ser l'any 1997, i he recordat que aquell cometa era, efectivament, el Hale-Bopp. La resta, buscar informació per Internet i lligar caps.

Fa més de vint anys de tot això. En falten encara uns milers perquè torne entre nosaltres el cometa.

Santa Catalina e Hipatia, ambas de Alejandría

¿Podemos vivir sin mitos o leyendas? Por ejemplo: ¿habría triunfado la religión cristiana sin recurrir a seres divinos y semidivinos, a personajes en cuyas historias abunda la épica y la magia, a los innumerables santos y las santas y los mártires cuyas imágenes se dejan ver en sus templos?

Más que nunca estoy leyendo relatos épicos de diferentes procedencias (persas, nórdicos), que se vienen a sumar a lo que ya conocía de la tradición grecorromana. En todas esas leyendas se ve una misma voluntad de fijar un imaginario colectivo que sirva como referente. Ejercicios de imaginación que nos hablan de lo divino y que son, también, un reflejo de nosotros mismos, o de las sociedades de las que emanan.

No tengo un especial interés por las leyendas del cristianismo. Sin embargo, cuando indago en la antigüedad tardía, tropiezo a menudo con historias de santos o de mártires, y algunas de ellas despiertan mi interés. Me ocurrió, por ejemplo, cuando descubrí por casualidad la historia de Santa Catalina de Alejandría, un relato posiblemente ficticio, como tantos otros. La sorpresa llegó cuando leí que esa leyenda cristina podía estar relacionada de alguna manera con la de la filósofa Hipatia.

















Hablé de ello en Twitter, en uno de esos largos hilos que van creciendo a medida que descubres nuevos detalles. Podría exponer aquí un resumen ordenado de toda esa información, pero prefiero mantener la frescura del hilo tal como lo fui desarrollando. Aquí tienen el enlace: Alejandra de Alejandría en tuits.

Nota sobre las imágenes:
- A la izquierda, detalle de un cuadro de Josep de Ribera, en el que puede verse a Santa Catalina; a la derecha Hipatia, en un cuadro de Alfred Seifert.

Primer capítulo de Principes Mundi en pdf

Ya puede descargarse en archivo pdf el primer capítulo de mi novela Principes mundi, publicada este mismo año. Aquí tienen el enlace, por si les apetece leer esas primeras páginas ambientadas en algún lugar de Mesopotamia, allá por el año 283 de nuestra era.



El Sha y yo

En las horas de aburrimiento de mi infancia (eran los años setenta, una época en la que no había Internet, móbiles o consolas de videojuegos), me entretenía a veces hojaeando las revistas que compraba mi madre: Hola, Pronto, Lecturas. Entre los personajes famosos de la época estaba el Sha de Persia, Mohammad Reza Pahlevi, y su esposa, Farah Diba, que se mostraban a Occidente con una imagen de glamour y de opulencia.


A finales de los setenta, la revolución liderada por Jomeini obligó al Sha y su familia a exiliarse en el extranjero, un exilio del que nunca volvieron a Irán. La prensa del corazón, p.e. el Hola, se hizo eco de esta desgracia que afligía a esta familia que parecía vivir, hasta ese momento, en un cuento de hadas.


Era evidente, ya entonces, que la imagen que el Sha proyectaba de sí mismo, tanto en su país como en el exterior, tenía poco que ver con la dura realidad que tenía que vivir el pueblo iraní bajo su régimen totalitario.

Muchas décadas han pasado desde aquellos acontecimientos de 1979. A mis recuerdos de infancia se ha añadido un sinfín de informaciones e imágenes provenientes de esa parte del mundo que parece en eterno conflicto. El régimen islámico instaurado por el ayatolá Jomeini ha sido sin duda uno de los factores determinantes en la política mundial desde entonces. El Sha parece ahora poco más que un pálido recuerdo de otros tiempos, superado por la historia. Sin embargo, para entender lo que pasó en Irán en aquellos años, y también las consecuencias actuales de todo ello, es necesario adentrarse un poco en esa figura histórica. Últimamente me estoy interesando mucho por todo lo que tenga que ver con el actual Irán o la antigua Persia (quien me siga en Twitter se habrá dado cuenta de ello). Fue así como, por recomendación de un amigo, decidí leerme un libro de Ryszard Kapuściński titulado El Sha (1982) (título original en polaco: Szachinszach).
 

El libro está escrito con brillantez, y con ese estilo inconfundible que hace que leer a Kapuściński sea siempre una experiencia grata. Destacaría sobre todo la inteligencia con la que analiza la realidad histórica, p.e. cuando explica el origen del shiísmo y su implantación en Irán, o cuando describe las causas que propiciaron la caída del Sha y el auge del movimiento islámico. Ideas de aparencia simple pero de gran calado. Una invitación a reflexionar. De hecho, en eso mismo estoy ahora: reflexionando y buscando más lecturas para ahondar en la materia.

Cierto es que ha llovido mucho desde 1982, cuando se publicó el libro. El hecho de que el autor viviera de primera mano aquellos acontecimientos le confiere al texto un valor añadido que difícilmente podría reproducirse de otra manera. Sin embardo, la única crítica que se me ocurre tiene que ver precisamente con el paso del tiempo. Estamos en pleno siglo XXI, la época de la información, del fact-check. Hemos pasado de la famosa biblioteca universal de Borges como idea abstracta a tener esa biblioteca en nuestro bolsillo, gracias a nuestro móvil. Nos hemos acostumbrado a comprobar la información, a buscar fuentes, a corroborar datos como nunca antes habíamos hecho. En ese sentido, echo en falta en el libro de Kapuściński una lista de bibliografía, o referencias concretas. A veces da la sensación de que, cuando proporciona algún dato sobre la historia o la sociedad iraní, no queda claro si se trata de hechos comprobables o, simplemente, de noticias exageradas por el paso del tiempo. Eran otros tiempos. Leyendo el libro ahora podemos suplir esas carencias sin grandes dificultades. Lo que queda intacta, por suerte, es la vigencia de su análisis.

Taq Kasra

¿Quién se acuerda hoy de Ctesifonte?

Sus ruinas, que pueden verse aún a orillas del Tigris, son un reflejo lejano de la antigua grandeza de esta ciudad, que durante siglos fue la capital de los reyes persas de la dinastía sasánida. En su momento de máximo esplendor (siglo VI - principios del VII) llegó a ser, según cuentan algunos autores, la ciudad más poblada el mundo (enlace). En realidad, los únicos restos que se conservan pertenecen al que fue en su día el palacio de Cosroes (Taq Kasra). (foto: Wikimedia Commons.)


La decadencia de Ctesifonte empezó a mediados del siglo VII, tras la conquista árabe y la fundación de Baghdad, la nueva capital. Ctesifonte fue perdiendo importancia hasta quedar completamente abandonada. Ya en el siglo X no era más que un conjunto de ruinas de donde se sacaban materiales de construcción para la nueva ciudad. Algunos poetas persas, como Khaqani (siglo XII), se inspiraron en esas ruinas para componer algunos de sus poemas.

¿Por qué hablo de todo ello en este blog? Muy sencillo: la acción de mi novela Principes Mundi empieza precisamente en ese lugar, en Ctesifonte.

Alejarse hacia el centro

Mi primera novela, Monte Alma, empezaba en un lugar de Siria. La segunda, Principes Mundi, en Mesopotamia. La tercera, si alguna vez la escribo, empezará en Persia. Da la sensación de que con cada novela me alejo un poco más de Occidente. O más bien me voy acercando a otra cosa, a un punto de confluencia entre continentes, al centro geográfico entre África, Europa y Asia, o si lo prefieren del Viejo Mundo, o Afro-Eurasia, que no parece tan viejo. A ese centro geográfico en el que converge el mundo antiguo se aproxima lo que escribo. Sin haber hecho cálculos geométricos ni haber encontrado información exacta al respecto, sitúo ese punto de confluencia en Irán. Allí quiero ir. Como viajero, como escritor.
 

Miniatura persa de la dinastía safávida (1501-1736), pertenecientes a The David Collection, Copenhage. Enlace.

Presentación de Principes Mundi

El pasado dos de marzo presentamos en la librería Fan Set de Valencia mi segunda novela, Principes Mundi. Una ocasión perfecta para pasar un buen rato hablando de la antigua Roma, de literatura y de asuntos diversos. A destacar la labor del escritor y periodista Xavier Aliaga, que actuó como presentador. El acto transcurrió de la manera más amena y fluida. Sin duda, Fan Set fue el lugar perfecto para presentar el libro. Ahora solo falta que los lectores empiecen la lectura y vayan opinando. Empieza de verdad la vida de Principes Mundi.

Mientras tanto, voy tomando notas para mi tercera novela, para la que aún no tengo título. Leyendo libros, consultando obras de referencia, creando personajes y situaciones. En principio, mi idea es escribir un total de cuatro novelas. ¿Será así finalmente? El tiempo lo dirá. 

Aquí unas fotos de la presentación:









PRINCIPES MUNDI

Dentro de bien poco sale a la luz mi segunda novela. Se titula Principes Mundi y, al igual que la primera, va de romanos. Próximamente anunciaré fecha y lugar de la presentación.

De momento, aquí tenéis la imagen de la portada. Espero que os guste.


Poema a Silbanaco

Silbanaco,
¿dónde está tu nombre que no existe?
¿quién eras si llegaste a ser?
Adónde ibas sino
a la Kaisergeschichte, a la Historia Augusta,
a los lomos pelados de los libros,
a las lomas de tu imperio que no era nada
o era apenas esa moneda,
sucia de barro,
escondida por tus manos en la tierra.

Tadeus Calinca

Foto: Wikipedia

NOTA: para más información sobre el enigmático personaje, podéis leer este artículo.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (3): Las estatuas.

La región de Südtirol, llamada en italiano Alto Adige, o conocida también como Provincia de Bolzano, fue anexionada por Italia en el año 1918, al término de la Primera Guerra mundial, e incorporada a una región más amplia, cuya capital era Trento. Así pues, el año que viene se cumple el centenario de esta peculiar situación geopolítica, en la que un territorio de habla alemana pasó a formar parte de Italia.

Lo primero que llama la atención al adentrarse en el Südtirol, aparte de los impresionantes paisajes de montaña, es el omnipresente bilingüismo italiano/alemán que impera de manera oficial en todas las señalizaciones viarias. Las ciudades tienen todas un doble nombre alemán e italiano, p.e. la propia capital (Bolzano/ Bozen) y otras localidades, ya sean grandes o pequeñas: Bressanone/Brixen, Bruneck/Brunico, Dobbiaco/Toblach, etc. También ríos y montañas, lagos y valles aparecen con la doble denominación, tal como se puede ver en esta foto (link).

A lo largo de la historia, el Südtirol ha sido un territorio disputado, aunque el factor más determinante ha sido siempre su relación con Austria y más concretamente con el Tirol austriaco (región de Innsbruck), pero las vueltas de la historia han querido que en los últimos tiempos fome parte de la República Italiana. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la anexión? A partir de los años veinte, con el ascenso del fascismo en Italia, se acentuó el proceso de italinización del Südtirol, que consistía, entre otras cosas, en asentar población italianoparlante en la zona. Personajes como Ettore Tolomei, ultranacionalista de origen trentino, pusieron todo su empeño en que el proceso de italianización se llevara a cabo.

La Segunda Guerra Mundial no supuso ningún cambio de fronteras, aunque sí el final del fascismo. En 1946, los gobiernos de Austria e Italia alvanzaron un importante acuerdo sobre el Südtirol, que culminó en 1948 con el primer estatuto de autonomía. El acuerdo parecía favorable a las aspiraciones de la mayoría germanófona del Alto Adige, pero tenía un importante defecto: con él nacía una nueva región, denominada Trentino-Alte Adige, en la que se diluía una vez más el elemento germanófono. Esto provocó un resurgimiento de los sentimientos nacionalistas en la zona, que empezaban a tener plasmación política con el recientemente creado Südtiroler Volkspartei, un partido que sigue siendo hegemónico en la zona. Hubo también multitud de manifestaciones y protestas, incluso actos de sabotaje llevados a cabo por la Befreiungsausshuss Südtirol, fundada en 1956. Todo ello culminó en 1972 con un nuevo estatuto que concedía mayor autonomía a la provincia de Bolzano. La posterior entrada de Austria en la UE y la desaparición de las fronteras, puso el debate nacionalista en otros términos.

¿Qué queda hoy en día de todas aquellas tensiones? A simple vista, más bien poco. Bolzano (o Bozen) es un lugar apacible, tranquilo. Sus habitantes circulan por los numerosos carriles-bici que imperan por toda la ciudad, o pasean tranquilos por los bellos jardines que adornan ambas orillas del Isarco, afluente del Adige. Un paseo por el centro histórico le permite al visitante descubrir la arquitectura urbana local, de tintes claramente centroeuropeos. Después de recorrer varias calles y plazoletas, uno llega al espacio urbano más característico de Bolzano: la Plaza Walther, el verdadero corazón de la ciudad. En el centro de la plaza, una solemne estatua dedicada al personaje que le da nombre (la foto es mía).

El tal Walther no es otro que Walther von der Vogelweide, el célebre poeta en lengua alemana de la edad media, célebre por sus poemas y también por su militancia política pro-alemana en una época en la que los diversos reinos de Centro-Europa pugnaban contra el poder de los papas. Todo un símbolo para el nacionalismo alemán. Podríamos decir, pues, que la elección de la estatua no era precisamente inocente... Se erigió en esa plaza de Bolzano en el siglo XIX, en un contexto de auge nacionalista por toda Europa (compárese por ejemplo con el monumento a Arminio en Alemania o el monumento a Vercingetórix en Francia, coetáneos a este).

Imaginemos la situación en 1918, cuando Bolzano y su provincia pasaron a formar parte de Italia... No es de extrañar que a determinados elementos fascistas, en pleno proceso de italianización de la zona, les resultara incómoda la presencia de tal estatua en el corazón mismo de Bolzano. En los años treinta, Ettore Tolomei tuvo una idea que podía solucinar el problema: sustituir la estatua de Walther por la de otro personaje que representara la supuesta italianidad de la zona. ¿Quién podría ser ese personaje? El candidato era evidente: Nerón Claudio Druso, el general romano que incorporó ese territorio a Roma para mayor gloria de Octavio Augusto. Además, corrían tiempos de exaltación de la antiguas glorias romanas, con las que se equiparaban los logros de Mussolini

El proyecto de Tolomei consistía en realizar una reproducción en bronce de la estatua de Druso que se conservaba en el Museo Lateranense de Roma y ponerla en la plaza de Walther, a la que se cambiaría de nombre. Cuando la propuesta llegó a oídos de Mussolini, éste la rechazó. No porque estuviera en desacuerdo con el transfondo ideológico de la misma, sino porque podría suponer una provocación de consecuencias difíciles de calcular. Sin embargo, en 1936, cuando el régimen del Duce estaba alcanzando sus niveles más altos de autoconfianza, Mussolini dio luz verde al proyecto. La estatua de Druso podría lucir finalmente en la plaza principal de Bolzano, por si alguien dudaba de que este era un trozo de la patria italiana.

Sin embargo, el proyecto nunca llegó a materializarse. La copia de la estatua fue realizada, pero quedó en el olvido. Seguramente el bronce fue reutilizado para otros menesteres en tiempos de guerra. ¿A qué se debió ese cambio repentino de idea? Un nuevo elemento geopolítoco había entrado en escena: la Alemania de Hitler. Mussolini pensó que no era el mejor momento para quitarse de enmedio la estatua de un famoso poeta germánico...

Así fue cómo aconteció este breve 'guerra' de las estatuas. La de Walther sigue hoy en día en su sitio; de la reproducción en bronce que iba a sustituirla nunca más se supo. Pero queda aún un pequeño misterio: ¿dónde está la estatua de Druso que sirvió de modelo? En teoría, forma parte de la colección del Museo Gregorio Profano, en el Vaticano, donde fueron llevadas las obras del Museo Lateranense, que ya no existe. Busqué en el catálogo online del museo pero no aparece ninguna estatua de Druso el Mayor. Busqué en Internet y no encontré prácticamente ninguna información al respecto. Y mira que Internet es grande. Tan solo una foto, de muy poca calidad, en una página web (link):

¿Dónde está esa estatua? ¿Expuesta en el museo o guardada en algún almacén? Me gustaría mucho saberlo.

Enlace al primer capítulo de la serie: Cómo conocí a Druso.
Enlace al segundo capítulo de la serie: Ötzi.
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Bibliografía:
- Giardina, Andrea. "Augusto tra due bimillenari", en La Rocca et al., eds. (2013). AVGUSTO, catálogo de la exposición sobre Octavio Augusto celebrada en Roma entre los años 2013 y 2014.
- vv.aa. (2016). Trentino Alto Adige. Guide Verdi d'Italia, Touring Club Italiano.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (2): Ötzi

Hay muchas razones para visitar la ciudad de Bolzano, capital del Südtirol (o Alto Adige), región germanófona del norte de Italia. Lo que más atrae al viajero son sin duda los maravillosos paisajes de montaña de los Alpes Dolomitas, que pueden alcanzarse fácilmente desde la ciudad, y que podríamos ejemplificar con esta típica foto del grupo Geisler desde Val di Funes. Estuve en ese lugar, pero la foto no es mía.
Cómo no, en mi reciente viaje por esas tierras dediqué gran parte del tiempo a dejarme llevar por los senderos montañosos y disfrutar de las vistas. Pero ese no era el único objetivo de mi viaje. Había, también, un lado histórico. Para ser exactos, romano...

La ciudad de Bolzano está ligada al recuerdo de Druso. No en vano, esta localidad era conocida en la antigüedad como Pons Drusi, el Puente de Druso. En el año 15 a.C., por orden de su padrastro Augusto, el joven general se adentró con sus tropas en ese territorio alpino que en aquellos tiempos era casi una tierra ignota. Partiendo de Tridentium (Trento), y siguiendo el curso del río Adige, Druso fue adentrándose en territorio rético, donde encontró una fuerte oposición que no impidió su avance. Las suyas fueron las primeras tropas romanas que cruzaron los Alpes por el paso Resia; al otro lado de las montañas se le unió su hermano Tiberio, que había avanzado con sus ejércitos desde Germania. Una vez juntos, los dos hermanos no tardaron en culminar la conquista de la nueva provincia. La gloria de tal acción, por supuesto, recaería en Augusto, que no dudaba en apuntarse como propios los triunfos militares de sus generales.

¿Qué queda hoy de Druso en las tierras del Alto Adige? ¿Puede seguirse su huella? En Bolzano hay al menos una avenida principal y un puente moderno que llevan su nombre (Viale Druso y Ponte Druso). Y se conserva también una inscripción que le dedicó su hijo, el emperador Claudio. La inscripción es un miliario de la Via Claudia Augusta, que mandó construir Claudio siguiendo el trazado abierto en su día por su padre. Ese era el objetivo principal de mi visita a Bolzano, por encima de maravillosas montañas o pintorescos lagos: la inscripción de Druso.

Según mis datos, el miliario estaba en el Museo Arqueológico del Alto Adige, en Bolzano (Bozen para los habitantes del lugar, aunque de eso hablaré en el próximo capítulo). Al acercarnos al edificio del Museo, en pleno centro de la ciudad, observamos que en la acera que lo circundaba había una larga cola de turistas achicharrándose al sol esperando su turno para entrar en el mismo. El motivo de tanta expectación tenía poco que ver con Druso, desde luego. Desde hace unos años, el Museo Arqueológico de Bolzano se ha hecho célebre por otra pieza mucho más famosa: el cuerpo congelado de Ötzi, el hombre de las nieves, que fue encontrado en 1991 en un glaciar de los Alpes no lejos de Bolzano. La noticia dio la vuelta al mundo, sobre todo cuando se constató que Ötzi tenía una antigüedad de más de 5.000 años.

Así pues, ocupamos pacientemente nuestro lugar en la cola y después de media hora estábamos dentro del edificio, en disposición de visitarlo. Llegados al mostrador de información, se produjo el siguiente diálogo aproximado entre un servidor y la chica que atendía a los visitantes del museo:

- Buenas tardes. Me gustaría saber en qué planta están los restos romanos. En este folleto que tienen aquí no consta.
- ¿Restos romanos?
- Sí. Este es el Museo Arqueológico, ¿no?
(Pausa. Breve consulta con una compañera).
- Los restos romanos están en el almacén.
- ¿Cómo?
- No están expuestos al público. Hoy en día el museo está dedicado íntegramente a Ötzi.
- Pero...

Lo que vino a continuación fue una somera queja por mi parte, seguida de la siguiente pregunta: "Y la inscripción de Druso, ¿dónde está?", pregunta que a esa chica le debió parecer una verdadera rareza, como si delante de ella estuviera hablante un ser de otro mundo. "En el almacén, supongo".

Detrás de nosotros, un numeroso conjunto de turistas esperaban pacientemente a que este señor tan raro (yo) dejara de preguntar cosas tan extravagantes. ¿Restos romanos en un museo arqueológico?... En vista de la situación, la duda era si íbamos a pagar el precio de la entrada para ver ese museo monográfico dedicado al hombre de las nieves. Lo cierto es que así hicimos. Al fin y al cabo, hay que reconocer que el hallazgo de Ötzi es excepcional y bien vale un museo, aunque yo hubiera preferido que se hubieran hecho las cosas de manera distinta...

Aparte de los restos congelados de Ötzi, que pueden verse a través de un grueso cristal, en las salas del museo se muestran todos los objetos que fueron encontrados junto a él, algunos de ellos impresionantes: ropa, calzado, arco, flechas, hacha de cobre. Había, además, información detallada acerca de las circunstancias del hallazgo, por ejemplo esta: al hombre de las nieves lo encontraron en un punto muy elevado de las montañas, que hoy en día es fronterizo entre Italia y Austria. Tanto es así que las autoridades de un país y otro pusieron todos los medios para establecer a quién pertenecían los restos. Al final, se llegó al consenso de que, por un estrecho margen de 96 metros, Ötzi pertenecía a Italia. De ahí que hoy en día esté en Bolzano, y no en Innsbruck, y que sean las autoridades de Bolzano las que saquen pingües beneficios de este incomparable chollo que surgió un buen día de las nieves.

Todo muy bonito, pero... ¿dónde estaba la inscripción de Druso? Existía un plan B: ir al lugar donde originariamente se encontró al inscripción, cerca de Merano, y contemplar in situ la réplica que fue puesta allí en su día. La solución no era muy satisfactoria, pero podía servir para endulzar un poco las penas...

Resignados ante la situación, al tiempo que deslumbrados por lo que habíamos visto en el museo, emprendimos un paseo por la bella ciudad de Bolzano. Entonces se nos ocurrió, no sé por qué, que quizá el miliario de Druso había sido trasladado a otro museo. Vana esperanza pero... ¿por qué no intentarlo? Cerca del Museo Arqueológico, o lo que queda de él, está el Museo Civico, dedicado sobre todo a cuestiones etnológicas. Teníamos poco que perder, así que volvimos a la zona de los museos y cruzamos con pocas esperanzas el umbral del Museo Civico, donde nos atendió un señor que nos vino a decir que de la inscripción no sabía nada. O quizá, sencillamente, yo no me estaba explicando bien. Mientras hablaba con él, me di cuenta de que justo a su espalda, en el hueco de la escalera, había una enorme piedra que no tardé en reconocer.

- Es esa.
- ¿Cómo?
- Esa piedra. ¡Es el miliario de Druso!

En ese rincón estaba la piedra que me había traído hasta Bolzano, además de las montañas, los valles, el yogur y los lagos.


Un pequeño milagro en Bolzano, no hay duda. ¿Cuánto tiempo llevaba la inscripción en ese lugar? Quizá mi información era errónea, y la pieza llevaba allí desde hace antes de Ötzi. No lo sé. No me lo supieron explicar. Yo me podía haber informado mejor, eso seguro. Pero poco importa. Allí estaba la inscripción, en la que podía leer estas palabras, entre otras:

[vi]am Claudiam Augustam, / quam Drusus pater Alpibus / bello patefactis derexerat,

Hace unos dos mil años, Nerón Claudio Druso se adentraba con sus tropas en territorio alpino, siguiendo el curso del río Adige. Seguro que al llegar a la Val Venosta el propio Druso, o alguno de sus oficiales, levantó al vista para contemplar las bellas cumbres nevadas que se dejaban ver a lo lejos. Allá arriba, escondido en la nieve, yacía desde hacía tres mil años el cuerpo congelado de Ötzi.

Enlace al primer capítulo de la serie: Cómo conocí a Druso.
Enlace al tercer capítulo de la serie: Las estatuas.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (1): Cómo conocí a Druso

Era un tarde lluviosa en Maguncia (Alemania). Llevábamos el cansancio acumulado del viaje y de ese primer día de visitar la ciudad. Pensábamos que la primavera a orillas del Rin era menos fría, más acogedora, pero a esas horas nos refugiábamos de la lluvia y mirábamos el plano de la ciudad, preguntándonos si convenía seguir visitándola o volver al hotel. Yo era más partidario de la segunda opción. Ya habíamos visto el famoso templo de Magna Mater, o lo que queda de él, habíamos dado una vuelta externa a la catedral y habíamos fotografiado, pese al ambiente gris, las multicolores casas de madera. Podíamos dejar el resto para el día siguiente. Mi novia, en cambio, insistió en que podíamos aprovechar el día para visitar otras cosas. La Drususstein, por ejemplo. La piedra de Druso. O, mejor dicho, la Torre de Druso.

Los restos romanos tienen a menudo la forma de piedras que sólo adquieren sentido si sabemos dárselo. A esas horas de la lluviosa tarde, con ganas de irme a descansar al hotel, la palabra Druso no era para mí más que una difusa referencia romana, sin mayor interés.

Venga, vamos.

Para llegar al lugar tuvimos que ascender una pequeña colina y cruzar el antiguo parque que hoy en día ocupa su superficie. Las señales para llegar a la Torre de Druso eran confusas, de modo que nos vimos obligados a dar varios rodeos. Por suerte, la lluvia era muy débil, y llegó a detenerse en algunos momentos. Por el camino nos tropezamos con aislados restos romanos: piedras con mayor o menor significado, esparcidas por el parque. No esperaba gran cosa de aquel paseo, y sin embargo, al llegar a lo alto y encontrarnos de frente con la torre de Druso, mi perspectiva cambió por completo.


¿Quién era ese Druso? ¿Qué hacía aquí esa torre, erigida según parece por sus soldados en homenaje póstumo? ¿Qué hacía yo allí en la tarde lluviosa haciéndome esas preguntas?

Esa misma tarde, ya en el hotel, empecé a indagar. Nerón Claudio Druso Germánico, hijo de Livia, ahijado de Augusto, hermano de Tiberio, padre de Germánico y del emperador Claudio, abuelo de Calígula. Personaje transversal de aquella época, héroe militar que asentó el poder romano en las tierras del Rin y que se adentró en territorio germano hasta llegar más lejos que cualquier otro romano hasta la fecha. Era el momento de leer sobre este personaje que había descubierto por casualidad, con desgana, en aquella tarde de Maguncia, ciudad que él mismo fundó en 13/12 a.C.con el nombre de Mogontiacum.

Poco queda en la memoria colectiva de aquel joven general que en su día fue todo en héroe en Roma. Influye en ello el hecho de haber muerto en plena juventud, y el hecho de no pertenecer a la larga lista de emperadores que, como su propio hermano Tiberio, eclipsan al resto de personajes de aquella época. El que más se acordó de él en época antigua fue su hijo Claudio, que acabó convirtiéndose por las casualidades de la vida en emperador de Roma. Claudio tuvo al gentileza de dedicar algunas monedas a la memoria de su padre (link).
Durante mucho tiempo, los soldados de Mogontiacum siguieron rindiendo honores a Druso en el día de su aniversario. La ceremonia se llevaba a cabo en lo alto de aquella misma colina, frente al cenotafio que ellos mismos habían construido, y que en aquella época tenía un aspecto bien distinto al que tiene ahora (link).

Así fue como empecé a interesarme por la figura de Druso. Ese interés, un tiempo más tarde, me llevaría a Bolzano, en Italia. Pero eso es el siguiente capítulo...

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Enlace al capítulo 2 de esta serie: Ötzi.

Petitiones y rescripta: la voz de las mujeres en la antigua Roma.

No conviene hacerse demasiadas ilusiones en cuanto al papel de las mujeres en las sociedades antiguas, incluida la romana. El cuadro es bien conocido: invisibilidad social, imposibilidad de desarrollar una carrera en la política, en el ejército o en los negocios, limitaciones en el acceso a la educación y la cultura, y un largo etcétera.

A esa evidente discriminación que sufrían las mujeres de entonces (y que siguen sufriendo, en mayor o menor medida, muchas mujeres de hoy en día), hay que sumarle una discriminación adicional, mucho más sutil: la de cómo, en los siglos posteriores, se ha interpretado el papel de las mujeres en la Roma antigua. En esto ha habido diferentes modas. Una de ellas la empezaron autores como Suetonio, en edad antigua, y la siguieron, en tiempos más modernos, autores como Robert Graves. Consiste en presentar a las mujeres del entorno imperial como seres necesariamente malignos, conspiradores, desalmados, sin matices. La novela I, Claudius, de Graves, seguida años después por la famosa serie televisiva, encumbró a personajes como Livia, Mesalina y Agripina, esquematizando un tipo de comportamiento que no hace sino desvirtuarlas como personas.

Por suerte, los historiadores que analizan el papel de la mujer en la Roma antigua son capaces (en general) de huir de estereotipos y generalizaciones. En los últimos tiempos se han producido avances relevantes, y sobre todo rigurosos.

Acabo de leer un libro maravilloso: Lives behind the Laws. The World of the Codex Hermogenianus, de Serena Connolly (2010). De entrada, leer un libro dedicado a algo de sonoridad tan abstrusa y recóndita como el Código Hermogeniano parece poco atrayente; suena a siglo XIX, a recopilación de leyes, a intentos de palingenesia, a Justiniano, a derecho romano en su dimensión más rancia. Sin embargo, el libro me ha parecido fascinante. Y, al menos indirectamente, nos habla de las mujeres de Roma, tan anónimas, tan acalladas en el discurso oficial o en las fuentes antiguas.

Buena parte de lo que conocemos como derecho romano se basa en los edictos, epistulae y constitutiones de época imperial, en muchos casos reelaboraciones y adaptaciones de leyes más antiguas. Ocupan también un lugar destacado los rescripta, o rescriptos, que fueron recopilados por primera vez en tiempos de Diocleciano (finales del siglo III). Se conocen dos códices principales: el Gregoriano y el Hermogeniano, aunque los conocemos sólo parcialmente, gracias a que fueron utilizados extensamente en volúmes de jurisprudencia de épocas posteriores.

La pregunta es obligada: ¿qué son los rescriptos? La respuesta es muy simple: un sistema por el que los habitantes del Imperio podían dirigirse directamente al emperador para exponerle sus casos relacionados con la justicia. El emperador, o más bien su equipo de asesores en materia jurídica, agrupados en el scrinium libellorum, contestaban esas peticiones en forma escrita mediante los rescriptos, que eran expuestos en público y copiados en los archivos oficiales. El sistema funcionó de manera continua durante varios siglos, ofreciendo a los habitantes del Imperio una oportunidad para ser escuchados por la más alta instancia judicial, que no era otra que el propio emperador.

Y bien, ¿qué tiene que ver esto con las mujeres? Según las fuentes consultadas por Serena Connolly en su libro, se calcula que el 25% de esas peticiones fueron escritas por mujeres. Por desgracia, no se conservan las petitiones, pero sí los rescripta, es decir, las respuestas, y en ellas se explica el caso y se dan las correspondientes directrices. Se conservan cientos de ellos. Tratan de los más diversos asuntos: cuestiones relativas a divorcios, a la posesión de bienes, incluso a determinados negocios detentados por mujeres. Llevo años documentándome sobre el mundo romano y nunca hasta ahora había visto un ámbito en el que pudiera escucharse de manera tan directa su voz.


Los rescripta no eran ni mucho menos la única manera de establecer justicia en el mundo romano. Existían diversos tipos de jueces y tribunales, y a ellos podían acudir los ciudadanos para dirimir sus disputas. Alrededor de los litigios se movía un importante colectivo de abogados, notarios y escribas que resultaban imprescindibles para llevar a buen fin las acciones legales. Todo eso costaba caro. De hecho, muy caro. Tanto, que en al práctica el acceso a la administración de justicia quedaba reservado al segmento más pudiente de la sociedad, que podía permitirse esos gastos. ¿Qué opciones le quedaban a la resto de la población? Podían elevar sus peticiones a los gobernadores provinciales en espera de respuesta; también, como veníamos diciendo, podían dirigirse al emperador. Lo soprendente del caso es que, generalmente, solía responder.

Las personas que utilizaban el recurso de las petitiones pertenecían en general a esa población que podríamos definir como 'clase media', sin recursos suficientes para permitirse una acción legal por medio de abogados. Eran más o menos esa masa anónima que no suele tener voz propia en los libros de historia. A ella, por definición, pertenecían muchas mujeres de la antigüedad. Es así como, de esta manera indirecta y casi milagrosa, nos ha llegado su voz. No su imagen esculpida en mármol, ni el relato que de ellas se hizo en la literatura y en la historia, sino su propio testimonio, o lo que puede rastrearse del mismo.

Así es, en resumidas cuentas, lo que se cuenta en ese libro. He mostrado los hechos de manera esquemática, dada la brevedad del artículo. En realidad, el mecanismo de los rescripta es más complejo, y hay que entenderlo bien en su contexto. Por lo demás, me quedan lecturas por hacer acerca de este interesante asunto (Tony Honoré, Simon Corcoran, Fergus Millar, entre otros). Lo haré próximamente.

Roma: piedras y ladrillos

¿Acaso alguien que visite Roma puede queda impasible ante sus antiguas piedras? Quien más y quien menos querrá ver en esos templos derruidos, en esas columnas rotas y desgastadas algún tipo de esplendor borrado por el tiempo y eso le llevará quizás a alguna reflexión sobre el decurso de la historia o los vaivenes del destino. ¿Acaso Roma no existe un poco para eso, para hacernos pensar en nosotros mismos?

Entre los visitantes que pasean por las antiguos restos no faltan los poetas. Hace poco (de hecho ayer), leí El arrecife de las sirenas, de Luna Miguel, libro de poemas de esta escritora nacida en la época de los ordenadores, de esta poeta que es en sí misma el anuncio de un nuevo tiempo en la manera de entender la acción escrita. En uno de sus poemas, titulado "Sexo a media tarde en el Trastévere", se lee lo siguiente, referido a Roma:

me doy cuenta de que en esta ciudad todo son
piedras, de que cuando muramos seremos pie-
dras, de que solo las piedras significarán lo que
fuimos y de que dentro de mil años los gatos
pasearán por las ruinas de otra civilización.

Ese recuerdo en la voz de la poeta me llevó a otro escritor bien distinto, Rafael Chirbes. En su novela Crematorio, sus reflexiones sobre la antigua Roma le conducen vía ladrillo a ese otro mundo esquivo, el del pasado reciente:

Roma, el viejo avispero que Augusto llenó de ladrillos y mármol: que no se te olvide que el mármol era puro revestimiento, el delgado pan bimbo del sándwich; por debajo, el jamón del sándwich casi siempre era -como ahora- cemento o ladrillo.

Piedras, ladrillos.

Hace un tiempo fui a Maguncia, en Alemania. Allí, casi por casualidad, me encontré con el esqueleto en ladrillo de lo que fue el cenotafio de Druso. Era un día de lloviznas y cielos grises. Se supone que en el pasado el cenotafio estaba cubierto de los mejores mármoles y coronado por estatuas. ¿Qué queda de eso? Poco más que una deforme estructura de ladrillo. Un lugar en el que hacerse una foto, como un turista.