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AGUA Y FUEGO - Relato histórico

 Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.

 AGUA Y FUEGO

 Autor: Tadeus Calinca

 Alejandría, diciembre de 48 a.e.c.

 ―¡Tira de la cuerda!

―¡Oído!

Cordo, a quince pies bajo el suelo, en el fondo de un pozo que ha ido excavando con sus compañeros de contubernio a lo largo del día, ve cómo asciende, pegada a la pared, la cesta cargada de fango.

―¿Has probado el agua? ―le gritan desde arriba―. ¿Es dulce o salada?

―¿El agua? Aquí no hay más que fango. ¡Si quieres bajas tú y la pruebas!

Tardarán unas horas en extraer el limo y conseguir que el agua, ahora turbia, se convierta en una sustancia que puedan atreverse a beber. Es el segundo pozo que excavan en los últimos días; el primero, que costó largas horas de esfuerzos, produjo un agua que dejaba en el paladar un frustrante sabor a sal.

―¡Sigue cavando, Cordo!

―¿Cuánto queda para el cambio de turno?

―Aún te queda un poco. ¡Ahí va la cesta!

A pesar del trabajo extenuante, y del sudor que rezuma por las piernas y aflora sin pausa a lo largo de los brazos, la cabeza y el torso, Cordo y sus compañeros saben que no hay alternativa si quieren seguir vivos. Las tropas alejandrinas, dirigidas ahora por Ganimedes, inhabilitaron hace días el acueducto que traía agua fresca al sector palaciego de la ciudad. Además, han conseguido contaminar con agua de mar los principales canales que nacen del río. El propio Julio César lo resumió en su último discurso ante los tribunos y centuriones de su ejército:

―Necesitamos encontrar agua potable cuanto antes. Si pensáis que podemos huir de Alejandría con nuestras naves, estáis equivocados: nuestros enemigos observarían sin dificultad nuestros movimientos y aprovecharían la indefensión de las murallas para atacarlas. Por no hablar de los vientos, que son contrarios.

A César lo acompañaba un alejandrino vestido a la manera de los filósofos. En medio del conflicto, quedaban aún algunos sabios que frecuentaban las largas galerías del Museion en busca de saber; los estantes seguían atiborrados de libros; las lecciones de los maestros, ahora menos concurridas que antes, no habían perdido del todo su aliento.

―Existen varias maneras de atajar el problema ―prosiguió César―. Por un lado, hemos empezado a utilizar la flota para alcanzar lugares cercanos de aprovisionamiento. Por otro lado, los soldados que no estén en el turno de guardia cavarán pozos en busca de agua dulce. No lo harán a ciegas, sino siguiendo un criterio lógico. He consultado a los sabios de Alejandría, que son los que mejor conocen su ciudad, les he preguntado sobre las aguas subterráneas y sus flujos naturales. Tengo a mi lado a Sosígenes, consumado maestro en astronomía y geometría. Buscaremos con su ayuda algún rincón de la ciudad en el que brote agua no contaminada. Así pues, ¡manos a la obra!

Ese mismo día, los ingenieros y agrimensores del ejército recorrieron la ciudad acompañados de Sosígenes; unos con los instrumentos habituales de su oficio, el otro con antiguos papiros que describían la ciudad de Alejandría en sus primeros tiempos, cuando los actuales edificios y avenidas eran poco más que un sueño en la mente de los Ptolomeos.

―En este lugar pueden empezar las prospecciones ―dijo con la convicción de un hombre de ciencia―. Si no damos con agua potable, lo intentaremos en las cercanías del Soma.

Desde entonces, los legionarios no han hecho otra cosa que clavar sus picos en el suelo de Alejandría y escarbar con denuedo sus entrañas.

Cordo sigue en la oscuridad del hoyo, los pies hundidos en el fango, las manos aferradas a una azada de mango largo que le permite sondear dónde se encuentra el suelo firme bajo sus pies. Según sus cálculos, le quedan solo dos cestas por rellenar antes de ascender por la escalera de cuerda y volver a la luz del día. Un último esfuerzo. Agachar el lomo en la penumbra, hundir la azada en el gua cenagosa, ver sobre la superficie turbia el reflejo sucio del cielo, apoyarse en la pared recién tallada, recordar mejores tiempos vividos en otros lugares, cerrar los ojos a cada golpe de la azada y transportarse con la mente a la ciudad de Roma: necesita los lugares limpios de la ciudad, los templos, las basílicas, las estatuas de bronce, las casas señoriales en las que entró cabizbajo, pues pertenecían a un estrato social superior al suyo, inalcanzable para él, refugiarse en el recuerdo de la piel desnuda, en el recuerdo de lo que parecía imposible y se tornó realidad, por mucho que aquí abajo, en el barro subterráneo de Alejandría, cualquier certeza se disfrace de espejismo. Acudir a las termas, limpiar el cuerpo, atenuar los músculos, y solo entonces, en esa limpieza que parece convertirte en un ser ligeramente ingrávido, acercarte a la persona amada para abrazar su cuerpo.

 

Desde lo alto de la muralla, Arsínoe contempla el viejo puerto de Eunosto. Durante la mañana ha inspeccionado a los soldados que se dedican a reconstruir lo que queda de la flota: barcazas medio hundidas, varadas en la orilla como peces moribundos, o viejas embarcaciones de guerra que los laboriosos marinos de la flota intentan devolver a la vida útil.

―Es importante reconstruir esos barcos antes de que lleguen refuerzos a César. No hay otra manera de vencerlo.

Las palabras de Ganimedes suenan como uno de esos cánticos ancestrales de los templos egipcios, repetitivos e interminables.

―La última escaramuza con la flota romana puso en evidencia nuestras carencias.

Las naves de César habían sido avistadas cerca de Quersoneso, en el lado occidental de Alejandría. Seguramente se dirigían allí en busca de agua, según se deducía de los informes de los espías. Ganimedes ordenó una salida de sus precarias naves para intentar interceptar al enemigo, o al menos impedir su avance. El resultado fue mejor de lo que él mismo esperaba, ya que las naves romanas se vieron obligadas a volver a la ciudad por temor a verse retenidas por vientos desfavorables. Los alejandrinos perdieron una nave en la confrontación, pero volvieron a puerto con cierta esperanza en sus fuerzas.

―Hoy mismo han empezado las obras de los nuevos astilleros en Eunosto. Trabajaremos de día y de noche para ponerlos a punto.

―Una idea excelente ―le responde Arsínoe, que durante todo el día ha recibido los saludos amables de la marinería, que ella ha devuelto con su sonrisa. Volver a Alejandría ha tenido para ella un efecto balsámico, por mucho que su puesto de mando se encuentre en la parte menos noble de la ciudad, en esa zona portuaria que nunca pisó en tiempos de paz. Mejor estar aquí que en los cuarteles del ejército, donde se palpa en el ambiente el resentimiento de una parte de los oficiales, los que eran afectos a Aquilas. Mejor este rincón humilde de la ciudad rodeado por un doble horizonte azul: el del mar y el del lago Mareotis.

―El fuego de la torre sigue encendido ―dice a Ganimedes, señalando la figura lejana de Faros―. ¿No se les acaba el combustible?

―Es probable que tengan para varias semanas. Sin duda, les interesa mantenerlo encendido para guiar a las naves que tanto esperan.

―La isla de Faros está en nuestro poder.

―Así es, a excepción de ese islote, donde se asienta la torre. Nuestra posición en Faros es débil: los romanos nos podrían atacar en cualquier momento, y nosotros tendríamos poca capacidad de respuesta.

A medida que avanza la tarde, la luz emitida por la torre se hace más visible en la lejanía; una imagen familiar para Arsínoe y para todos aquellos que, como ella, nacieron en Alejandría. En una ocasión, siendo niña, su padre los llevó al islote para que conocieran la torre. Ninguno de los hermanos podía imaginar las dimensiones reales de esa construcción hasta que pusieron sus pies en la rampa de acceso y miraron hacia lo alto. Arsínoe iba cogida de la mano de su hermana mayor, Cleopatra, y no se separó de ella en ningún momento, asustada por un entorno tan gigantesco; se aferró aún más a su hermana cuando alcanzaron la primera terraza y se asomaron al precipicio que se abría desde esa altura, donde unas enormes estatuas de bronce, que representaban desconocidas criaturas marinas, se asomaban al vacío desde cada una de las esquinas. Por suerte tenía a su hermana Cleopatra a su lado. Junto a ella subió la rampa que llevaba a la terraza superior, y en ese último tramo del ascenso empezó a escuchar el rugido de las llamas, que no hizo sino aumentar a medida que subían. Una vez devueltos al exterior, vieron en lo más alto la poderosa estatua de Poseidón, y bajo él, rodeadas de columnas que formaban un círculo, las llamas enfurecidas y el humo que ascendía al cielo sin pausa. Arsínoe se asomó tímidamente, con una mezcla de temor por las alturas y las llamas y de admiración al poder contemplar la gran ciudad que se extendía a lo largo de la costa. A su lado estaba Cleopatra, que le sonreía y le acariciaba el cabello para tranquilizarla.

Tienen que luchar contra César, ocupar el islote con su torre, apagar de una vez por todas el fuego.

© Tadeus Calinca, 2020.

Todos los derechos reservados.

 

ALEJANDRO - Relato histórico

Nota: este relato forma parte de Historia de Cordo, novela por entregas. Orden de lectura.  

ALEJANDRO

Autor: Tadeus Calinca

Costa de Cilicia, año 63 a.e.c.

Cunde entre los marineros una primera alegría de llegar a puerto, desembarcar las mercancías y someterse de nuevo al peso de la tierra, oliéndola.
―¿Es Tarso? ―pregunta la pequeña Mariam, contemplando el mismo horizonte.
La acompaña su hermana menor, Alejandra. Juntas han esquivado las cuerdas y aparejos de la cubierta hasta alcanzar la proa, donde Alejandro, pensativo, las ve llegar. A menudo, durante la travesía, Mariam se le ha acercado con lágrimas en los ojos buscando un abrazo.
―Sí, es Tarso ―dice, invitándolas a mirar más allá del mar plateado.
Alrededor de ellos se escuchan cánticos alegres; los marineros, más animados que nunca, despliegan la vela con gestos acordes o se aprestan a mover los remos como si estos, en vez de madera, fueran de aire. De vez en cuando miran, llenos de curiosidad, a las princesas de Judea.
Alejandro tiene pocos motivos de alegría. Su padre, Aristóbulo, muestra en sus muñecas las heridas que le han causado los grilletes; cuando leguen al puerto, volverán a encadenarlo. Es el único de la familia que recibe tal castigo; Alejandro, el hijo mayor, se libró del mismo. Quizá lo consideren un niño. Quizá lo sea. Son, en suma, una triste familia de cautivos, acostumbrados antaño a la vida en palacio, a los eunucos y su voz aguda y falsa, a los cortinajes de lino y oro, al olor a pétalos, a sándalo e incienso.


Arribados a Tarso, se diluyen entre la masa gris que parece invadir la ciudad. Los soldados forman bajo el sol, pero no tardan en romper filas y correr, alados, a lugares en penumbra donde gastarán su parte del botín. Otros, menos afortunados, hacen guardia.
Mariam, una vez más, se abraza al cuerpo de su hermano. Alejandra camina de la mano de su madre; también Antígono, abrumado por la ciudad ignota y su puerto de piedras grises y húmedas. ¿Dónde están ahora los delfines?, se pregunta añorando a los que fueron, durante el viaje por mar, sus mejores aliados.
Aristóbulo ha sido devuelto a sus cadenas, y con ellas camina, cabizbajo, como la sombra de un rey.

Unos días después, la ciudad de Tarso retorna a su anterior calma. El general Pompeyo ha continuado camino hacia el Ponto, por ruta terrestre. Antes de partir hizo una breve visita a Aristóbulo y su familia. Lo miró como quien mira a uno de tantos reyes depuestos, impaciente por llegar a Aminto y ver, con sus propios ojos, el cuerpo embalsamado de su gran rival, Mitrídates.
Un último vistazo a las hijas e hijos del rey y su belleza triste. Una mirada a Alejandro, un pensamiento fugaz de que quizá el primogénito del rey debiera ser encadenado, pues su cuerpo es ahora más firme y robusto que cuando lo vio por primera vez en Judea. Pero no hay palabras, ni nuevas órdenes.

Pasan los días. A Alejandro le es permitido, en ocasiones, pasear por la ciudad. Lleva de la mano a su hermana pequeña, que despierta el amor inmediato de los transeúntes. Se les acercan los judíos de Tarso, y estos les hacen llegar sus sueños, sus eternos lamentos, sus deseos de revolución.
―Alejandro, serás rey de Judea ―le dice un viejo que se ha puesto en pie a su paso.
Mariam le aprieta la mano a Alejandro, señalando un juguete de madera entre cestas de mimbre, hace visible su sueño de niña sin atreverse a hablar a la sombra de los soldados.

La nave está preparada en el puerto. Los llevará a Roma, donde serán recluidos en espera de Pompeyo.
―Tenedlo todo preparado para mañana ―les dice el tribuno con escuetas palabras.
Alejandro eleva la mirada, respira hondo. Ha escrutado las calles de Tarso, y se ve capaz de guiarse por ellas. Conoce bien a sus guardianes, sabe dónde están sus puntos débiles y cómo zafarse de su vigilancia, a menudo relajada. Se despide de su hermano Antígono, se abraza a su hermana Mariam y a la pequeña Alejandra. Se acerca sin palabras a su madre, que no necesita palabras para comprender, pero evita el último abrazo con su padre, pues no sabe si con su fuga acrecienta el peligro para su familia, pero qué más dan esos temores, se dice a sí mismo, si ya lo han perdido todo y vagan como esclavos por un mar que pertenece a Roma.
Saldrá de Tarso como un fugitivo, recorrerá Cilicia en dirección a Siria y a Judea. Hablará con los que son de su religión. Buscará su alianza, los unirá a su causa como soldados. Esa es su idea abstracta, su deseo primario de libertad.
Ya en campo abierto su cuerpo parece aligerado. Lágrimas de miedo, de adolescencia, acompañan su rápida carrera. En la lejanía, acémilas y rebaños; más cerca, los rostros fugaces de los labriegos.


Judea, 61 a.e.c.

Una nueva ciudad, en la que aún no lo conocen. Puede por tanto pasear anónimo por el mercado y escuchar la voz de la gente.
Ha llegado Mauro, dicen. Trae noticias frescas de Jamnia. Escuchémoslo.
Los transeúntes forman un círculo a su alrededor. Le traen un ánfora de vino, que Mauro acoge como el mejor premio. Lleva un buen rato hablando, ante la atenta mirada de niños y mayores.
Es un poeta, dicen.
―Sí, queridos amigos, esas cosas cuentan desde Roma ―dice Mauro, animado por la frescura del vino―. En el segundo día de su triunfo, Pompeyo mostró el cetro de Mitrídates, y su trono, todo ello de oro macizo, y eran incontables las carretas que transportaban las armas capturadas y las proas de los barcos, y tras ellos venían los cautivos, vestidos con las ropas de sus naciones. Nunca antes se había visto semejante desfile por las calles de Roma. Allí estaban los sátrapas vencidos por Pompeyo, y los hijos de los reyes, caminando como súbditos ante los ojos sorprendidos de los romanos: entre ellos Tigranes, hijo del rey de Armenia, y Zósima, esposa de ese mismo rey, y también los hijos de Mitrídates, cuyos nombres he aprendido de memoria: Artajerjes, Ciro, Oxatres, Darío y Jerjes, y sus hermanas, Orsabaris y Eupatra. No menos lánguido caminaba Artoces, que fuera rey de la Cólquide, y junto a él los tiranos de Cilicia y las reinas de los escitas, y también Menandro de Laodicea, que había dirigido la caballería de Mitrídates y ahora caminaba como un mero soldado desarmado. Tras él los rehenes enviados desde Iberia y Albania.
Mauro hace una breve pausa, que hace patente el silencio que lo rodea.
―Por último Aristóbulo, que fue en su día rey de los judíos y era mostrado ahora como un preso encadenado. Detrás de ellos venía el carro triunfal, cubierto de gemas y oro. Dicen que Pompeyo llevaba puesto un manto que perteneció a Alejandro Magno y que encontraron en la isla de Cos entre las posesiones de Mitrídates. ¿Quién no iba a creerlo al ver al general resplandeciente entre laureles?
Tras una nueva pausa, Mauro retoma la narración.
―No quiso Pompeyo manchar de sangre su día de gloria. Ni siquiera Tigranes fue ejecutado. Tampoco Aristóbulo. Ahora ambos permanecen en algún oscuro rincón de Roma, alejados de su patria. Así fue el triunfo de Pompeyo, el tercero en su cuenta. Con este se completa su círculo de victorias, la primera en Libia, la segunda en Europa, la tercera sobre Asia, uniendo así el mundo entero bajo el peso de sus legiones.

© Tadeus Calinca, 2020.
Todos los derechos reservados.

Página en Facebook

He creado una página de Facebook dedicada a mi faceta literaria, en la que iré actualizando información sobre novedades, presentaciones, etc. Este es el enlace: Tadeus Calinca.

También en este blog, que ya tiene sus años, iré publicando esas noticias a medida que se produzcan. Esperemos que haya noticias.

Mi definición de novela histórica

No me gustan mucho las definiciones, pero ahí va mi propuesta:

La narrativa histórica es el desarrollo literario de una hipótesis no demostrable, y tampoco refutable, sobre una determinada época o personaje histórico.

Vayamos por partes:

¿Qué es una hipótesis no refutable? Imaginemos, por ejemplo, que digo la siguiente frase: "El rey hitita Tahurwaili era pelirrojo". Seguramente no podré demostrar la veracidad de ese aserto, pero tampoco nadie podrá demostrar que es falsa, es decir, refutarla.

¿De qué serviria una frase de ese tipo en el terreno de la ciencia histórica? De muy poco, o más bien de nada. Sería una afirmación gratuita, o un ejemplo de 'hablar por hablar'. Sin embargo, esa irrefutabilidad es el principal factor que genera ficción histórica.

Porque al fin y al cabo somos humanos, y nos gusta la ficción.

En una novela, el autor o autora nos está proponiendo personajes y situaciones basados en la historia, pero no como una tesis de hechos contrastados sino como un relato unitario basado en afirmaciones. Su idea, su hipótesis, se convierte en idea literaria. En el discurso histórico científico, en cambio, se apuntan varias teorías, se evalúa la veracidad de las mismas y se contrstan los datos existentes.

Hace unos siglos, los historiadores se dedicaban sobre todo a construir relatos históricos llenos de afirmaciones y dotados de una lógica interna que parecía justificar el conjunto. Hoy en día, los historiadores, al menos los serios, trazan un esquema interpretativo que puede servir para reconstruír aproximadamente el pasado. Expresan dudas, exponen alternativas, tratan los datos con minuciosidad y precaución.

Pero yo no soy historiador. Cuando escribo ficción histórica me nutro del trabajo de los historiadores y luego elaboro mis propias hipótesis creativas y construyo, si puedo, mi relato.

Taq Kasra

¿Quién se acuerda hoy de Ctesifonte?

Sus ruinas, que pueden verse aún a orillas del Tigris, son un reflejo lejano de la antigua grandeza de esta ciudad, que durante siglos fue la capital de los reyes persas de la dinastía sasánida. En su momento de máximo esplendor (siglo VI - principios del VII) llegó a ser, según cuentan algunos autores, la ciudad más poblada el mundo (enlace). En realidad, los únicos restos que se conservan pertenecen al que fue en su día el palacio de Cosroes (Taq Kasra). (foto: Wikimedia Commons.)


La decadencia de Ctesifonte empezó a mediados del siglo VII, tras la conquista árabe y la fundación de Baghdad, la nueva capital. Ctesifonte fue perdiendo importancia hasta quedar completamente abandonada. Ya en el siglo X no era más que un conjunto de ruinas de donde se sacaban materiales de construcción para la nueva ciudad. Algunos poetas persas, como Khaqani (siglo XII), se inspiraron en esas ruinas para componer algunos de sus poemas.

¿Por qué hablo de todo ello en este blog? Muy sencillo: la acción de mi novela Principes Mundi empieza precisamente en ese lugar, en Ctesifonte.

Alejarse hacia el centro

Mi primera novela, Monte Alma, empezaba en un lugar de Siria. La segunda, Principes Mundi, en Mesopotamia. La tercera, si alguna vez la escribo, empezará en Persia. Da la sensación de que con cada novela me alejo un poco más de Occidente. O más bien me voy acercando a otra cosa, a un punto de confluencia entre continentes, al centro geográfico entre África, Europa y Asia, o si lo prefieren del Viejo Mundo, o Afro-Eurasia, que no parece tan viejo. A ese centro geográfico en el que converge el mundo antiguo se aproxima lo que escribo. Sin haber hecho cálculos geométricos ni haber encontrado información exacta al respecto, sitúo ese punto de confluencia en Irán. Allí quiero ir. Como viajero, como escritor.
 

Miniatura persa de la dinastía safávida (1501-1736), pertenecientes a The David Collection, Copenhage. Enlace.

Presentación de Principes Mundi

El pasado dos de marzo presentamos en la librería Fan Set de Valencia mi segunda novela, Principes Mundi. Una ocasión perfecta para pasar un buen rato hablando de la antigua Roma, de literatura y de asuntos diversos. A destacar la labor del escritor y periodista Xavier Aliaga, que actuó como presentador. El acto transcurrió de la manera más amena y fluida. Sin duda, Fan Set fue el lugar perfecto para presentar el libro. Ahora solo falta que los lectores empiecen la lectura y vayan opinando. Empieza de verdad la vida de Principes Mundi.

Mientras tanto, voy tomando notas para mi tercera novela, para la que aún no tengo título. Leyendo libros, consultando obras de referencia, creando personajes y situaciones. En principio, mi idea es escribir un total de cuatro novelas. ¿Será así finalmente? El tiempo lo dirá. 

Aquí unas fotos de la presentación:









PRINCIPES MUNDI

Dentro de bien poco sale a la luz mi segunda novela. Se titula Principes Mundi y, al igual que la primera, va de romanos. Próximamente anunciaré fecha y lugar de la presentación.

De momento, aquí tenéis la imagen de la portada. Espero que os guste.


Petitiones y rescripta: la voz de las mujeres en la antigua Roma.

No conviene hacerse demasiadas ilusiones en cuanto al papel de las mujeres en las sociedades antiguas, incluida la romana. El cuadro es bien conocido: invisibilidad social, imposibilidad de desarrollar una carrera en la política, en el ejército o en los negocios, limitaciones en el acceso a la educación y la cultura, y un largo etcétera.

A esa evidente discriminación que sufrían las mujeres de entonces (y que siguen sufriendo, en mayor o menor medida, muchas mujeres de hoy en día), hay que sumarle una discriminación adicional, mucho más sutil: la de cómo, en los siglos posteriores, se ha interpretado el papel de las mujeres en la Roma antigua. En esto ha habido diferentes modas. Una de ellas la empezaron autores como Suetonio, en edad antigua, y la siguieron, en tiempos más modernos, autores como Robert Graves. Consiste en presentar a las mujeres del entorno imperial como seres necesariamente malignos, conspiradores, desalmados, sin matices. La novela I, Claudius, de Graves, seguida años después por la famosa serie televisiva, encumbró a personajes como Livia, Mesalina y Agripina, esquematizando un tipo de comportamiento que no hace sino desvirtuarlas como personas.

Por suerte, los historiadores que analizan el papel de la mujer en la Roma antigua son capaces (en general) de huir de estereotipos y generalizaciones. En los últimos tiempos se han producido avances relevantes, y sobre todo rigurosos.

Acabo de leer un libro maravilloso: Lives behind the Laws. The World of the Codex Hermogenianus, de Serena Connolly (2010). De entrada, leer un libro dedicado a algo de sonoridad tan abstrusa y recóndita como el Código Hermogeniano parece poco atrayente; suena a siglo XIX, a recopilación de leyes, a intentos de palingenesia, a Justiniano, a derecho romano en su dimensión más rancia. Sin embargo, el libro me ha parecido fascinante. Y, al menos indirectamente, nos habla de las mujeres de Roma, tan anónimas, tan acalladas en el discurso oficial o en las fuentes antiguas.

Buena parte de lo que conocemos como derecho romano se basa en los edictos, epistulae y constitutiones de época imperial, en muchos casos reelaboraciones y adaptaciones de leyes más antiguas. Ocupan también un lugar destacado los rescripta, o rescriptos, que fueron recopilados por primera vez en tiempos de Diocleciano (finales del siglo III). Se conocen dos códices principales: el Gregoriano y el Hermogeniano, aunque los conocemos sólo parcialmente, gracias a que fueron utilizados extensamente en volúmes de jurisprudencia de épocas posteriores.

La pregunta es obligada: ¿qué son los rescriptos? La respuesta es muy simple: un sistema por el que los habitantes del Imperio podían dirigirse directamente al emperador para exponerle sus casos relacionados con la justicia. El emperador, o más bien su equipo de asesores en materia jurídica, agrupados en el scrinium libellorum, contestaban esas peticiones en forma escrita mediante los rescriptos, que eran expuestos en público y copiados en los archivos oficiales. El sistema funcionó de manera continua durante varios siglos, ofreciendo a los habitantes del Imperio una oportunidad para ser escuchados por la más alta instancia judicial, que no era otra que el propio emperador.

Y bien, ¿qué tiene que ver esto con las mujeres? Según las fuentes consultadas por Serena Connolly en su libro, se calcula que el 25% de esas peticiones fueron escritas por mujeres. Por desgracia, no se conservan las petitiones, pero sí los rescripta, es decir, las respuestas, y en ellas se explica el caso y se dan las correspondientes directrices. Se conservan cientos de ellos. Tratan de los más diversos asuntos: cuestiones relativas a divorcios, a la posesión de bienes, incluso a determinados negocios detentados por mujeres. Llevo años documentándome sobre el mundo romano y nunca hasta ahora había visto un ámbito en el que pudiera escucharse de manera tan directa su voz.


Los rescripta no eran ni mucho menos la única manera de establecer justicia en el mundo romano. Existían diversos tipos de jueces y tribunales, y a ellos podían acudir los ciudadanos para dirimir sus disputas. Alrededor de los litigios se movía un importante colectivo de abogados, notarios y escribas que resultaban imprescindibles para llevar a buen fin las acciones legales. Todo eso costaba caro. De hecho, muy caro. Tanto, que en al práctica el acceso a la administración de justicia quedaba reservado al segmento más pudiente de la sociedad, que podía permitirse esos gastos. ¿Qué opciones le quedaban a la resto de la población? Podían elevar sus peticiones a los gobernadores provinciales en espera de respuesta; también, como veníamos diciendo, podían dirigirse al emperador. Lo soprendente del caso es que, generalmente, solía responder.

Las personas que utilizaban el recurso de las petitiones pertenecían en general a esa población que podríamos definir como 'clase media', sin recursos suficientes para permitirse una acción legal por medio de abogados. Eran más o menos esa masa anónima que no suele tener voz propia en los libros de historia. A ella, por definición, pertenecían muchas mujeres de la antigüedad. Es así como, de esta manera indirecta y casi milagrosa, nos ha llegado su voz. No su imagen esculpida en mármol, ni el relato que de ellas se hizo en la literatura y en la historia, sino su propio testimonio, o lo que puede rastrearse del mismo.

Así es, en resumidas cuentas, lo que se cuenta en ese libro. He mostrado los hechos de manera esquemática, dada la brevedad del artículo. En realidad, el mecanismo de los rescripta es más complejo, y hay que entenderlo bien en su contexto. Por lo demás, me quedan lecturas por hacer acerca de este interesante asunto (Tony Honoré, Simon Corcoran, Fergus Millar, entre otros). Lo haré próximamente.

Monte Alma. Publicación.

Es difícil explicar lo que se siente como autor al ver la primera novela que uno escribe expuesta en el escaparate de una librería.


La novela, por cierto, puede también adquirirse a través de la página web de la editorial, Alupa.

El pasado 30 de septiembre tuvimos la presentación de Monte Alma en Valencia, en la Librería Bartleby. El acto fluyó de la mejor manera. Del numeroso público surgieron todo tipo de preguntas sobre la novela que animaron muchísimo la charla. Fue curiosa la tarea de firmar ejemplares, para mí completamente nueva.





Monte Alma

En cuestión de días se publica mi primera novela, Monte Alma, ambientada en tiempos de la antigua Roma (siglo III d.C.). Iré publicando en el blog información acerca de la novela: portada, presentaciones, etc.

También podéis seguir la información en la página de Facebook creada al efecto (link), o en mi dirección de Twitter:

@tadeuscalinca


Monte Alma

Si todo va bien, mi primera novela aparecerá publicada en los próximos meses, quizá semanas. De momento, deciros que está escrita en castellano, que va de romanos (del inestable siglo III), y que se titula Monte Alma. Y podéis estar tranquilos: no es el típico tocho de mil páginas, ni mucho menos.

Seguiré informando.


La Dàcia: conquesta i pèrdua

La Columna Trajana de Roma, tan popular entre els turistes, tan fotografiada des de tots els angles, commemora un dels episodis més notables de la llarga història romana: la llarga guerra de conquesta de la Dàcia. Eren les primeries del segle I d.C. Les fronteres de l'Imperi s'havien eixamplat com mai abans i les legions posaven ordre en les innumerables províncies. L'emperador Trajà, però, no tenia prou amb això i va decidir llançar les seus legions en la que fou la darrera gran campanya de conquesta de l'Imperi.

La història és ben coneguda: durant segles ha estat glossada per historiadors i escriptors de tota mena. El propi Trajà es va encarregar de preservar-ne la memòria de la manera més monumental, encomanant-li al seu arquitecte favorit, Apolodor de Damasc, que construira a Roma un nou fòrum imperial, més grandiós que els anteriors, tot ple d'estàtues del propi emperador i rematat per una basílica com mai se n'havia vist abans i una columna que reflectira la gran gesta. Hui dia queda poc del fòrum i la basílica. S'ha perdutr també el llibre anomenat Dacica on es narraven els fets amb paraules, però ens queda encara eixa columna plena de petits soldats i petites gran batalles.


Entre els escriptors que han recollit aquells fets antics està el gran Santiago Posteguillo. L'altre dia vaig fer la meua visita anual a la Fira del Llibre de València i vaig aprofitar per comprar-me (signat per l'autor) un exemplar de Circo Máximo, on es parla, entre altres coses, de la conquesta de la Dàcia, i tot allò de memorable que hi va haver, inclosa la construcció d'aquell llegendari pont sobre el Danubi, obra també d'Apolodor.

Com deia, eren els temps de major glòria i autoconfiança de l'Imperi. No és d'estranyar que els escriptors li dediquen llargues pàgines. El que no ha obtingut tant de ressò és la segona part de la història, molt més fosca i oblidada. Era l'any 270. En plena època de crisi, l'emperador Aurelià, un dels grans generals de la història romana, va decidir desmantellar la província de la Dàcia i retirar les tropes cap a Moèsia. Aquets episodi és poc conegut. No el commemora cap estàtua ni cap llibre. Però té valor literari, sens dubte. Jo me'n faig ressò en la meua novela.

Burton and Speke: breve reseña

El otro día hablaba de la novela Burton and Speak, de William Harrison. Ahora, una vez leída, llega el momento de reseñarla.

A pesar de que el libro trata un tema tan novelesco y romántico como es el de las exploraciones por tierras africanas en el siglo XIX, el autor se aleja por completo de toda exaltación del héroe o de la proeza. Además, ni siquiera persigue construir profundos análisis psicológicos ni grandes entramados dramáticos. Los párrafos son breves, casi cronísticos; en ellos se narran con toda riqueza de detalles las vivencias de Richard Burton y John Speke, como si se tratara de un informe o una memoria; si queremos bucear en su mundo interior lo tenemos que hacer a través de las breves pinceladas que se nos ofrecen de cuando en cuando. Los personajes actúan. El escritor narra. Debo confesar que los primeros capítulos me resultaron algo farragosos. ¿Qué tenía delante, unos meros anales, un diario en forma de novela? Seguí leyendo a pesar de todo, y me di cuenta de que, poco a poco, la narración se afianzaba y los personajes iban adquiriendo sentido. Hacia la final, la novela alcanza un grado sublime. Lo sabía por la película, que no es más que un fiel reflejo de ese crescendo que acaba atrapando al lector. Qué difícil debe ser abstraerse de toda tentación estilística, de toda trascendencia, y elaborar un producto aparentemente plano que encierra en su interior una inesperada joya literaria. Lo supo ver Bob Rafelson cuando decidió hacer una película basada en la novela. Y lo hizo a lo grande, captando de la manera más sutil los diversos matices de la narración. Ser trascendente en el párrafo breve, en la narración más humilde. Narrar, sin más. Dejar que el lector construya, o reconstruya. Pensar que el lector es también un elemento activo en el proceso. Ser capaz de construir un drama humano sin que a penas se note el artificio literario.
Por último, destacar que la novela tiene detrás un fabuloso trabajo de documentación. El autor de embebió por completo de ambos personajes e indagó hasta el más minúsculo detalle de sus vivencias. Quizá por eso fue capaz de escribir un libro tan fluido y equilibrado. Diría que a veces la grandilocuencia sirve para esconder deficiencias: una documentación escasa, una insuficiente inmersión en los personajes. Nada de eso ocurre en Burton and Speke. Recomiendo su lectura (es una pena que el libro sea tan inencontrable), y también recomiendo la película subsiguiente, The Mountains of the Moon.