GABINIO - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura: enlace.


GABINIO

Autor: Tadeus Calinca

Alexandreum (Judea), finales de 57 a.e.c.

En la ladera de la montaña, escarpada, árida, pedregosa, se ven aún, desperdigados entre piedras y exiguos matorrales, algunos cuerpos sin vida. Los compañeros de armas, escuálidos y harapientos, intentan a duras penas darles sepultura en esta tierra de nadie; deben hacerlo, además, bajo la estrecha vigilancia de los vencedores.
―¿Volverá a intentarlo? ―pregunta Marco Antonio, que por primera vez desde que empezó el día ha descendido de su cabalgadura.
―No lo dudes ―le responde Gabinio―. Alejandro aprovechará cualquier ocasión para rebelarse contra Hircano.
―Y contra Roma.
Ambos hombres ascienden por la estrecha senda que lleva a la fortaleza, solitaria en la cumbre. Horas atrás Alejandro, hijo de Aristóbulo, aceptó las cláusulas de su rendición y se marchó del lugar bajo custodia. "Prometo no alzarme de nuevo contra Roma", dijo con escasa convicción. Frente a él estaba Aulo Gabinio, gobernador romano de Siria, antiguo cónsul, que se había tomado la molestia de dejar por unas semanas la vida placentera de Antioquía para adentrarse con sus legiones en las inhóspitas tierras de Judea; su misión no era otra que sofocar la enésima sublevación de lo que él considera reyezuelos.
―¿Por qué lo hacen?
―¿Crees que lo sé?
El joven Marco Antonio pregunta lleno de curiosidad. Acaba de vivir su primera campaña militar como oficial de alto rango y se le escapan aún los engranajes íntimos de las guerras. Siente que le harán falta futuras campañas para aprender.
Unos pasos más adelante, un tribuno del ejército se ha detenido al borde del camino. Cuando llegan a su altura, ven que está dando de beber a uno de los judíos moribundos.
―No sirve de mucho, Septimio. ¿Crees que un poco de agua lo va a salvar?
Septimio mira al procónsul mientras sostiene con la mano izquierda el brazo del soldado herido.
―Vendrán ahora sus compañeros a llevárselo. Aún tiene alguna esperanza de sobrevivir.
―¿Lo crees? Les espera una larga caminata bajo el sol, desarmados, hambrientos. ¿Crees que un herido llegará lejos?
―No lo sé ―contesta Septimio, de cuyo odre resbalan apenas las últimas gotas.
Gabinio y Marco Antonio prosiguen su lenta marcha hacia la cima. A su paso, reciben el caluroso saludo de los legionarios y la mirada temerosa de los vencidos.
Septimio echa un último vistazo al soldado al que intentaba socorrer, y se une a la comitiva de los vencedores, como le corresponde a un tribuno. Por delante de él pasa ahora Antípater, el idumeo, seguido de Malico y Peitolao; todos ellos han dirigido tropas judías contra Alejandro, también judío. Las noticias tardarán poco en llegar a Jerusalén, donde Hircano, tío de Alejandro y hermano del anterior rey, desterrado en Roma, espera el desenlace de este cruento episodio. De él depende que pueda seguir siendo sumo sacerdote y rey de Judea.


Antioquía, febrero de 56 a.e.c.

La ciudad está en calma, o al menos eso le parece a Marco Antonio, que ha dejado la ciudadela y se acerca, sin prisas, a los primeros barrios habitados. El magnífico teatro, que fue construido aprovechando la ladera del monte, le recuerda dónde está: en la antigua capital de los seléucidas, que cayó en poder de los romanos, tras la conquista de Pompeyo. El trazado de la ciudad, según dicen los propios antioquenos, está basado en el de Alejandría; no en vano Seleuco, antiguo general de Alejandro Magno, buscó en todo momento emularlo.
Siguiendo el trazado rectilíneo de las calles, Marco Antonio se aproxima al puente sobre el río Orontes; al otro lado, en la pequeña isla cubierta de mármol y oro, aparece ante su vista la inconfundible mole del palacio real, ahora residencia del gobernador.
Los soldados de guardia lo saludan al pasar. Cada saludo es para él una dosis de energía, un estímulo.

Ya en el palacio, Gabinio le sale al encuentro con un vaso de vino en la mano.
―Bienvenido. Eres el último en llegar.
A la gran sala le faltan estatuas donde ahora hay pedestales vacíos, le faltan paneles de oro y algunas pinturas que adornaban las paredes, ahora desnudas. A pesar de ello, conserva en algunos trazos, y en sus propias dimensiones, la antigua magnificencia de los seléucidas.
―Ave, Marco Antonio ―le dice Septimio, que charla animadamente con un grupo de invitados formado por oficiales del ejército que, como él, disfrutan del período de paz que les concede el invierno y se divierten a su manera, entregados al vino y a los contorneos de las bailarinas.
―Ave, Septimio ―le contesta Marco Antonio, que ya tiene en su mano el vaso de vino que le ha servido un esclavo.
Gabinio se acerca a ellos acompañado de alguien a quien no conocen, un hombre de baja estatura y cabellos negros; por sus vestiduras, no parece romano, ni sirio.
―Os presento a Arquelao, recién llegado a Antioquía.
―Es un honor para mí ―dice el desconocido, saludándolos con una leve inclinación de la cabeza.
―Arquelao es de Capadocia, un lugar muy lejano, más allá del monte Amano y del Antitauro. Se ha dejado el rebaño de cabras en alguna de aquellas montañas y ha venido a propósito a visitarnos…
―¿Qué rebaño de cabras? ―protesta Arquelao entre las risas de sus contertulios―. Debéis saber que soy el sumo sacerdote de Comana, y que tengo más de seis mil personas al servicio del templo y de mi persona.
―No te enfades, querido Arquelao, tan solo bromeábamos ―le interrumpe Gabinio, visiblemente afectado por el vino―. ¿Qué te ha traído a Antioquía? Cuéntaselo a nuestros amigos. Perdón, no te los he presentado: Marco Antonio, jefe de la caballería; a su lado Lucio Septimio, tribuno.
―Soy amigo de los romanos, por eso estoy aquí. Mi padre hizo un pacto con Cornelio Sila, y se unió en su lucha contra Mitrídates del Ponto.
―Se te olvida decir que antes de ese pacto fue enemigo acérrimo de Roma―apostilla Marco Antonio, que muestra curiosidad por las palabras de Arquelao; quizá sea porque, a diferencia de los otros, aún está sobrio.
―Tienes razón. Tanto es así que fue el principal general de Mitrídates y se casó con una de sus hijas, que fue mi madre. Pero todo eso cambió cuando conoció de verdad la grandeza de Roma.
―No has contestado a la pregunta ―insiste Gabinio―. ¿Por qué has hecho un viaje tan largo hasta Siria?
―Quiero ayudaros en vuestra próxima campaña.
La frase parece sacar a Gabinio, momentáneamente, de su ebriedad.
―¿Qué campaña?
―La de Partia. Todo el mundo sabe que el hijo de Fraates se ha refugiado en Siria, de donde espera volver en dirección a oriente para enfrentarse a su hermano, y para ello cuenta con la ayuda de los romanos.
―Esa campaña tendrá que esperar, me temo.
―Tengo tiempo ―dice Arquelao, que por primera vez esgrime una sonrisa―. Es mi intención contribuir al buen fin de esa guerra. Tengo ejército, riquezas. Soy amigo de Roma, como os decía.
―A tu salud ―dice Gabinio levantando su vaso, en un gesto que es secundado por los demás.
Marco Antonio mira a su alrededor, aún demasiado sereno para entender la lógica de lo que está ocurriendo. Frente a él, Septimio levanta el vaso y bebe de un trago su contenido, mientras una de las bailarinas, agarrada a sus brazos, insiste en probar un poco de ese vino. A Marco Antonio le viene a la mente otra imagen de Septimio, meses atrás, cuando daba de beber a un soldado herido, pero no es más que un breve destello momentáneo, nada que deba preocuparlo en exceso.
―Lléname el vaso ―dice a uno de los sirvientes, resuelto a combatir cuanto antes su sobriedad.
―¿Habéis escuchado las últimas noticias? ―dice Gabinio en voz alta.
―¿Las de Egipto?
―Sí.
―¿Qué ha ocurrido en Egipto? ―pregunta Arquelao.
―Dicen que la reina Berenice busca marido. Se ve que el que tenía no le acababa de gustar, y por eso ordenó que le cortaran la cabeza. Y mientras tanto su padre, el depuesto rey Ptolomeo, en Roma mendigando un poco de ayuda para recuperar el trono.
―Estos alejandrinos, no hay quien los entienda.
―¿Alguien se anima a ir a Egipto a probar suerte? Berenice tiene fama de hermosa.
―¡Que lo intente otro! ―exclama Septimio, cada vez más inmiscuido en el abrazo de la bailarina.
Arquelao bebe de su vaso, pensativo. Ignoraba las noticias procedentes de Alejandría, y no había pensado nunca que lo que ocurriera en Egipto, una tierra tan lejana e incomprensible, pudiera interesarle.
―Arquelao, ¿un poco de vino?
―Sí, claro ―contesta, distraído.

Al día siguiente, Aulo Gabinio recibe la visita inesperada de Arquelao.
―Necesito hablar contigo ―le dice el capadocio, sin mayores preámbulos ni consideraciones hacia la actual resaca del gobernador.
―Habla, Arquelao.
―He decidido que me voy a Alejandría.
―¿A Alejandría?
―Sí. Quiero presentarme allí y ofrecerme a la reina como su esposo.
―¿Casarte con Berenice, hija de Ptolomeo? ¿Cuándo se te ha ocurrido esa locura?
―Anoche mismo tomé la decisión. Y no hay tiempo que perder.
―No puedo permitírtelo.
―¿Por qué no?
―Estás aquí como amigo de Roma. No podemos inmiscuirnos en los asuntos de Egipto sin consultarlo antes con Pompeyo, que es uno de los cónsules. Y es Pompeyo, el mismísimo Pompeyo Magno, ¿lo entiendes?
Gabinio se toma unos momentos de pausa que le permiten retomar la calma y seguir hablando.
―No es una situación sencilla. Hay muchos intereses en todo esto, como supongo que sabes.
―¿Realmente puedes impedir que me vaya?
El procónsul mira a Arquelao, desconcertado. Ayer bromeaba con él, tomando un poco a broma sus sueños de grandeza, pero ahora este aprendiz de reyezuelo le plantea un reto inesperado.
―No puedes ir a Egipto ―dice con voz firme―. No con mi permiso.
―Entonces iré sin él. Diré que no sabes nada del asunto, que me he ido de Antioquía sin que tú estuvieras informado de mis intenciones.
Gabinio sopesa en un rápido cálculo los pros y los contras de lo que pretende Arquelao, las posibles consecuencias de su acto en el delicado equilibro de Oriente.
―Que ocurra lo que los dioses quieran ―dice por fin―. Vete a Egipto si quieres, pero oficialmente yo no sé nada de todo esto.
―Gracias, Gabinio.
―Que tengas buen viaje.
Gabinio da media vuelta y se dirige, con pasos cansados, a los elegantes baños del palacio. Necesita un buen remojón en agua fresca para entender el nuevo día.

© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.

DIRECTORIO IX: Reinos helenísticos

Selección de los hilos de Twitter que he dedicado a los reinos helenísticos, establecidos en Grecia, Egipto y Asia tras la muerte de Alejandro Magno.

Empiezo con unas frases que escribí en uno de esos hilos:

Me gustan los reinos helenísticos porque pasaron como una sombra por la historia, y nadie reclama ser lo que ellos fueron, ni le pone su nombre a sus países ni a sus miedos.

- Moneda de Arsínoe II, reina de Egipto.
- Moneda de Éfeso. Artemisa.


- Leyendo a Plutarco.
- Escultura helenística.
- El cistóforo, moneda de Pérgamo..
- Arsínoe IV de Egipto, mostrada por las calles de Roma.


IMPERIO SELÉUCIDA:
- Estratónice y Antíoco I. Un cuadro de Ingres.

- Antíoco I y el templo de Borsippa.
- Antíoco IV. Círculo en la arena.
- El imperio seléucida, como ejemplo de 'rump state'.

ARSÍNOE - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura: enlace.

ARSÍNOE

Autor: Tadeus Calinca

Alejandría, octubre de 48 a.e.c.

Julio César ve, a lo lejos, las figuras poco disimuladas de los soldados del rey, que parecen vigilarlo tras los pretiles. Al menos hoy la ciudad de Alejandría está tranquila; no se oyen los gritos e improperios de hace unos días, cuando puso pie en el puerto y tuvo que abrirse camino entre empujones. "¡Dejad paso al amigo de los egipcios!", decían en vano los tribunos, "¡Dejad paso a César!". Cuando llegó al palacio lo obsequiaron con lisonjas falsas y un baño tibio. Los oficiales fueron hospedados en estancias de un lujo desconocido para ellos; los soldados, aún mareados por la navegación, en amplios barracones. Fue así como el palacio real y sus edificios aledaños quedaron en manos de César; el resto de la ciudad, ajeno a su poder, se extendía como una lúgubre amenaza en dirección a las murallas. Aquel mismo día, por la tarde, recibió a los emisarios del rey. "Disculpa su ausencia", dijeron mientras inclinaban la cabeza, "el joven Ptolomeo viene ya de Pelusio, donde ha dejado el ejército. Dentro de pocos días llegará a la ciudad".
―Te hemos traído algo ―añadió Potino, el único de ellos cuyo nombre valía la pena conocer.
Le mostraron una cesta de mimbre, sostenida con cuidado por un par de soldados.
―Mira adentro.
César abrió la tapa de la cesta y vio en su interior una cabeza humana, casi irreconocible por su color mortecino y por los efectos del embalsamamiento.
―Esto también es para ti ―le dijo el propio Potino mientras le dejaba en la palma de la mano un sello de oro decorado con tres coronas victoriosas. César lo reconoció al instante.
―¿Quién ha hecho esto? ¿Quién mandó asesinar a un general de Roma?
―Pompeyo era tu enemigo, ¿lo has olvidado?
César contuvo su ira, mezclada de alegría; a duras penas reprimió las lágrimas, que eran también de alivio.
―Cuando venga el rey le exigiré una explicación ―dijo por fin, transitando entre la realidad y la ficción―. Podéis iros.
Potino echó un último vistazo a la figura ambigua de César; le hubiera gustado detenerse largamente a estudiarlo, a comprenderlo, como se estudia a alguien que puede ser, bien pronto, tu enemigo.
―Tus palabras son órdenes, estimado cónsul.
César, absorto en sus pensamientos, apenas escuchó la última frase. "Al menos tengo algo que enviarle a Cornelia, su viuda", se dijo a sí mismo mientras miraba, aún perplejo, el sello de oro.

―Ave.
El saludo del joven tribuno, que se acerca ahora a César con pasos comedidos, lo devuelve al momento presente.
―Ave, Balbo. ¿Qué noticias traes?
―El rey Ptolomeo se aproxima a la ciudad. Lo han anunciado unos soldados de caballería que se han adelantado a su comitiva.
―¿Cuánto tardará en llegar?
―Está a una jornada de camino.
Es poco tiempo para César, que espera aún la llegada de refuerzos que le permitan afianzar sus posiciones, poco tiempo para asegurar los suministros. Por suerte, sus soldados custodian la flota alejandrina, que está anclada en el sector de la ciudad que han tomado en posesión. Gracias a ello, la escuadra de César, comandada por Tiberio Claudio Nerón, navega sin dificultad.
―¿Alguna noticia de Cleopatra?
―Ninguna. Hemos enviado emisarios con tu mensaje, como ordenaste.
El plan de César es sencillo: apaciguar a Cleopatra y Ptolomeo, que llevan más de un año enfrentados a pesar de ser hermanos, ponerlos a la cabeza del reino, tal como dejó estipulado el anterior rey, Ptolomeo Auletes, padre de ambos, y sellar el pacto mediante una solemne ceremonia en la que hermano y hermana, siguiendo la costumbre alejandrina, se conviertan además en marido y mujer.
―¿El ejército del rey sigue en Pelusio, como prometió?
―Según nuestros informadores, el rey viene a Alejandría acompañado tan solo de una reducida fuerza militar. El grueso de su ejército permanece en Pelusio, al mando de Aquilas.
―Mejor así.
Necesita con urgencia soldados, armas, provisiones, pero al mismo tiempo deberá dar impresión de seguridad, mostrarse como el amigo romano que velará por la paz en Egipto, equidistante entre hermano y hermana, sellando su alianza bajo el yugo, casi invisible, de Roma.
―¿Alguna cosa más? ―pregunta César, que vuelve a mirar a lo lejos y cree adivinar la mirada atenta de los soldados del rey; algunos de ellos, como bien sabe, son antiguos legionarios romanos, dejados en la ciudad por Gabinio; menos fiables, más peligrosos que los propios soldados alejandrinos.
―Ayer llegó a la ciudad un soldado de Pompeyo. Era cuestor en su ejército.
―¿Qué hacía en Egipto?
―Según dice, acompañaba a Pompeyo cuando este fue asesinado por los alejandrinos. Vino a la ciudad porque quería contártelo en persona.
―¿Cómo se llama?
―Cordo. Licinio Cordo.
―No lo conozco. ¿Es familia de Licinio Craso?
―No lo sabemos, pero lo cierto es que estuvo en su ejército en el desastre de Carras. Tras la muerte del general, sirvió a las órdenes de Casio Longino hasta que este volvió a Roma. En Farsalia era cuestor de Pompeyo.
César se queda pensativo. Tiene que ordenar en su mente las antiguas batallas y las recientes, recordar la trayectoria de los principales generales: antiguos aliados que son ahora enemigos o antiguos rivales que perecieron en combate. ¿Quién es este Cordo? ¿A quién debe su carrera? ¿De quién es amigo o enemigo? Lo sabrá pronto.
―Ave, César ―dice un soldado que acaba de irrumpir, visiblemente nervioso, en el lugar.
―Ave. ¿A qué se deben tantas prisas?
―Traigo noticias importantes.
―Habla.
―Ha llegado una nave al puerto, una nave de los alejandrinos. En ella venía Cleopatra, la hermana del rey.
―¿Cleopatra?
―Así es.
―¿Lo sabe su hermano?
―Dice que ha venido por voluntad propia, sin informar de ello a Ptolomeo.
César dirige la mirada al joven Balbo, al que momentos atrás detallaba su perfecta estrategia para Egipto, esa alianza casi divina entre hermano y hermana que le permitiría regresar a Roma con un nuevo territorio en paz, fiel a su causa, pero la llegada prematura de Cleopatra amenaza con romper todo equilibrio.
―¿Qué hacemos? ―pregunta Balbo.
―Dejadla entrar en el palacio.
No tiene sentido mostrarse hostil, tampoco puede ocultarse una noticia que en estos momentos, a buen seguro, estará extendiéndose por la ciudad y que no tardará en llegar a oídos del propio rey.
―Podéis marchar.
César, una vez solo, cree escuchar en la lejanía espontáneos gritos y soflamas, pero no es fácil averiguar si son a favor o en contra de Cleopatra. Por las calles de la ciudad corren ya los rumores, de eso está seguro: esta noche la hija de Ptolomeo dormirá en Alejandría, en algún rincón del inmenso palacio, bajo el mismo techo que Julio César.

Cleopatra no ha llegado sola. La acompaña su hermana menor, Arsínoe, que ahora mismo corre hacia sus aposentos, llena de ansia. La siguen sus sirvientas, y también Ganimedes, el eunuco, que no pueden alcanzarla. Arsínoe abre la puerta de encina, va a las ventanas y las abre una detrás de otra, se detiene en medio de los mosaicos, ahogada entre convulsiones; se dirige a sus servidores, les dice con voz rota que quiere estar a solas; le contesta Ganimedes, su instructor, su consejero, y ella le grita que se calle, que se vaya a otro lugar, que se vayan todos; una vez sola se lanza al lecho y llora de rabia, llora también de alegría por dejar atrás el olor a mar y mugre de la nave, la enorme masa del agua gris amenazante y sobre todo la compañía de su hermana Cleopatra que no atendía a razón, que hizo la singladura sin escuchar a nadie más que a sí misma; llora con rabia, echada tristemente sobre el lecho, triste por un largo año sin rumbo, por no saber a dónde va su vida, por sus dieciséis años, que le parecen ahora un tiempo perdido, por haber vuelto al que era su hogar, ocupado ahora por un intruso, por sentir tanto peligro, tanto miedo a la muerte.

© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.

Hilos de Twitter

En los últimos tiempos estoy publicando muchos hilos en mi cuenta de Twitter, principalmente sobre historia antigua y medieval. Para no perderles la pista, los voy recopilando en el blog, distribuidos por áreas temáticas. Estos son los directorios que he publicado hasta la fecha (24-2-20):

I. Numismática romana.

II. Persia - Irán.

III. Bizancio.

IV. Mundo nórdico.

V. Epigrafía romana.

VI. Edad Media.

VII. Arte romano.

VIII. Egipto.

IX: Reinos helenísticos.

En los próximos tiempos, espero ir completando la lista con nuevos recopilatorios.

Última actualización: 29-3-20

EL REY DE CHIPRE - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura: enlace.


EL REY DE CHIPRE

Autor: Tadeus Calinca

Rodas, mayo de 58 a.e.c.

Si no fuera por los lictores que lo anteceden portando los fasces, los habitantes de Rodas pensarían que este romano que camina ante ellos descalzo y sin llevar puesta una túnica bajo la toga no es más que uno de tantos vagabundos que merodean por el ágora pidiendo limosna. Pero es Marco Porcio Catón, senador de Roma, que ha decidido pasar un tiempo en Rodas antes de emprender la misión que le ha sido asignada en Oriente. Los rodios lo ven pasar asombrados; los niños lo señalan con el dedo y sonríen tocados por la luz. Poco le importa a Catón lo que piense de él el populacho. Ya en Roma lo tildan de extravagante, pero al mismo tiempo admiran su devoción por las viejas costumbres. Dice Catón que los antiguos romanos iban descalzos y no vestían nada más que la toga, y es por eso que ha decidido imitarlos, aunque nadie sepa muy bien de dónde ha sacado esas ideas.
Andando a paso ligero, Catón y su comitiva alcanzan la zona portuaria, en cuyo lado de levante se halla la amplia explanada de tierra donde acude cada mañana a ejercitarse. Algunos lo llaman el 'campo del Coloso', pues no lejos de allí se erguía antiguamente la célebre estatua, destruida por un cataclismo. Sobre una plataforma de piedra se perciben aún, como sombras rojizas, trazos de bronce herrumbroso.
Un hombre joven, vestido a la manera romana, les sale al encuentro.
―Ave, Marco Porcio.
―Ave, Nerio ―contesta Catón, que le dedica la misma mirada altiva y desdeñosa que parece adornar perpetuamente su rostro. Poco importan los muchos años de servicio que le ha dedicado Nerio, ahora liberto, y que durante este tiempo se haya convertido, poco a poco, en su colaborador más cercano.
―Se diría que has venido hasta aquí corriendo ―añade Catón, con su voz cadenciosa―. ¿Qué noticias traes que merecen tanta prisa?
―Ha llegado a la ciudad un emisario del rey Ptolomeo. Trae un mensaje para ti.
―¿Qué quiere ahora el rey de Chipre?
―No es el rey de Chipre, sino su hermano, Ptolomeo Auletes.
―¿Ptolomeo, el rey de Egipto? ¿Estás seguro?
―No cabe duda. El documento lleva el sello real de Alejandría.
―¿Dónde está el mensajero?
―Nos espera en tu residencia.
―Está bien. Lo recibiré cuando hay terminado mis ejercicios matinales y mis lavativas.
―A tus órdenes.
Nerio da media vuelta y se encamina, esta vez sin prisas, hacia el otro extremo de la ciudad, donde Catón ha fijado su residencia. Caminando con lentitud podrá apreciar las altas columnas de pórticos y templos, y sobre todo las estatuas, creadas en la propia Rodas, que han servido de modelo a tantas otras que adornan atrios y jardines en Roma. Ya le gustaría poseer una de esas villas, y conversar, a la sombra de los árboles, con la esposa e hijos que no tiene.

Horas más tarde, Catón recibe al mensajero del rey.
―¿Y bien? ―dice sin más, en espera de que el encuentro se resuelva de manera breve.
―Vengo en nombre del rey Ptolomeo de Egipto, llamado también Filopátor, y…
―Ahórrate los títulos. Ve al grano.
―Perdón ―susurra el mensajero, obligado a rehacer su intervención―. El rey ha venido a la isla de Rodas con una pequeña flota de tres barcos. Te espera en la ciudad de Lindos, donde quiere conversar contigo.
Catón no puede ocultar su sorpresa, y tampoco oculta la mirada cómplice que dirige a Nerio, su ayudante.
―¿El rey de Egipto ha dejado Alejandría?
―Así es. En esta carta te explica las circunstancias ―dice, extendiéndole un papiro elegantemente sellado, que Catón lee con rapidez. En él se confirma lo que hasta ahora no era más que un rumor: los tumultos de Alejandría que han obligado a Ptolomeo a huir de su reino.
―Dile al rey que si quiere hablar conmigo tendrá que venir a la ciudad de Rodas. Puedes retirarte.


Pafos (Chipre).

Publio Canidio y sus hombres esperan a las puertas del palacio, desarmados e indefensos ante los soldados del rey, que ahora los miran en calma, pero que no dudarían en atacarlos con sus espadas si así lo ordenara su comandante. Un arduo silencio impera en la mañana, aún húmeda. En la lejanía se vislumbra el Monte Olimpo; detrás de ellos el mar, recurso último del que huye.
―Podéis pasar ―dice por fin el eunuco.
En el interior del palacio los recibe un hombre triste, cabizbajo. Solo sus ropajes bordados en oro y su regia diadema lo distinguen como rey.
―Ave, Ptolomeo. Te saluda Publio Canidio, en nombre de Marco Porcio Catón, que ha sido enviado por el Senado de Roma para aplicar en tus dominios lo que establece la ley Clodia.
Canidio le extiende un rollo de papiro, al que siguen, según va hablando, un sinfín de documentos.
―Aquí los decretos del Senado, y los precedentes legales tal como los expuso Clodio Pulcro, tribuno de la plebe.
―¿Qué quieres decir con todo esto? Habla claro.
―Catón me ha pedido que te lea una carta.
―Léela.
Canidio extrae de la bolsa el último papiro que quedaba en ella. Lo sostiene con manos temblorosas. Lo lee con una voz que quiere ser firme pero que denota temor.
―"Yo, Marco Porcio Catón, enviado a Chipre pro quaestore pro praetore, investido de las insignias pretorianas por el Senado a instancia del tribuno Clodio…
Una pausa para tragar saliva. Canidio maldice haber aprendido tan bien la lengua griega, una habilidad que lo convirtió en candidato ideal para esta misión.
―… así pues, en cumplimiento de todas las estipulaciones y los decretos anteriormente referidos, te depongo como rey de Chipre, y te ordeno que pongas a disposición de mis subordinados las riquezas de tu reino. En cuanto a ti, Ptolomeo, hijo de Ptolomeo Sóter, decreto lo siguiente: permanecerás en la isla de Chipre, y a tal efecto te nombro sacerdote del templo de Afrodita, en Pafos, dotado de amplias posesiones y considerables ingresos. Es este un santuario de gran fama, fundado según dicen por el arcadio Agapenor, que escogió este lugar por ser aquí donde la diosa Afrodita surgió de la espuma marina, de ahí que la llamen Afrogeneia, y fue en las arenas de Pafos donde le pusieron la corona de oro y las vestimentas divinas, y desde entonces la veneran los griegos, que acuden a la isla desde toda la ecúmene…
Canidio levanta la vista del papiro antes de seguir con el farragoso párrafo, avergonzado ante este patético intento de poesía dirigida a un hombre que ahora mismo está abatido en su trono. Al mismo tiempo, empieza a albergar cierta esperanza de salvación: intuye que el rey Ptolomeo no hará nada contra él, pues no queda fuerza alguna en su persona.


Rodas.

Ptolomeo, rey de Egipto, se mueve de manera nerviosa mientras habla. Le preocupa su futuro; le preocupa también el de su hermano Ptolomeo, cuyo destino le acaba de ser desvelado. Tiene delante a este hombre de aspecto estrambótico y mirada orgullosa, que en ningún momento se ha levantado de su silla curul ni le ha dirigido el más leve gesto de amabilidad.
―Como he dicho, tu hermano recibirá un trato favorable ―recapitula Catón, cansado ya de una conversación que le parece innecesaria―. En cuanto a los bienes de su reino, he enviado a Canidio a hacerse cargo de ellos. Más adelante se le unirá mi sobrino Bruto, ahora en Panfilia convaleciente de una enfermedad. Por último, acudiré en persona a Chipre para asumir su gobierno en nombre del Senado.
Catón podría extenderse en su monólogo, añadir que en menos de año y medio estará de vuelta en Roma, y que entonces podrá seguir siendo el azote de César, de Craso, de Pompeyo y de todos aquellos que él considera los enemigos de Roma, porque él es el símbolo perfecto de las antiguas costumbres y de la perfección moral de los ancestros, y podría hablar así durante horas, como suele hacer en el Senado, pero ahora está en una isla griega y tiene ante él a un rey errante que seguramente no está interesado en la retahíla eterna de sus argumentos.
―He decidido continuar viaje a Roma ―le dice Ptolomeo, atreviéndose a interrumpirlo.
―¿A qué vas allí? ¿Por qué no vuelves a Egipto a luchar por lo que es tuyo?
―No puedo hacerlo sin la ayuda de Roma.
―Has gastado importantes sumas de dinero para ganarte el favor de Pompeyo y los otros, unas riquezas que han escapado de Egipto. De ese modo no has hecho más que empobrecer a tus súbditos y provocar sus protestas.
―¿Qué otra cosa podía hacer?
―Consideras amigos a aquellos a los que has sobornado, y ahora vas a Roma a recordarles su parte del trato. ¿Es así?
―No quiero que me ocurra como a mi hermano.
―Yo puedo impedirlo.
―¿Cómo?
―Te puedo acompañar a Alejandría y colaborar contigo para que recuperes tu dignidad.
―¿Y cómo lo harás, desterrándome en un templo como has hecho con mi hermano?
El exabrupto de Ptolomeo crea una breve pausa, tras la cual emerge Catón con la misma parsimonia de antes.
―Veo que no te interesa mi oferta. Haz lo que quieras.
El rey de Egipto detiene sus pasos, pensativo.
―Debo meditarlo ―dice, mirando al exterior a través de la ventana.
―Tienes tiempo.
Allá fuera, en los rosedales del peristilo, deambula con gracia su hija pequeña, que le ha acompañado en su viaje a Rodas. Se llama Cleopatra, como tantas otras mujeres de su estirpe. Catón le dedicó apenas un vistazo cuando acudió a su presencia en compañía de su padre. «¿Por qué viaja  con ella?», se preguntó entonces, y se sigue preguntando ahora. Quizá quiera casarla con algún noble romano, una idea absurda a la que él se opondrá en defensa de los valores eternos de la República. Pero lo más probable es que quiera protegerla de su hermana Berenice, que detenta ahora el poder en Alejandría. Tiene otros dos hermanos llamados Ptolomeo, y seguramente uno de ellos le será destinado como esposo, según la extraña costumbre de los alejandrinos.
―No sé qué debo hacer, Catón.
―De ti depende ―le responde este, taxativo―. Por lo demás, queda concluida la reunión. Buenas tardes.
Catón se levanta por fin del asiento y se dirige con presteza a sus  estancias privadas.
Atrás queda, sobre el mármol, el rastro húmedo de sus pisadas.


Pafos (Chipre).

Pasan los días y no llega respuesta de Ptolomeo. A Canidio no le queda más remedio que volver al palacio y elevar el tono de sus palabras.
Será en vano.
Las negras cortinas de la entrada dejan un mensaje claro. También los llantos apagados y el humo exiguo del incienso.
Ptolomeo, durante años rey de Chipre, ha preferido morir.


© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.
Nota bibliográfica:
- Drogula, Fred K. (2019). Cato the Younger. OUP.
- Plutarco. Catón el Menor; Bruto.