Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (3): Las estatuas.

La región de Südtirol, llamada en italiano Alto Adige, o conocida también como Provincia de Bolzano, fue anexionada por Italia en el año 1918, al término de la Primera Guerra mundial, e incorporada a una región más amplia, cuya capital era Trento. Así pues, el año que viene se cumple el centenario de esta peculiar situación geopolítica, en la que un territorio de habla alemana pasó a formar parte de Italia.

Lo primero que llama la atención al adentrarse en el Südtirol, aparte de los impresionantes paisajes de montaña, es el omnipresente bilingüismo italiano/alemán que impera de manera oficial en todas las señalizaciones viarias. Las ciudades tienen todas un doble nombre alemán e italiano, p.e. la propia capital (Bolzano/ Bozen) y otras localidades, ya sean grandes o pequeñas: Bressanone/Brixen, Bruneck/Brunico, Dobbiaco/Toblach, etc. También ríos y montañas, lagos y valles aparecen con la doble denominación, tal como se puede ver en esta foto (link).

A lo largo de la historia, el Südtirol ha sido un territorio disputado, aunque el factor más determinante ha sido siempre su relación con Austria y más concretamente con el Tirol austriaco (región de Innsbruck), pero las vueltas de la historia han querido que en los últimos tiempos fome parte de la República Italiana. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la anexión? A partir de los años veinte, con el ascenso del fascismo en Italia, se acentuó el proceso de italinización del Südtirol, que consistía, entre otras cosas, en asentar población italianoparlante en la zona. Personajes como Ettore Tolomei, ultranacionalista de origen trentino, pusieron todo su empeño en que el proceso de italianización se llevara a cabo.

La Segunda Guerra Mundial no supuso ningún cambio de fronteras, aunque sí el final del fascismo. En 1946, los gobiernos de Austria e Italia alvanzaron un importante acuerdo sobre el Südtirol, que culminó en 1948 con el primer estatuto de autonomía. El acuerdo parecía favorable a las aspiraciones de la mayoría germanófona del Alto Adige, pero tenía un importante defecto: con él nacía una nueva región, denominada Trentino-Alte Adige, en la que se diluía una vez más el elemento germanófono. Esto provocó un resurgimiento de los sentimientos nacionalistas en la zona, que empezaban a tener plasmación política con el recientemente creado Südtiroler Volkspartei, un partido que sigue siendo hegemónico en la zona. Hubo también multitud de manifestaciones y protestas, incluso actos de sabotaje llevados a cabo por la Befreiungsausshuss Südtirol, fundada en 1956. Todo ello culminó en 1972 con un nuevo estatuto que concedía mayor autonomía a la provincia de Bolzano. La posterior entrada de Austria en la UE y la desaparición de las fronteras, puso el debate nacionalista en otros términos.

¿Qué queda hoy en día de todas aquellas tensiones? A simple vista, más bien poco. Bolzano (o Bozen) es un lugar apacible, tranquilo. Sus habitantes circulan por los numerosos carriles-bici que imperan por toda la ciudad, o pasean tranquilos por los bellos jardines que adornan ambas orillas del Isarco, afluente del Adige. Un paseo por el centro histórico le permite al visitante descubrir la arquitectura urbana local, de tintes claramente centroeuropeos. Después de recorrer varias calles y plazoletas, uno llega al espacio urbano más característico de Bolzano: la Plaza Walther, el verdadero corazón de la ciudad. En el centro de la plaza, una solemne estatua dedicada al personaje que le da nombre (la foto es mía).

El tal Walther no es otro que Walther von der Vogelweide, el célebre poeta en lengua alemana de la edad media, célebre por sus poemas y también por su militancia política pro-alemana en una época en la que los diversos reinos de Centro-Europa pugnaban contra el poder de los papas. Todo un símbolo para el nacionalismo alemán. Podríamos decir, pues, que la elección de la estatua no era precisamente inocente... Se erigió en esa plaza de Bolzano en el siglo XIX, en un contexto de auge nacionalista por toda Europa (compárese por ejemplo con el monumento a Arminio en Alemania o el monumento a Vercingetórix en Francia, coetáneos a este).

Imaginemos la situación en 1918, cuando Bolzano y su provincia pasaron a formar parte de Italia... No es de extrañar que a determinados elementos fascistas, en pleno proceso de italianización de la zona, les resultara incómoda la presencia de tal estatua en el corazón mismo de Bolzano. En los años treinta, Ettore Tolomei tuvo una idea que podía solucinar el problema: sustituir la estatua de Walther por la de otro personaje que representara la supuesta italianidad de la zona. ¿Quién podría ser ese personaje? El candidato era evidente: Nerón Claudio Druso, el general romano que incorporó ese territorio a Roma para mayor gloria de Octavio Augusto. Además, corrían tiempos de exaltación de la antiguas glorias romanas, con las que se equiparaban los logros de Mussolini

El proyecto de Tolomei consistía en realizar una reproducción en bronce de la estatua de Druso que se conservaba en el Museo Lateranense de Roma y ponerla en la plaza de Walther, a la que se cambiaría de nombre. Cuando la propuesta llegó a oídos de Mussolini, éste la rechazó. No porque estuviera en desacuerdo con el transfondo ideológico de la misma, sino porque podría suponer una provocación de consecuencias difíciles de calcular. Sin embargo, en 1936, cuando el régimen del Duce estaba alcanzando sus niveles más altos de autoconfianza, Mussolini dio luz verde al proyecto. La estatua de Druso podría lucir finalmente en la plaza principal de Bolzano, por si alguien dudaba de que este era un trozo de la patria italiana.

Sin embargo, el proyecto nunca llegó a materializarse. La copia de la estatua fue realizada, pero quedó en el olvido. Seguramente el bronce fue reutilizado para otros menesteres en tiempos de guerra. ¿A qué se debió ese cambio repentino de idea? Un nuevo elemento geopolítoco había entrado en escena: la Alemania de Hitler. Mussolini pensó que no era el mejor momento para quitarse de enmedio la estatua de un famoso poeta germánico...

Así fue cómo aconteció este breve 'guerra' de las estatuas. La de Walther sigue hoy en día en su sitio; de la reproducción en bronce que iba a sustituirla nunca más se supo. Pero queda aún un pequeño misterio: ¿dónde está la estatua de Druso que sirvió de modelo? En teoría, forma parte de la colección del Museo Gregorio Profano, en el Vaticano, donde fueron llevadas las obras del Museo Lateranense, que ya no existe. Busqué en el catálogo online del museo pero no aparece ninguna estatua de Druso el Mayor. Busqué en Internet y no encontré prácticamente ninguna información al respecto. Y mira que Internet es grande. Tan solo una foto, de muy poca calidad, en una página web (link):

¿Dónde está esa estatua? ¿Expuesta en el museo o guardada en algún almacén? Me gustaría mucho saberlo.

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Bibliografía:
- Giardina, Andrea. "Augusto tra due bimillenari", en La Rocca et al., eds. (2013). AVGUSTO, catálogo de la exposición sobre Octavio Augusto celebrada en Roma entre los años 2013 y 2014.
- vv.aa. (2016). Trentino Alto Adige. Guide Verdi d'Italia, Touring Club Italiano.

Enlace al primer capítulo de la serie: Cómo conocí a Druso.
Enlace al segundo capítulo de la serie: Ötzi.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (2): Ötzi

Hay muchas razones para visitar la ciudad de Bolzano, capital del Südtirol (o Alto Adige), región germanófona del norte de Italia. Lo que más atrae al viajero son sin duda los maravillosos paisajes de montaña de los Alpes Dolomitas, que pueden alcanzarse fácilmente desde la ciudad, y que podríamos ejemplificar con esta típica foto del grupo Geisler desde Val di Funes. Estuve en ese lugar, pero la foto no es mía.
Cómo no, en mi reciente viaje por esas tierras dediqué gran parte del tiempo a dejarme llevar por los senderos montañosos y disfrutar de las vistas. Pero ese no era el único objetivo de mi viaje. Había, también, un lado histórico. Para ser exactos, romano...

La ciudad de Bolzano está ligada al recuerdo de Druso. No en vano, esta localidad era conocida en la antigüedad como Pons Drusi, el Puente de Druso. En el año 15 a.C., por orden de su padrastro Augusto, el joven general se adentró con sus tropas en ese territorio alpino que en aquellos tiempos era casi una tierra ignota. Partiendo de Tridentium (Trento), y siguiendo el curso del río Adige, Druso fue adentrándose en territorio rético, donde encontró una fuerte oposición que no impidió su avance. Las suyas fueron las primeras tropas romanas que cruzaron los Alpes por el paso Resia; al otro lado de las montañas se le unió su hermano Tiberio, que había avanzado con sus ejércitos desde Germania. Una vez juntos, los dos hermanos no tardaron en culminar la conquista de la nueva provincia. La gloria de tal acción, por supuesto, recaería en Augusto, que no dudaba en apuntarse como propios los triunfos militares de sus generales.

¿Qué queda hoy de Druso en las tierras del Alto Adige? ¿Puede seguirse su huella? En Bolzano hay al menos una avenida principal y un puente moderno que llevan su nombre (Viale Druso y Ponte Druso). Y se conserva también una inscripción que le dedicó su hijo, el emperador Claudio. La inscripción es un miliario de la Via Claudia Augusta, que mandó construir Claudio siguiendo el trazado abierto en su día por su padre. Ese era el objetivo principal de mi visita a Bolzano, por encima de maravillosas montañas o pintorescos lagos: la inscripción de Druso.

Según mis datos, el miliario estaba en el Museo Arqueológico del Alto Adige, en Bolzano (Bozen para los habitantes del lugar, aunque de eso hablaré en el próximo capítulo). Al acercarnos al edificio del Museo, en pleno centro de la ciudad, observamos que en la acera que lo circundaba había una larga cola de turistas achicharrándose al sol esperando su turno para entrar en el mismo. El motivo de tanta expectación tenía poco que ver con Druso, desde luego. Desde hace unos años, el Museo Arqueológico de Bolzano se ha hecho célebre por otra pieza mucho más famosa: el cuerpo congelado de Ötzi, el hombre de las nieves, que fue encontrado en 1991 en un glaciar de los Alpes no lejos de Bolzano. La noticia dio la vuelta al mundo, sobre todo cuando se constató que Ötzi tenía una antigüedad de más de 5.000 años.

Así pues, ocupamos pacientemente nuestro lugar en la cola y después de media hora estábamos dentro del edificio, en disposición de visitarlo. Llegados al mostrador de información, se produjo el siguiente diálogo aproximado entre un servidor y la chica que atendía a los visitantes del museo:

- Buenas tardes. Me gustaría saber en qué planta están los restos romanos. En este folleto que tienen aquí no consta.
- ¿Restos romanos?
- Sí. Este es el Museo Arqueológico, ¿no?
(Pausa. Breve consulta con una compañera).
- Los restos romanos están en el almacén.
- ¿Cómo?
- No están expuestos al público. Hoy en día el museo está dedicado íntegramente a Ötzi.
- Pero...

Lo que vino a continuación fue una somera queja por mi parte, seguida de la siguiente pregunta: "Y la inscripción de Druso, ¿dónde está?", pregunta que a esa chica le debió parecer una verdadera rareza, como si delante de ella estuviera hablante un ser de otro mundo. "En el almacén, supongo".

Detrás de nosotros, un numeroso conjunto de turistas esperaban pacientemente a que este señor tan raro (yo) dejara de preguntar cosas tan extravagantes. ¿Restos romanos en un museo arqueológico?... En vista de la situación, la duda era si íbamos a pagar el precio de la entrada para ver ese museo monográfico dedicado al hombre de las nieves. Lo cierto es que así hicimos. Al fin y al cabo, hay que reconocer que el hallazgo de Ötzi es excepcional y bien vale un museo, aunque yo hubiera preferido que se hubieran hecho las cosas de manera distinta...

Aparte de los restos congelados de Ötzi, que pueden verse a través de un grueso cristal, en las salas del museo se muestran todos los objetos que fueron encontrados junto a él, algunos de ellos impresionantes: ropa, calzado, arco, flechas, hacha de cobre. Había, además, información detallada acerca de las circunstancias del hallazgo, por ejemplo esta: al hombre de las nieves lo encontraron en un punto muy elevado de las montañas, que hoy en día es fronterizo entre Italia y Austria. Tanto es así que las autoridades de un país y otro pusieron todos los medios para establecer a quién pertenecían los restos. Al final, se llegó al consenso de que, por un estrecho margen de 96 metros, Ötzi pertenecía a Italia. De ahí que hoy en día esté en Bolzano, y no en Innsbruck, y que sean las autoridades de Bolzano las que saquen pingües beneficios de este incomparable chollo que surgió un buen día de las nieves.

Todo muy bonito, pero... ¿dónde estaba la inscripción de Druso? Existía un plan B: ir al lugar donde originariamente se encontró al inscripción, cerca de Merano, y contemplar in situ la réplica que fue puesta allí en su día. La solución no era muy satisfactoria, pero podía servir para endulzar un poco las penas...

Resignados ante la situación, al tiempo que deslumbrados por lo que habíamos visto en el museo, emprendimos un paseo por la bella ciudad de Bolzano. Entonces se nos ocurrió, no sé por qué, que quizá el miliario de Druso había sido trasladado a otro museo. Vana esperanza pero... ¿por qué no intentarlo? Cerca del Museo Arqueológico, o lo que queda de él, está el Museo Civico, dedicado sobre todo a cuestiones etnológicas. Teníamos poco que perder, así que volvimos a la zona de los museos y cruzamos con pocas esperanzas el umbral del Museo Civico, donde nos atendió un señor que nos vino a decir que de la inscripción no sabía nada. O quizá, sencillamente, yo no me estaba explicando bien. Mientras hablaba con él, me di cuenta de que justo a su espalda, en el hueco de la escalera, había una enorme piedra que no tardé en reconocer.

- Es esa.
- ¿Cómo?
- Esa piedra. ¡Es el miliario de Druso!

En ese rincón estaba la piedra que me había traído hasta Bolzano, además de las montañas, los valles, el yogur y los lagos.


Un pequeño milagro en Bolzano, no hay duda. ¿Cuánto tiempo llevaba la inscripción en ese lugar? Quizá mi información era errónea, y la pieza llevaba allí desde hace antes de Ötzi. No lo sé. No me lo supieron explicar. Yo me podía haber informado mejor, eso seguro. Pero poco importa. Allí estaba la inscripción, en la que podía leer estas palabras, entre otras:

[vi]am Claudiam Augustam, / quam Drusus pater Alpibus / bello patefactis derexerat,

Hace unos dos mil años, Nerón Claudio Druso se adentraba con sus tropas en territorio alpino, siguiendo el curso del río Adige. Seguro que al llegar a la Val Venosta el propio Druso, o alguno de sus oficiales, levantó al vista para contemplar las bellas cumbres nevadas que se dejaban ver a lo lejos. Allá arriba, escondido en la nieve, yacía desde hacía tres mil años el cuerpo congelado de Ötzi.

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Enlace al primer capítulo de la serie: Cómo conocí a Druso.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (1): Cómo conocí a Druso

Era un tarde lluviosa en Maguncia (Alemania). Llevábamos el cansancio acumulado del viaje y de ese primer día de visitar la ciudad. Pensábamos que la primavera a orillas del Rin era menos fría, más acogedora, pero a esas horas nos refugiábamos de la lluvia y mirábamos el plano de la ciudad, preguntándonos si convenía seguir visitándola o volver al hotel. Yo era más partidario de la segunda opción. Ya habíamos visto el famoso templo de Magna Mater, o lo que queda de él, habíamos dado una vuelta externa a la catedral y habíamos fotografiado, pese al ambiente gris, las multicolores casas de madera. Podíamos dejar el resto para el día siguiente. Mi novia, en cambio, insistió en que podíamos aprovechar el día para visitar otras cosas. La Drususstein, por ejemplo. La piedra de Druso. O, mejor dicho, la Torre de Druso.

Los restos romanos tienen a menudo la forma de piedras que sólo adquieren sentido si sabemos dárselo. A esas horas de la lluviosa tarde, con ganas de irme a descansar al hotel, la palabra Druso no era para mí más que una difusa referencia romana, sin mayor interés.

Venga, vamos.

Para llegar al lugar tuvimos que ascender una pequeña colina y cruzar el antiguo parque que hoy en día ocupa su superficie. Las señales para llegar a la Torre de Druso eran confusas, de modo que nos vimos obligados a dar varios rodeos. Por suerte, la lluvia era muy débil, y llegó a detenerse en algunos momentos. Por el camino nos tropezamos con aislados restos romanos: piedras con mayor o menor significado, esparcidas por el parque. No esperaba gran cosa de aquel paseo, y sin embargo, al llegar a lo alto y encontrarnos de frente con la torre de Druso, mi perspectiva cambió por completo.


¿Quién era ese Druso? ¿Qué hacía aquí esa torre, erigida según parece por sus soldados en homenaje póstumo? ¿Qué hacía yo allí en la tarde lluviosa haciéndome esas preguntas?

Esa misma tarde, ya en el hotel, empecé a indagar. Nerón Claudio Druso Germánico, hijo de Livia, ahijado de Augusto, hermano de Tiberio, padre de Germánico y del emperador Claudio, abuelo de Calígula. Personaje transversal de aquella época, héroe militar que asentó el poder romano en las tierras del Rin y que se adentró en territorio germano hasta llegar más lejos que cualquier otro romano hasta la fecha. Era el momento de leer sobre este personaje que había descubierto por casualidad, con desgana, en aquella tarde de Maguncia, ciudad que él mismo fundó en 13/12 a.C.con el nombre de Mogontiacum.

Poco queda en la memoria colectiva de aquel joven general que en su día fue todo en héroe en Roma. Influye en ello el hecho de haber muerto en plena juventud, y el hecho de no pertenecer a la larga lista de emperadores que, como su propio hermano Tiberio, eclipsan al resto de personajes de aquella época. El que más se acordó de él en época antigua fue su hijo Claudio, que acabó convirtiéndose por las casualidades de la vida en emperador de Roma. Claudio tuvo al gentileza de dedicar algunas monedas a la memoria de su padre (link).
Durante mucho tiempo, los soldados de Mogontiacum siguieron rindiendo honores a Druso en el día de su aniversario. La ceremonia se llevaba a cabo en lo alto de aquella misma colina, frente al cenotafio que ellos mismos habían construido, y que en aquella época tenía un aspecto bien distinto al que tiene ahora (link).

Así fue como empecé a interesarme por la figura de Druso. Ese interés, un tiempo más tarde, me llevaría a Bolzano, en Italia. Pero eso es el siguiente capítulo...

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Enlace al capítulo 2 de esta serie: Ötzi.

Petitiones y rescripta: la voz de las mujeres en la antigua Roma.

No conviene hacerse demasiadas ilusiones en cuanto al papel de las mujeres en las sociedades antiguas, incluida la romana. El cuadro es bien conocido: invisibilidad social, imposibilidad de desarrollar una carrera en la política, en el ejército o en los negocios, limitaciones en el acceso a la educación y la cultura, y un largo etcétera.

A esa evidente discriminación que sufrían las mujeres de entonces (y que siguen sufriendo, en mayor o menor medida, muchas mujeres de hoy en día), hay que sumarle una discriminación adicional, mucho más sutil: la de cómo, en los siglos posteriores, se ha interpretado el papel de las mujeres en la Roma antigua. En esto ha habido diferentes modas. Una de ellas la empezaron autores como Suetonio, en edad antigua, y la siguieron, en tiempos más modernos, autores como Robert Graves. Consiste en presentar a las mujeres del entorno imperial como seres necesariamente malignos, conspiradores, desalmados, sin matices. La novela I, Claudius, de Graves, seguida años después por la famosa serie televisiva, encumbró a personajes como Livia, Mesalina y Agripina, esquematizando un tipo de comportamiento que no hace sino desvirtuarlas como personas.

Por suerte, los historiadores que analizan el papel de la mujer en la Roma antigua son capaces (en general) de huir de estereotipos y generalizaciones. En los últimos tiempos se han producido avances relevantes, y sobre todo rigurosos.

Acabo de leer un libro maravilloso: Lives behind the Laws. The World of the Codex Hermogenianus, de Serena Connolly (2010). De entrada, leer un libro dedicado a algo de sonoridad tan abstrusa y recóndita como el Código Hermogeniano parece poco atrayente; suena a siglo XIX, a recopilación de leyes, a intentos de palingenesia, a Justiniano, a derecho romano en su dimensión más rancia. Sin embargo, el libro me ha parecido fascinante. Y, al menos indirectamente, nos habla de las mujeres de Roma, tan anónimas, tan acalladas en el discurso oficial o en las fuentes antiguas.

Buena parte de lo que conocemos como derecho romano se basa en los edictos, epistulae y constitutiones de época imperial, en muchos casos reelaboraciones y adaptaciones de leyes más antiguas. Ocupan también un lugar destacado los rescripta, o rescriptos, que fueron recopilados por primera vez en tiempos de Diocleciano (finales del siglo III). Se conocen dos códices principales: el Gregoriano y el Hermogeniano, aunque los conocemos sólo parcialmente, gracias a que fueron utilizados extensamente en volúmes de jurisprudencia de épocas posteriores.

La pregunta es obligada: ¿qué son los rescriptos? La respuesta es muy simple: un sistema por el que los habitantes del Imperio podían dirigirse directamente al emperador para exponerle sus casos relacionados con la justicia. El emperador, o más bien su equipo de asesores en materia jurídica, agrupados en el scrinium libellorum, contestaban esas peticiones en forma escrita mediante los rescriptos, que eran expuestos en público y copiados en los archivos oficiales. El sistema funcionó de manera continua durante varios siglos, ofreciendo a los habitantes del Imperio una oportunidad para ser escuchados por la más alta instancia judicial, que no era otra que el propio emperador.

Y bien, ¿qué tiene que ver esto con las mujeres? Según las fuentes consultadas por Serena Connolly en su libro, se calcula que el 25% de esas peticiones fueron escritas por mujeres. Por desgracia, no se conservan las petitiones, pero sí los rescripta, es decir, las respuestas, y en ellas se explica el caso y se dan las correspondientes directrices. Se conservan cientos de ellos. Tratan de los más diversos asuntos: cuestiones relativas a divorcios, a la posesión de bienes, incluso a determinados negocios detentados por mujeres. Llevo años documentándome sobre el mundo romano y nunca hasta ahora había visto un ámbito en el que pudiera escucharse de manera tan directa su voz.


Los rescripta no eran ni mucho menos la única manera de establecer justicia en el mundo romano. Existían diversos tipos de jueces y tribunales, y a ellos podían acudir los ciudadanos para dirimir sus disputas. Alrededor de los litigios se movía un importante colectivo de abogados, notarios y escribas que resultaban imprescindibles para llevar a buen fin las acciones legales. Todo eso costaba caro. De hecho, muy caro. Tanto, que en al práctica el acceso a la administración de justicia quedaba reservado al segmento más pudiente de la sociedad, que podía permitirse esos gastos. ¿Qué opciones le quedaban a la resto de la población? Podían elevar sus peticiones a los gobernadores provinciales en espera de respuesta; también, como veníamos diciendo, podían dirigirse al emperador. Lo soprendente del caso es que, generalmente, solía responder.

Las personas que utilizaban el recurso de las petitiones pertenecían en general a esa población que podríamos definir como 'clase media', sin recursos suficientes para permitirse una acción legal por medio de abogados. Eran más o menos esa masa anónima que no suele tener voz propia en los libros de historia. A ella, por definición, pertenecían muchas mujeres de la antigüedad. Es así como, de esta manera indirecta y casi milagrosa, nos ha llegado su voz. No su imagen esculpida en mármol, ni el relato que de ellas se hizo en la literatura y en la historia, sino su propio testimonio, o lo que puede rastrearse del mismo.

Así es, en resumidas cuentas, lo que se cuenta en ese libro. He mostrado los hechos de manera esquemática, dada la brevedad del artículo. En realidad, el mecanismo de los rescripta es más complejo, y hay que entenderlo bien en su contexto. Por lo demás, me quedan lecturas por hacer acerca de este interesante asunto (Tony Honoré, Simon Corcoran, Fergus Millar, entre otros). Lo haré próximamente.

Roma: piedras y ladrillos

¿Acaso alguien que visite Roma puede queda impasible ante sus antiguas piedras? Quien más y quien menos querrá ver en esos templos derruidos, en esas columnas rotas y desgastadas algún tipo de esplendor borrado por el tiempo y eso le llevará quizás a alguna reflexión sobre el decurso de la historia o los vaivenes del destino. ¿Acaso Roma no existe un poco para eso, para hacernos pensar en nosotros mismos?

Entre los visitantes que pasean por las antiguos restos no faltan los poetas. Hace poco (de hecho ayer), leí El arrecife de las sirenas, de Luna Miguel, libro de poemas de esta escritora nacida en la época de los ordenadores, de esta poeta que es en sí misma el anuncio de un nuevo tiempo en la manera de entender la acción escrita. En uno de sus poemas, titulado "Sexo a media tarde en el Trastévere", se lee lo siguiente, referido a Roma:

me doy cuenta de que en esta ciudad todo son
piedras, de que cuando muramos seremos pie-
dras, de que solo las piedras significarán lo que
fuimos y de que dentro de mil años los gatos
pasearán por las ruinas de otra civilización.

Ese recuerdo en la voz de la poeta me llevó a otro escritor bien distinto, Rafael Chirbes. En su novela Crematorio, sus reflexiones sobre la antigua Roma le conducen vía ladrillo a ese otro mundo esquivo, el del pasado reciente:

Roma, el viejo avispero que Augusto llenó de ladrillos y mármol: que no se te olvide que el mármol era puro revestimiento, el delgado pan bimbo del sándwich; por debajo, el jamón del sándwich casi siempre era -como ahora- cemento o ladrillo.

Piedras, ladrillos.

Hace un tiempo fui a Maguncia, en Alemania. Allí, casi por casualidad, me encontré con el esqueleto en ladrillo de lo que fue el cenotafio de Druso. Era un día de lloviznas y cielos grises. Se supone que en el pasado el cenotafio estaba cubierto de los mejores mármoles y coronado por estatuas. ¿Qué queda de eso? Poco más que una deforme estructura de ladrillo. Un lugar en el que hacerse una foto, como un turista.


DEO AVRELIANO

Durante la larga historia del Imperio Romano, era práctica común que los emperadores fueran divinizados después de su muerte. Hay numerosos ejemplos de tales divinizaciones, reflejadas en multitud de inscripciones y leyendas monetarias del tipo DIVO, etc. Lo que no es tan normal es que un emperador fuera deificado en vida. Los únicos ejemplos que conozco se circunscriben al emperador Aureliano (270-275 d.C.), y a dos de los emperadores posteriores, Probo y Caro.

En esta moneda de Aureliano se ve un ejemplo de uno de esos epígrafes: DEO ET DOMINO. Lo más notable es que se utiliza la palabra DEUS, y no el adjetivo DIVUS. (Foto tomada de este enlace).
Según parece, esta sorprendente práctica podría estar relacionada con el culto al dios Sol, del que estos emperadores, sobre todo Aureliano, eran devotos. En todo caso, los ejemplos de este tipo de epígrafes en monedas son muy escasos, y poco representativos. El título de DEUS aplicado a un emperador vivo aparece también en unas pocas inscripciones, que podríamos calificar como raras. En el caso de Aureliano, según Pereira (1979:38), sólo hay tres en todo el orbe romano: una en Valencia, otra en Sagunto y otra en el norte de África. Resulta más que sorprendente, insólito, que esas inscripciones tan poco comunes se concentren en la zona de Valencia.

La de Valencia se conserva en el Museo de L'Almoina. Este es el texto de la inscripción:

L{ucio) Dom{itio) Aureliano
Deo
Valentini
Veterani

et Veteres.

Y la foto, hecha por mí:
 

La de Sagunto es más difícil de visitar. La curiosa historia de esta inscripción, desde su descubrimiento en 1961, está narrada en Roca y Vera (2003). Aquí tenemos una imagen de la misma, con su sencillo texto (foto tomada de esta página web, donde hay más información sobre la inscripción):

Lo curioso es que esta inscripción, que tiene un valor y una singularidad considerables, no está en museo alguno, sino que fue utilizada en la última y polémica reforma del Teatro Romano de Sagunto, como elemento decorativo. Según los autores del artículo, está puesta en tal sitio que resulta imposible distinguir las letras... En fin, sorprendente. Espero poder verla algún día.

En definitiva, unas inscripciones de gran valor que merecerían sin duda mayor atención. Una parte curiosa, e inesperada, del patrimonio romano en Valencia.

Bibliografía:
- Pereira, Gerardo (1979). Inscripciones romanas de Valentia. Diputación Provincial de Valencia.
- Roca Ribelles, F., y M. Vera Aleixandre (2003). En torno a la inscripción DEO-AURELI-ANO de Sagunto. Revista Arse 37, 125-131.

Última actualización: 19-2-17

The Columns of Palmyra

Constantinople is the city of porphyry, the purple-coloured marble that the emperors so much liked. Here can be found a high number of pieces made of this material, especially statues and sarcophagi, e.g. the famous Constantine sarcophagus. There are also many ancient porphyry columns that were reused to support and adorn the mosques of the Sultans, even the famous Topkapi harem. In the gardens of the Archaeological Museum, scattered in apparent disorder, fragments of this valuable material can be seen. Who knows? Perhaps some of these remains come from that room called 'Porphyrion', completely covered with this material, where the women of the Byzantine imperial family gave birth to their offspring, also known as 'porphyrogennetus'. Nowadays these stone fragments serve as a hiding place and habitat for the many cats that populate the museum and in fact any corner of the city, ancient or modern.
 
The first time I went to Istanbul, in 1990, I knew nothing about all this. In my memory, that great city remained as an amalgam of sensations in which were mingled the indescribable light of the Blue Mosque, at dusk, the motley, almost suffocating streets of the bazaar, and the boat trip to the Asian side. The grandeur of Saint Sophia, the spicy taste of food in those little restaurants in the old city and the apple tea served by the shop-owners, eager to sell you a leather garment or any other item for tourists.

When I returned to Istanbul in 2015, I knew many more things, though that did not make this second trip a better experience than the first. It just made it different. I knew that there were some magnificent mosaics that belonged to the old imperial palace. I knew that the columns and obelisks of the now-disappeared hippodrome could still be seen. I knew there were huge cisterns underground, and in one of them a Medusa turned upside down. I knew, too, that in some corner of Hagia Sophia there were some columns made of porphyry. And that somewhere in the city, one of those places where the streetcar passes, the porphyry Column of Constantine, often referred to as the 'burnt column' due to its current appearance, still stands.


We entered Saint Sophia in the early hours, when tourists had not yet invaded the place, which gave us the opporubity to contemplate its beauty completely undisturbed. Once again, as on that distant journey of my youth, I was again struck by this peculiar place. This time, moreover, I was looking for some particular detail, which added a new frame of mind to the mere diffuse curiosity of the tourist. I soon found the imposing porphyry columns, located around the apses.


They are old, worn-out columns, some of them protected by iron hoops along the shaft. But there they are, in this building which is the summary of an entire empire, with its marbles brought from the most varied corners of its vast territory for the sake of the Emperors' grandeur. It was Justinian who gave this temple its definite shape, a Christian temple which would later become a mosque after it fell into Ottoman hands.

The porphyry columns are indeed very ancient, much older than Justinian's church itself. Alaric Watson, in his extensive biography of Emperor Aurelian, tells us briefly the story of these columns, quoting Byzantine sources. A little-known story, which, I think, is worth remembering.
 

In 272, after a long and bloody war, Emperor Aurelian defeated Zenobia of Palmyra's army, thus putting an end to the so-called Palmyrean Empire, which had been challenging the supremacy of Rome in the East for years. Queen Zenobia was taken to Rome with her son Vaballatus, where they were exposed to public scorn in the celebration of the triumph. Aurelian decided not to punish the city of Palmyra, which was then given a new, unexpected opportunity to live on. However, the Palmyreans rebelled the following year against Rome, and this time Aurelian was not so magnanimous. Once the insurrection was suppressed, he ordered the destruction of the city, turning it into the set of ruins that we admire so much and that have recently undergone a new aggression, this time at the hands of the Islamic radicals.

Aurelian's troops plundered Palmyra before destroying it, as was common practice in antiquity. None of the buildings, including the temples, were spared. According to some ancient chronicles, Aurelian took with him some impressive porphyry columns, to use them for his new project: a temple dedicated to the Sun god in Rome, a divinity of Syrian origin of which he was a worshipper. According to ancient sources, the Temple of the Sun was located in the Field of Mars, and possessed all kinds of riches and ornaments, besides those majestic columns from Palmyra. A huge silver statue of Aurelian himself presided over the place, exotic elephant tusks adorned one of the naves of the sacred building.

At that time Rome was still a pagan city, and the empire authorities protected the places of worship dedicated to an increasing variety of gods. But it was another god from the East, that of the Christians, that would eventually rule over all of them. In the middle of the fifth century the city of Rome fell into the hands of Odoacer, an event that put an end to more than a thousand years of ancient Roman civilization. The following century, in one of those strange turns of history, the troops of another Roman emperor, this time from the Orient, conquered the city again. It is difficult to imagine in what state the ancient capital of the Empire was when Justinian's troops crossed its gates. The wars between Byzantines and Ostrogoths on Italian soil had further accentuated the long process of decay that had begun with the fall of the Western side of the Empire. The ancient temples were then looted. The first major centres of Christian worship, e.g. the basilica of St. John Lateran, began to be erected. Aurelian's  temple of the Sun was completely destroyed, and its columns were transported to Constantinople, the most flourishing city of those times, the capital of Justinian and many other emperors who maintained, in their own way, Rome's legacy. Justinian used these columns to give greater brilliance to his opus magum, by which he is still remembered: the remodelling and aggrandizement of Saint Sophia.

Such is the story of these porphyry pillars. From Palmyra to Constantinople, stopping at Rome, on a journey  thousands and thousands of kilometres long over a time-span of many centuries. There they are, still standing, welcoming countless tourists full of curiosity: the columns of Palmyra, of Aurelian, of the sun god, of Justinian. Of all.

Las columnas de Palmira

Constantinopla es la ciudad del pórfido, ese mármol de color púrpura que tanto gustaba a los emperadores. Se conservan buen número de piezas realizadas en ese material, sobre todo estatuas y sarcófagos, como el famoso sarcófago de Constantino; son muchas, también, las antiguas columnas de pórfido que fueron reutilizadas para sostener y adornar las mezquitas de los sultanes, incluso el célebre harén de Topkapi. En los jardines del Museo Arqueológico se encuentran, diseminados en aparente desorden, varios fragmentos de este apreciado material. ¿Quién sabe? Quizá alguno de esos restos proceda de aquella sala llamada 'Porphyrion', recubierta por completo de pórfido, donde las mujeres de la familia imperial bizantina daban a luz a sus vástagos, llamados por ende 'porfirogénetas'. Hoy en día esos fragmentos de piedra sirven de escondrijo y hábitat a los muchos gatos que pueblan el museo y cualquier rincón de la ciudad, antigua o moderna.

La primera vez que fui a Estambul, en 1990, yo no sabía nada de todo esto. Para mí esa gran ciudad quedó en el recuerdo como una amalgama de sensaciones en la que se mezclaba la indescriptible luz de la Mezquita Azul, al atardecer, las abigarradas, casi sofocantes callejuelas del bazar, la travesía en barco hacia el otro lado, el asiático, la grandeza de Santa Sofía, el sabor picante de la comida en aquellos pequeños restaurantes de la ciudad vieja y el té de manzana que te servían los comerciantes, ávidos de venderte una prenda de cuero o cualquier otro artículo para turistas.

Cuando volví a Estambul, en 2015, sabía muchas más cosas, aunque eso no convertía a este segundo viaje una experiencia mejor que la primera. Simplemente, lo hacía diferente. Sabía que se conservaban unos magníficos mosaicos que pertenecieron al antiguo palacio imperial. Sabía que podían aún contemplarse las columnas y obeliscos del ya desaparecido hipódromo. Sabía que había unas enormes cisternas en el subsuelo, y en una de ellas una medusa puesta boca abajo. Sabía, también, que en algún rincón de Santa Sofía había unas imponentes columnas de pórfido. Y que en un lugar de tantos, por donde pasa a cada rato el tranvía, se encuentra la Columna de Constantino, hecha también de pórfido, concida como la 'columna quemada' por su demacrado aspecto.


Nuestra entrada en Santa Sofía fue a primeras horas, cuando los turistas aún no habían invadido el lugar, y eso nos permitía poder contemplar en calma todos los rincones de aquel incomparable espacio. Una vez más, como ocurrió en aquel lejano viaje de juventud, me volví a quedar impresionado por aquel lugar tan peculiar. Esta vez, además, iba en busca de algo, lo cual añadía una nueva disposición de ánimo a la mera curiosidad difusa del turista. No tardé en localizar las imponentes columnas de pórfido, situadas en los ábsides.


Son columnas viejas, desgastadas. En algunos casos están protegidas por unos aros de hierro situados a lo largo del fuste. Pero allí están, en aquel edificio que es el resumen de todo un imperio, con sus mármoles traídos de los más variados rincones de su vasto territorio para mayor grandeza de los emperadores. Fue Justiniano quien dio forma definitiva a este templo, que luego se convirtió en mezquita cuando cayó en manos otomanas y que, según dicen, corre peligro de volver a serlo.

Las columnas de pórfido, efectivamente, son muy antiguas, mucho más antiguas que la propia iglesia de Justiniano. Alaric Watson, en su extensa biografía sobre el emperador Aureliano, nos cuenta brevemente el periplo de esas columnas, citando fuentes bizantinas. Una historia poco conocida, que, creo, vale la pena recordar.
El año 272, tras una larga y cruenta guerra, el emperador Aureliano derrotó al ejército de Zenobia de Palmira, dando fin al denominado Imperio Palmirense, que lleva años desafiando la supremacía de Roma en Oriente. Zenobia fue conducida a Roma junto a su hijo Vabalato, donde fueron expuestos al escarnio público en la celebración del triunfo. Aureliano decidió no castigar a la ciudad de Palmira, que tuvo así una nueva oportunidad de perdurar en el tiempo. Sin embargo, los palmirenses se rebelaron al año siguiente contra Roma, pero esta vez Aureliano no fue tan magnánimo. Una vez sofocada la insurrección, decidió destruir la ciudad, que fue definitivamente abandonada. Así quedó Palmira para siempre: como ese conjunto de ruinas que tanto admiramos y que hace poco sufrió una nueva agresión a manos de los radicales islámicos.
Las tropas de Aureliano se dedicaron a saquear la ciudad antes de destruirla, como era práctica común en la antigüedad. De ese saqueo no se libró ningún edificio, incluidos los templos. Según cuentan algunas, pocas, crónicas antiguas, Aureliano se llevó a Roma unas imponentes columnas de pórfido para utilizarlas en su nuevo proyecto: un templo dedicado al dios Sol, una divinidad de origen sirio de la que era devoto. Según narran las fuentes antiguas, el Templo del Sol estaba situado en el Campo de Marte, y poseía todo tipo de riquezas y ornamentos, además de esas majestuosas columnas procedentes de Palmira. Una enorme estatua de plata del propio Aureliano presidía el lugar; unos exóticos colmillos de elefante adornaban una de las naves del sacro edificio.

Por entonces Roma era aún una ciudad pagana, y las autoridades del imperio protegían los lugares de culto dedicados a un elenco cada vez más variado de dioses. Pero iba a ser otro dios venido de Oriente, el de los cristianos, el que acabaría imperando por encima de todos ellos, hasta desplazarlos. A mediados del siglo V la ciudad de Roma cayó en manos de Odoacro, en una acción que puso fin a más de mil años de civilización antigua romana. El siglo siguiente, en uno de esos extraños giros de la historia, las tropas de otro emperador romano, esta vez de Oriente, conquistaban de nuevo la ciudad. Resulta difícil imaginar en qué estado se encontraba la antigua capital del Imperio cuando las tropas de Justiniano cruzaron sus puertas. Las guerras entre bizantinos y ostrogodos en tierras italianas habían acentuado aún más el largo proceso de decadencia que había empezado con la caída del Imperio. Los antiguos templos eran saqueados, para sacar provecho de sus riquezas. En su lugar empezaban a aparecer los primeros lugares de culto cristianos, como la basílica de San Juan de Letrán. El templo del Sol, construido por Aureliano, fue destruido por completo. Sus columnas fueron transportadas a Constantinopla, la ciudad más floreciente de aquellos tiempos, capital de Justiniano y de una larga lista de emperadores que continuaron, a su manera, el legado de Roma. Justiniano utilizó esas columnas para dar más brillo a su obra magna, por la que aún es recordado: la remodelación y engrandecimiento de Santa Sofía.

Así es la historia de estas columnas de pórfido. De Palmira a Constantinopla, pasando por Roma, en un viaje de miles y miles de quilómetros a lo largo de muchos siglos. Allí están aún, en pie, dando la bienvenida a los innumerables y curiosos turistas: las columnas de Palmira, de Aureliano, del dios Sol, de Justiniano. De todos.

Monte Alma. Publicación.

Es difícil explicar lo que se siente como autor al ver la primera novela que uno escribe expuesta en el escaparate de una librería.


La novela, por cierto, puede también adquirirse a través de la página web de la editorial, Alupa.

El pasado 30 de septiembre tuvimos la presentación de Monte Alma en Valencia, en la Librería Bartleby. El acto fluyó de la mejor manera. Del numeroso público surgieron todo tipo de preguntas sobre la novela que animaron muchísimo la charla. Fue curiosa la tarea de firmar ejemplares, para mí completamente nueva.





Monte Alma

En cuestión de días se publica mi primera novela, Monte Alma, ambientada en tiempos de la antigua Roma (siglo III d.C.). Iré publicando en el blog información acerca de la novela: portada, presentaciones, etc.

También podéis seguir la información en la página de Facebook creada al efecto (link), o en mi dirección de Twitter:

@tadeuscalinca


Porfirogénitos. Relato breve.



PORFIROGÉNITOS
 
Autor: Tadeus Calinca

 Año 1002

Los gritos, los gritos, ¡tantos gritos! Los gritos recorren como un rayo los laberínticos pasadizos, rebotan sobre el mármol de las paredes y se cuelan en las estancias de palacio alcanzando los rincones más remotos, los triclinios, los atrios y capillas. Llegarán sin duda a oídos del prepósito y otros insignes personajes, del magistros y los guardianes, de los spatharios o protospatharios, de los ayudantes de cámara, los vestiarios, silenciarios y chartularios, de los parakoimomenos, cubicularios, primikerios o pinkernes, de todos y cada uno de los funcionarios y oficiales que pueblan el vasto palacio, ya sean eunucos o 'barbudos'. ¿Qué tardarán todos ellos en fruncir el ceño y acudir raudos a la fuente de tanto alarido?
―¡Venga, Irene, levántate! ―le dice su compañera, mientras la estira con ahínco de una pierna.
―¡No puedo!
―¡Vamos, arriba!
―¡No puedo! ¡Viene otro!
―¿Cómo dices?
La cabeza del segundo bebé asoma entre las piernas de la parturienta. Su compañera, esclava como ella, no sale de su asombro. Tenía la esperanza de que podrían salir de tan noble lugar con el niño en brazos y correr hacia las cocinas de palacio antes de que se descubriera tan inesperado acontecimiento. Tendrían el tiempo justo para borrar las manchas e inventar alguna excusa para tantos gritos. Pero la llegada del segundo niño, con sus propios berreos y su propia sangre, desbarata cualquier intento de disimulo.
"¿No había otro lugar para parir a estos gemelos?", se pregunta a sí misma la esclava mientras observa, impotente, cómo la segunda criatura lucha por abrirse paso hacia la luz. Tenía que ser aquí, en el lugar más augusto del inmenso palacio, en esta Sala que llaman de Pórfido por tener sus paredes y su suelo cubiertos de ese majestuoso material, tan raro, tan estimado por los emperadores, en este lugar reservado a las mujeres de la casa imperial, al que acuden para dar a luz a sus hijos, que nacen así rodeados de esa aura de grandeza que les da la púrpura. Es por ello que reciben el nombre de 'porfirogénitos', el más noble de los epítetos.
―¡Venga, Irene, un esfuerzo más! ―exclama con escaso entusiasmo, intentando convencerse de que aún es posible la huida.
La parturienta pone todo su empeño en acelerar el parto, consciente de las prisas, de su mala suerte, de esa extraña voluntad divina que ha querido que sea aquí donde sus dos gemelos vengan al mundo.
—Es una niña, Irene, mírala.
En el rostro de la joven madre se dibuja un esbozo de sonrisa mientras alarga los temblorosos brazos y acoge en su seno a la recién nacida, que no tarda en imitar al primogénito, que mama en silencio. "¿Qué hacer ahora?", se pregunta Irene, exhausta por el esfuerzo, sintiendo cómo los labios tiernos de los gemelos succionan con ansia sus pezones inexpertos. ¿Qué va a ser de todos ellos, de esta nueva familia nacida por casualidad en tan reservado lugar? ¿Qué pensará el emperador Basilio, aún sin hijos? ¿O su hermano Constantino, al que han nacido sólo hembras? ¿No pensarán acaso que esto es una provocación, una señal divina en su contra, un posible peligro para su dinastía? ¿No verán en estos accidentales porfirogénitos un desafío, una burla del destino? Irene mira a sus hijos en ese brevísimo momento de pausa que le permiten las circunstancias. Teme las posibles consecuencias de su infortunio, teme represalias nunca antes vistas ante hechos tan insólitos. Los niños, mientras tanto, hacen lo único que saben hacer: mamar sin pausa, clavar sus deditos en el pecho, mirar fijamente a los ojos de su madre. ¿Qué se preguntan mientras tanto? ¿Se hacen acaso alguna pregunta?
 Se oyen pasos provenientes del pasillo. La compañera de Irene, de pie frente a la parturienta, deja caer los brazos. Ya nada puede ocultar los hechos. Nadie las creerá cuando les digan que todo ha sido un accidente, que habían entrado allí, como cada mañana, a lavar las augustas piedras, a sacar brillo al pórfido, a dar lustre a los candiles, y que una vez en el centro de la sala su compañera Irene se ha echado en el suelo incapaz de detener el torrente de su propia naturaleza.
―¿Qué está ocurriendo aquí? —exclama una voz desde el umbral de la Sala— ¿Qué es todo esto?
Quien así habla es Mauricio, el prepósito, al que acompañan algunos eunucos de menor rango. Todos ellos miran atónitos la inesperada escena. Por suerte para las esclavas, a estas horas el emperador y gran parte de su séquito están de camino a Santa Sofía, y quizá en medio de las aclamaciones y los cánticos les haya resultado imposible escuchar los alaridos procedentes del parto. A Mauricio, uno de los eunucos principales, le hubiera encantado estar allí, junto a la pompa imperial, ver de cerca al Patriarca de Constantinopla, aspirar las sagradas fragancias y lucir con orgullo su pomposo título de praepositus sacri cubiculi, que tan a menudo gusta de recordar a sus subordinados.
—Esa mancha, limpiadla ―dice sin apenas levantar la voz—. Que no quede ni rastro.
Los eunucos, atentos a sus órdenes, deseosos también ellos de ascender en el complejo escalafón de palacio, obedecen de inmediato.
—Y vosotras ―dice a las esclavas sin apenas mirarlas—, salid de aquí ahora mismo.
Las mujeres envuelven con cuidado a los recién nacidos en un improvisado manto y se encaminan a la puerta. Los lacayos, mientras tanto, se afanan en fregar una y otra vez el suelo, borrando el más mínimo rastro de sangre. No les hace falta recibir órdenes precisas, pues saben que este es un lugar necesariamente impoluto, inmaculado, como esa cálida celda, ese lugar protegido y oculto en el centro mismo de las colmenas.
Las esclavas salen por fin al pasillo. Irene, que no ha recuperado del todo sus fuerzas, se apoya aún en el brazo de su amiga. Caminan juntas, en silencio, dejando atrás la púrpura de ese noble lugar que les es tan ajeno. ¿Hacia dónde caminan exactamente? ¿Qué suerte les espera a estos niños que acaban de nacer, a estos porfirogénitos por cuyas venas no corre sangre augusta, sino de siervos? ¿Quién pondrá freno a los rumores en este palacio imperial que tanto ama los rumores? ¿Guardarán el secreto los eunucos, tan amigos de las intrigas, tan interesados en los juegos de poder, en las disputas dinásticas y los equilibrios imposibles? Los recién nacidos, niño y niña, avanzan en brazos de su madre. Tienen la piel sonrosada y sus ojos, bien abiertos, brillan llenos de vida.


© Tadeus Calinca. 2016
Todos los derechos reservados
Nº de R.P.I: V-328-16

Monte Alma

Si todo va bien, mi primera novela aparecerá publicada en los próximos meses, quizá semanas. De momento, deciros que está escrita en castellano, que va de romanos (del inestable siglo III), y que se titula Monte Alma. Y podéis estar tranquilos: no es el típico tocho de mil páginas, ni mucho menos.

Seguiré informando.


El nom de Phoëbon

Eren els anys noranta i tenia al cap escriure un monòleg per al qual encara no tenia títol. Vaig acudir llavors a El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, en busca d'inspiració, i allà, entre tants i tants noms de tall poètic o monstruós en vaig trobar un parell acabats en "-on" la sonoritat dels quals em va agradar. Hui, retornat al llibre, els rememore: per una banda Fastitocalon, procedent d'un bestiari medieval; per altra el Mirmecoleon, d'origen aràbic. Crec recordar que aquests noms em van inspirar, en certa manera, el de Phoëbon.


Chantal Akerman

En octubre del año pasado fallecía la cineasta belga Chantal Akerman, cuyo nombre me era desconocido hasta hace semana y media, cuando oí hablar de su obra cumbre, Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975), película de más de tres horas de duración que me planteé ver como uno de esos retos, diciéndome a mí mismo: "a ver si logro llegar al final". Pues bien, después de verla hasta el final me doy cuenta de que, como muchos apuntan, es una verdadera obra de arte. También se ha apuntado alguna vez que es la primera obra maestra cinematográfica dirigida por una mujer, lo cual también merece una reflexión.
El cine de Akerman es sin duda personalísimo, vanguardista y experimental. Su primer corto, Saute ma ville (1968), que vi ayer en YouTube, bebe del cine experimental norteamericano, incluso me atrevería a decir, también, de esas Margaritas (1966) de la checa Vera Chytlova, otro referente en el mundo de las directoras de cine. En Jeanne Dielman percibo quizá la influencia de Rainer Maria Fassbinder, lo cual tampoco es de extrañar dada la época. El tratamiento estético y existencial de la protagonista tiene algo de esas mujeres tan particulares que retrató Fassbinder en películas como Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972). Los años setenta me tocan en lo personal, de ahí que sienta cierta predilección por películas hechas en aquellos tiempos con ganas de romper moldes. Jeanne Dielman rompe algún que otro molde. La recomiendo vivamente. Entre otras cosas, también, por la magistral interpretación de la actriz Delphine Seyrig en el papel principal.


Estrena d'Hipnosi

El dia 14 de juliol s'estrena a Barcelona Hipnosi, una peça curta que vaig escriure fa uns quants anys. Serà a la sala Teatre de l'Enjòlit, dins de l'anomenada Festa d'Estiu. El muntatge està dirigit per Elies Barberà i interpretat per les actrius Marina Busain i Núria Vilahur.

No cal dir que estic encantat amb la notícia.