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Un lugar de Cerdeña

El paisaje es de una belleza antigua, o así le parece al viajero que transita por la estrecha carretera que bordea el sotomonte y se abre, en algunas curvas, a un valle de prados verdes punteados por rocas y lejanas ovejas que parecen buscar el sol entre las sombras. Pero es en las hondonadas cuando el coche parece sumergirse en la tierra ondulada de Cerdeña, y se percibe entonces en mayor medida la esencia rural, casi mágica, del territorio. Unos apriscos se abren camino entre la pared de roca, como si quisieran robarle el espacio; en otras cuevas se almacenan balas de heno ante la atenta mirada de rebaños y perros guardianes.

Así es el trayecto entre Ploaghe y Nulvi, en la provincia de Sassari, dictado por ese azar moderno y relativo que proporciona la navegación por satélite.

A poca distancia de Nulvi, después de atravesar la estrecha calle que cruza el pueblo, se ve a lo lejos una colina coronada por una ermita. El viajero no tarda en encontrar un cruce de caminos indicado por una señal metálica y vetusta que apenas puede aguantar los envites del viento. De manera concisa, este letrero inclinado indica el camino que lleva a la ermita, conocida como la Madonna di Monte Alma.


Los lectores de este blog quizá sepan que mi primera novela se titula, precisamente, Monte Alma. Se trata, eso sí, de una casualidad, ya que el lugar que aparece en la novela es una pequeña cordillera situada junto al Danubio, en la actual Serbia. Su nombre en tiempos de la antigua Roma era Mons Alma, pero ahora se la conoce como Fruška Gora.

La coincidencia de los topónimos me trajo a este rincón de Cerdeña, aunque fuera solo para echar un vistazo y hacer la correspondiente foto. Monte Alma (la novela) fue publicada en 2016 y está actualemente descatalogada, ya que la editorial que la publicó echó el cierre hace poco, siguiendo un destino habitual para las editoriales pequeñas que intentan, con su buen trabajo y su aporte de calidad, sobrevivir en al arduo mundo de la edición (enlace a la noticia). Espero que algún día Monte Alma vuelva a ser publicada por alguna editorial.

Mientras tanto, bienvenidos sean estos viajes que se adentran en la historia y van al corazón de mi creación literaria. ¿Qué haría yo sin ellos?

Directorio (III): Bizancio

Selección de hilos de Twitter en los que he tratado cuestiones relativas al Imperio Bizantino, entendiendo como tal la porción oriental de Imperio Romano desde el año 476 EC (caída del Imperio Romano en Occidente) hasta 1453 (caída de Constantinopla).
 
- Narses, general a las órdenes de Justiniano.
- El emperador Heraclio en un retablo del siglo XV.


- Moneda del emperador Heraclio. DEVS ADIVTA ROMANIS.
- Constanza de Hohenstaufen, una emperatriz bizantina en Valencia.
- Fetih. Constaninopla, 1453. ¿Conquista o caída?

- Ilustración del siglo X (renacimiento macedónico): David tocando la lira.


- Piezas textiles (tardorromanas o bizantinas) en el Museo de Dumbarton Oaks y en el MET.


- Simeón el Loco, asceta.

Obras de arte traídas a Venecia desde Constantinopla en la Edad Media:
          - Plaza de San Marcos:
                      - Estatua de los tetrarcas.
                      - Columnas y relieves bizantinos.
                      - Fragmento de columna de pórfido.
          - Basílica de San Marcos:
                      - Estatua de Justiniano.


                      - Los caballos de San Marcos.

Actualizado el 7-1-21.

La estatua de Justiniano y Twitter

Cada día utilizo más Twitter, sobre todo desde que se aumentó el límite de caracteres y se facilitó la creación de hilos en los que se engarzan varios tuits. Me gusta el formato, ya que te obliga a ser breve y conciso, y te aleja de divagaciones. Se ha acuñado incluso el concepto de tuiteratura, y existen ya algunos ejemplos notables. ¿Escribiré algún día literatura en formato tuit? No lo descarto.

A fecha de hoy, mi hilo de Twitter que ha conseguido mayor difusión es uno que escribí hace unos días, mientras me hallaba de viaje por Italia y Eslovenia. Tiene que ver con una escultura de pórfido en la basílica de San Marcos de Venecia y la extraña manera con la que di con ella. Aquí tenéis el enlace a ese HILO. ¿Podríamos llamarlo tuiteratura de viajes? Quién sabe. ¿El hecho de ser tuitero te hace viajar de otra manera? ¿Dónde empieza el viaje? ¿Dónde acaba el relato que construímos acerca de ese viaje?

 
Procedencia de la foto: enlace.

Lo cierto es que el concepto de escritura y de lectura se está transformando a gran velocidad. Los blogs parecían el gran invento hace diez años y ahora parece que tendemos a formas más breves y ágiles de difusión literaria y de conocimiento en general. Es muy bonito formar parte activa de este proceso en eterno desarrollo.

El cometa

El dia u d'abril de 1997, el cometa Hale-Bopp va arribar al seu periheli, és a dir, el punt de màxima aproximació al sol, i per tant de major visibilitat. Això ho sé ara, perquè ho tenim tot a Internet, a Wikipèdia, on podem consultar dades exactes, llegir explicacions tècniques i contemplar fotos ilustratives. Però en aquells temps tot era més vague.

Durant aquells dies, aprofitant les vacances de pasqua, em trobava per terres de Soria, i va ser allí, en un d'aquells camps inacabables, en una clara nit de primavera, quan vaig vore quasi sense esperar-ho la intensa llum del cometa i la seua cua que semblava difuminar-se en el cel nocturn. Ni tan sols tinc fotos d'aquell moment, ja que eren altres temps, els de viatjar de manera imprecisa, els de no tenir una càmera per a cada moment (la foto l'he trobada en una pàgina web: enllaç).


Ara, revisant les poques fotos d'aquell viatge, sé que va ser l'any 1997, i he recordat que aquell cometa era, efectivament, el Hale-Bopp. La resta, buscar informació per Internet i lligar caps.

Fa més de vint anys de tot això. En falten encara uns milers perquè torne entre nosaltres el cometa.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (3): Las estatuas.

La región de Südtirol, llamada en italiano Alto Adige, o conocida también como Provincia de Bolzano, fue anexionada por Italia en el año 1918, al término de la Primera Guerra mundial, e incorporada a una región más amplia, cuya capital era Trento. Así pues, el año que viene se cumple el centenario de esta peculiar situación geopolítica, en la que un territorio de habla alemana pasó a formar parte de Italia.

Lo primero que llama la atención al adentrarse en el Südtirol, aparte de los impresionantes paisajes de montaña, es el omnipresente bilingüismo italiano/alemán que impera de manera oficial en todas las señalizaciones viarias. Las ciudades tienen todas un doble nombre alemán e italiano, p.e. la propia capital (Bolzano/ Bozen) y otras localidades, ya sean grandes o pequeñas: Bressanone/Brixen, Bruneck/Brunico, Dobbiaco/Toblach, etc. También ríos y montañas, lagos y valles aparecen con la doble denominación, tal como se puede ver en esta foto (link).

A lo largo de la historia, el Südtirol ha sido un territorio disputado, aunque el factor más determinante ha sido siempre su relación con Austria y más concretamente con el Tirol austriaco (región de Innsbruck), pero las vueltas de la historia han querido que en los últimos tiempos fome parte de la República Italiana. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la anexión? A partir de los años veinte, con el ascenso del fascismo en Italia, se acentuó el proceso de italinización del Südtirol, que consistía, entre otras cosas, en asentar población italianoparlante en la zona. Personajes como Ettore Tolomei, ultranacionalista de origen trentino, pusieron todo su empeño en que el proceso de italianización se llevara a cabo.

La Segunda Guerra Mundial no supuso ningún cambio de fronteras, aunque sí el final del fascismo. En 1946, los gobiernos de Austria e Italia alvanzaron un importante acuerdo sobre el Südtirol, que culminó en 1948 con el primer estatuto de autonomía. El acuerdo parecía favorable a las aspiraciones de la mayoría germanófona del Alto Adige, pero tenía un importante defecto: con él nacía una nueva región, denominada Trentino-Alte Adige, en la que se diluía una vez más el elemento germanófono. Esto provocó un resurgimiento de los sentimientos nacionalistas en la zona, que empezaban a tener plasmación política con el recientemente creado Südtiroler Volkspartei, un partido que sigue siendo hegemónico en la zona. Hubo también multitud de manifestaciones y protestas, incluso actos de sabotaje llevados a cabo por la Befreiungsausshuss Südtirol, fundada en 1956. Todo ello culminó en 1972 con un nuevo estatuto que concedía mayor autonomía a la provincia de Bolzano. La posterior entrada de Austria en la UE y la desaparición de las fronteras, puso el debate nacionalista en otros términos.

¿Qué queda hoy en día de todas aquellas tensiones? A simple vista, más bien poco. Bolzano (o Bozen) es un lugar apacible, tranquilo. Sus habitantes circulan por los numerosos carriles-bici que imperan por toda la ciudad, o pasean tranquilos por los bellos jardines que adornan ambas orillas del Isarco, afluente del Adige. Un paseo por el centro histórico le permite al visitante descubrir la arquitectura urbana local, de tintes claramente centroeuropeos. Después de recorrer varias calles y plazoletas, uno llega al espacio urbano más característico de Bolzano: la Plaza Walther, el verdadero corazón de la ciudad. En el centro de la plaza, una solemne estatua dedicada al personaje que le da nombre (la foto es mía).

El tal Walther no es otro que Walther von der Vogelweide, el célebre poeta en lengua alemana de la edad media, célebre por sus poemas y también por su militancia política pro-alemana en una época en la que los diversos reinos de Centro-Europa pugnaban contra el poder de los papas. Todo un símbolo para el nacionalismo alemán. Podríamos decir, pues, que la elección de la estatua no era precisamente inocente... Se erigió en esa plaza de Bolzano en el siglo XIX, en un contexto de auge nacionalista por toda Europa (compárese por ejemplo con el monumento a Arminio en Alemania o el monumento a Vercingetórix en Francia, coetáneos a este).

Imaginemos la situación en 1918, cuando Bolzano y su provincia pasaron a formar parte de Italia... No es de extrañar que a determinados elementos fascistas, en pleno proceso de italianización de la zona, les resultara incómoda la presencia de tal estatua en el corazón mismo de Bolzano. En los años treinta, Ettore Tolomei tuvo una idea que podía solucinar el problema: sustituir la estatua de Walther por la de otro personaje que representara la supuesta italianidad de la zona. ¿Quién podría ser ese personaje? El candidato era evidente: Nerón Claudio Druso, el general romano que incorporó ese territorio a Roma para mayor gloria de Octavio Augusto. Además, corrían tiempos de exaltación de la antiguas glorias romanas, con las que se equiparaban los logros de Mussolini

El proyecto de Tolomei consistía en realizar una reproducción en bronce de la estatua de Druso que se conservaba en el Museo Lateranense de Roma y ponerla en la plaza de Walther, a la que se cambiaría de nombre. Cuando la propuesta llegó a oídos de Mussolini, éste la rechazó. No porque estuviera en desacuerdo con el transfondo ideológico de la misma, sino porque podría suponer una provocación de consecuencias difíciles de calcular. Sin embargo, en 1936, cuando el régimen del Duce estaba alcanzando sus niveles más altos de autoconfianza, Mussolini dio luz verde al proyecto. La estatua de Druso podría lucir finalmente en la plaza principal de Bolzano, por si alguien dudaba de que este era un trozo de la patria italiana.

Sin embargo, el proyecto nunca llegó a materializarse. La copia de la estatua fue realizada, pero quedó en el olvido. Seguramente el bronce fue reutilizado para otros menesteres en tiempos de guerra. ¿A qué se debió ese cambio repentino de idea? Un nuevo elemento geopolítoco había entrado en escena: la Alemania de Hitler. Mussolini pensó que no era el mejor momento para quitarse de enmedio la estatua de un famoso poeta germánico...

Así fue cómo aconteció este breve 'guerra' de las estatuas. La de Walther sigue hoy en día en su sitio; de la reproducción en bronce que iba a sustituirla nunca más se supo. Pero queda aún un pequeño misterio: ¿dónde está la estatua de Druso que sirvió de modelo? En teoría, forma parte de la colección del Museo Gregorio Profano, en el Vaticano, donde fueron llevadas las obras del Museo Lateranense, que ya no existe. Busqué en el catálogo online del museo pero no aparece ninguna estatua de Druso el Mayor. Busqué en Internet y no encontré prácticamente ninguna información al respecto. Y mira que Internet es grande. Tan solo una foto, de muy poca calidad, en una página web (link):

¿Dónde está esa estatua? ¿Expuesta en el museo o guardada en algún almacén? Me gustaría mucho saberlo.

Enlace al primer capítulo de la serie: Cómo conocí a Druso.
Enlace al segundo capítulo de la serie: Ötzi.
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Bibliografía:
- Giardina, Andrea. "Augusto tra due bimillenari", en La Rocca et al., eds. (2013). AVGUSTO, catálogo de la exposición sobre Octavio Augusto celebrada en Roma entre los años 2013 y 2014.
- vv.aa. (2016). Trentino Alto Adige. Guide Verdi d'Italia, Touring Club Italiano.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (2): Ötzi

Hay muchas razones para visitar la ciudad de Bolzano, capital del Südtirol (o Alto Adige), región germanófona del norte de Italia. Lo que más atrae al viajero son sin duda los maravillosos paisajes de montaña de los Alpes Dolomitas, que pueden alcanzarse fácilmente desde la ciudad, y que podríamos ejemplificar con esta típica foto del grupo Geisler desde Val di Funes. Estuve en ese lugar, pero la foto no es mía.
Cómo no, en mi reciente viaje por esas tierras dediqué gran parte del tiempo a dejarme llevar por los senderos montañosos y disfrutar de las vistas. Pero ese no era el único objetivo de mi viaje. Había, también, un lado histórico. Para ser exactos, romano...

La ciudad de Bolzano está ligada al recuerdo de Druso. No en vano, esta localidad era conocida en la antigüedad como Pons Drusi, el Puente de Druso. En el año 15 a.C., por orden de su padrastro Augusto, el joven general se adentró con sus tropas en ese territorio alpino que en aquellos tiempos era casi una tierra ignota. Partiendo de Tridentium (Trento), y siguiendo el curso del río Adige, Druso fue adentrándose en territorio rético, donde encontró una fuerte oposición que no impidió su avance. Las suyas fueron las primeras tropas romanas que cruzaron los Alpes por el paso Resia; al otro lado de las montañas se le unió su hermano Tiberio, que había avanzado con sus ejércitos desde Germania. Una vez juntos, los dos hermanos no tardaron en culminar la conquista de la nueva provincia. La gloria de tal acción, por supuesto, recaería en Augusto, que no dudaba en apuntarse como propios los triunfos militares de sus generales.

¿Qué queda hoy de Druso en las tierras del Alto Adige? ¿Puede seguirse su huella? En Bolzano hay al menos una avenida principal y un puente moderno que llevan su nombre (Viale Druso y Ponte Druso). Y se conserva también una inscripción que le dedicó su hijo, el emperador Claudio. La inscripción es un miliario de la Via Claudia Augusta, que mandó construir Claudio siguiendo el trazado abierto en su día por su padre. Ese era el objetivo principal de mi visita a Bolzano, por encima de maravillosas montañas o pintorescos lagos: la inscripción de Druso.

Según mis datos, el miliario estaba en el Museo Arqueológico del Alto Adige, en Bolzano (Bozen para los habitantes del lugar, aunque de eso hablaré en el próximo capítulo). Al acercarnos al edificio del Museo, en pleno centro de la ciudad, observamos que en la acera que lo circundaba había una larga cola de turistas achicharrándose al sol esperando su turno para entrar en el mismo. El motivo de tanta expectación tenía poco que ver con Druso, desde luego. Desde hace unos años, el Museo Arqueológico de Bolzano se ha hecho célebre por otra pieza mucho más famosa: el cuerpo congelado de Ötzi, el hombre de las nieves, que fue encontrado en 1991 en un glaciar de los Alpes no lejos de Bolzano. La noticia dio la vuelta al mundo, sobre todo cuando se constató que Ötzi tenía una antigüedad de más de 5.000 años.

Así pues, ocupamos pacientemente nuestro lugar en la cola y después de media hora estábamos dentro del edificio, en disposición de visitarlo. Llegados al mostrador de información, se produjo el siguiente diálogo aproximado entre un servidor y la chica que atendía a los visitantes del museo:

- Buenas tardes. Me gustaría saber en qué planta están los restos romanos. En este folleto que tienen aquí no consta.
- ¿Restos romanos?
- Sí. Este es el Museo Arqueológico, ¿no?
(Pausa. Breve consulta con una compañera).
- Los restos romanos están en el almacén.
- ¿Cómo?
- No están expuestos al público. Hoy en día el museo está dedicado íntegramente a Ötzi.
- Pero...

Lo que vino a continuación fue una somera queja por mi parte, seguida de la siguiente pregunta: "Y la inscripción de Druso, ¿dónde está?", pregunta que a esa chica le debió parecer una verdadera rareza, como si delante de ella estuviera hablante un ser de otro mundo. "En el almacén, supongo".

Detrás de nosotros, un numeroso conjunto de turistas esperaban pacientemente a que este señor tan raro (yo) dejara de preguntar cosas tan extravagantes. ¿Restos romanos en un museo arqueológico?... En vista de la situación, la duda era si íbamos a pagar el precio de la entrada para ver ese museo monográfico dedicado al hombre de las nieves. Lo cierto es que así hicimos. Al fin y al cabo, hay que reconocer que el hallazgo de Ötzi es excepcional y bien vale un museo, aunque yo hubiera preferido que se hubieran hecho las cosas de manera distinta...

Aparte de los restos congelados de Ötzi, que pueden verse a través de un grueso cristal, en las salas del museo se muestran todos los objetos que fueron encontrados junto a él, algunos de ellos impresionantes: ropa, calzado, arco, flechas, hacha de cobre. Había, además, información detallada acerca de las circunstancias del hallazgo, por ejemplo esta: al hombre de las nieves lo encontraron en un punto muy elevado de las montañas, que hoy en día es fronterizo entre Italia y Austria. Tanto es así que las autoridades de un país y otro pusieron todos los medios para establecer a quién pertenecían los restos. Al final, se llegó al consenso de que, por un estrecho margen de 96 metros, Ötzi pertenecía a Italia. De ahí que hoy en día esté en Bolzano, y no en Innsbruck, y que sean las autoridades de Bolzano las que saquen pingües beneficios de este incomparable chollo que surgió un buen día de las nieves.

Todo muy bonito, pero... ¿dónde estaba la inscripción de Druso? Existía un plan B: ir al lugar donde originariamente se encontró al inscripción, cerca de Merano, y contemplar in situ la réplica que fue puesta allí en su día. La solución no era muy satisfactoria, pero podía servir para endulzar un poco las penas...

Resignados ante la situación, al tiempo que deslumbrados por lo que habíamos visto en el museo, emprendimos un paseo por la bella ciudad de Bolzano. Entonces se nos ocurrió, no sé por qué, que quizá el miliario de Druso había sido trasladado a otro museo. Vana esperanza pero... ¿por qué no intentarlo? Cerca del Museo Arqueológico, o lo que queda de él, está el Museo Civico, dedicado sobre todo a cuestiones etnológicas. Teníamos poco que perder, así que volvimos a la zona de los museos y cruzamos con pocas esperanzas el umbral del Museo Civico, donde nos atendió un señor que nos vino a decir que de la inscripción no sabía nada. O quizá, sencillamente, yo no me estaba explicando bien. Mientras hablaba con él, me di cuenta de que justo a su espalda, en el hueco de la escalera, había una enorme piedra que no tardé en reconocer.

- Es esa.
- ¿Cómo?
- Esa piedra. ¡Es el miliario de Druso!

En ese rincón estaba la piedra que me había traído hasta Bolzano, además de las montañas, los valles, el yogur y los lagos.


Un pequeño milagro en Bolzano, no hay duda. ¿Cuánto tiempo llevaba la inscripción en ese lugar? Quizá mi información era errónea, y la pieza llevaba allí desde hace antes de Ötzi. No lo sé. No me lo supieron explicar. Yo me podía haber informado mejor, eso seguro. Pero poco importa. Allí estaba la inscripción, en la que podía leer estas palabras, entre otras:

[vi]am Claudiam Augustam, / quam Drusus pater Alpibus / bello patefactis derexerat,

Hace unos dos mil años, Nerón Claudio Druso se adentraba con sus tropas en territorio alpino, siguiendo el curso del río Adige. Seguro que al llegar a la Val Venosta el propio Druso, o alguno de sus oficiales, levantó al vista para contemplar las bellas cumbres nevadas que se dejaban ver a lo lejos. Allá arriba, escondido en la nieve, yacía desde hacía tres mil años el cuerpo congelado de Ötzi.

Enlace al primer capítulo de la serie: Cómo conocí a Druso.
Enlace al tercer capítulo de la serie: Las estatuas.

Druso, Bolzano y el hombre de hielo. (1): Cómo conocí a Druso

Era un tarde lluviosa en Maguncia (Alemania). Llevábamos el cansancio acumulado del viaje y de ese primer día de visitar la ciudad. Pensábamos que la primavera a orillas del Rin era menos fría, más acogedora, pero a esas horas nos refugiábamos de la lluvia y mirábamos el plano de la ciudad, preguntándonos si convenía seguir visitándola o volver al hotel. Yo era más partidario de la segunda opción. Ya habíamos visto el famoso templo de Magna Mater, o lo que queda de él, habíamos dado una vuelta externa a la catedral y habíamos fotografiado, pese al ambiente gris, las multicolores casas de madera. Podíamos dejar el resto para el día siguiente. Mi novia, en cambio, insistió en que podíamos aprovechar el día para visitar otras cosas. La Drususstein, por ejemplo. La piedra de Druso. O, mejor dicho, la Torre de Druso.

Los restos romanos tienen a menudo la forma de piedras que sólo adquieren sentido si sabemos dárselo. A esas horas de la lluviosa tarde, con ganas de irme a descansar al hotel, la palabra Druso no era para mí más que una difusa referencia romana, sin mayor interés.

Venga, vamos.

Para llegar al lugar tuvimos que ascender una pequeña colina y cruzar el antiguo parque que hoy en día ocupa su superficie. Las señales para llegar a la Torre de Druso eran confusas, de modo que nos vimos obligados a dar varios rodeos. Por suerte, la lluvia era muy débil, y llegó a detenerse en algunos momentos. Por el camino nos tropezamos con aislados restos romanos: piedras con mayor o menor significado, esparcidas por el parque. No esperaba gran cosa de aquel paseo, y sin embargo, al llegar a lo alto y encontrarnos de frente con la torre de Druso, mi perspectiva cambió por completo.


¿Quién era ese Druso? ¿Qué hacía aquí esa torre, erigida según parece por sus soldados en homenaje póstumo? ¿Qué hacía yo allí en la tarde lluviosa haciéndome esas preguntas?

Esa misma tarde, ya en el hotel, empecé a indagar. Nerón Claudio Druso Germánico, hijo de Livia, ahijado de Augusto, hermano de Tiberio, padre de Germánico y del emperador Claudio, abuelo de Calígula. Personaje transversal de aquella época, héroe militar que asentó el poder romano en las tierras del Rin y que se adentró en territorio germano hasta llegar más lejos que cualquier otro romano hasta la fecha. Era el momento de leer sobre este personaje que había descubierto por casualidad, con desgana, en aquella tarde de Maguncia, ciudad que él mismo fundó en 13/12 a.C.con el nombre de Mogontiacum.

Poco queda en la memoria colectiva de aquel joven general que en su día fue todo en héroe en Roma. Influye en ello el hecho de haber muerto en plena juventud, y el hecho de no pertenecer a la larga lista de emperadores que, como su propio hermano Tiberio, eclipsan al resto de personajes de aquella época. El que más se acordó de él en época antigua fue su hijo Claudio, que acabó convirtiéndose por las casualidades de la vida en emperador de Roma. Claudio tuvo al gentileza de dedicar algunas monedas a la memoria de su padre (link).
Durante mucho tiempo, los soldados de Mogontiacum siguieron rindiendo honores a Druso en el día de su aniversario. La ceremonia se llevaba a cabo en lo alto de aquella misma colina, frente al cenotafio que ellos mismos habían construido, y que en aquella época tenía un aspecto bien distinto al que tiene ahora (link).

Así fue como empecé a interesarme por la figura de Druso. Ese interés, un tiempo más tarde, me llevaría a Bolzano, en Italia. Pero eso es el siguiente capítulo...

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Enlace al capítulo 2 de esta serie: Ötzi.

Roma: piedras y ladrillos

¿Acaso alguien que visite Roma puede queda impasible ante sus antiguas piedras? Quien más y quien menos querrá ver en esos templos derruidos, en esas columnas rotas y desgastadas algún tipo de esplendor borrado por el tiempo y eso le llevará quizás a alguna reflexión sobre el decurso de la historia o los vaivenes del destino. ¿Acaso Roma no existe un poco para eso, para hacernos pensar en nosotros mismos?

Entre los visitantes que pasean por las antiguos restos no faltan los poetas. Hace poco (de hecho ayer), leí El arrecife de las sirenas, de Luna Miguel, libro de poemas de esta escritora nacida en la época de los ordenadores, de esta poeta que es en sí misma el anuncio de un nuevo tiempo en la manera de entender la acción escrita. En uno de sus poemas, titulado "Sexo a media tarde en el Trastévere", se lee lo siguiente, referido a Roma:

me doy cuenta de que en esta ciudad todo son
piedras, de que cuando muramos seremos pie-
dras, de que solo las piedras significarán lo que
fuimos y de que dentro de mil años los gatos
pasearán por las ruinas de otra civilización.

Ese recuerdo en la voz de la poeta me llevó a otro escritor bien distinto, Rafael Chirbes. En su novela Crematorio, sus reflexiones sobre la antigua Roma le conducen vía ladrillo a ese otro mundo esquivo, el del pasado reciente:

Roma, el viejo avispero que Augusto llenó de ladrillos y mármol: que no se te olvide que el mármol era puro revestimiento, el delgado pan bimbo del sándwich; por debajo, el jamón del sándwich casi siempre era -como ahora- cemento o ladrillo.

Piedras, ladrillos.

Hace un tiempo fui a Maguncia, en Alemania. Allí, casi por casualidad, me encontré con el esqueleto en ladrillo de lo que fue el cenotafio de Druso. Era un día de lloviznas y cielos grises. Se supone que en el pasado el cenotafio estaba cubierto de los mejores mármoles y coronado por estatuas. ¿Qué queda de eso? Poco más que una deforme estructura de ladrillo. Un lugar en el que hacerse una foto, como un turista.


Las columnas de Palmira

Constantinopla es la ciudad del pórfido, ese mármol de color púrpura que tanto gustaba a los emperadores. Se conservan buen número de piezas realizadas en ese material, sobre todo estatuas y sarcófagos, como el famoso sarcófago de Constantino; son muchas, también, las antiguas columnas de pórfido que fueron reutilizadas para sostener y adornar las mezquitas de los sultanes, incluso el célebre harén de Topkapi. En los jardines del Museo Arqueológico se encuentran, diseminados en aparente desorden, varios fragmentos de este apreciado material. ¿Quién sabe? Quizá alguno de esos restos proceda de aquella sala llamada 'Porphyrion', recubierta por completo de pórfido, donde las mujeres de la familia imperial bizantina daban a luz a sus vástagos, llamados por ende 'porfirogénetas'. Hoy en día esos fragmentos de piedra sirven de escondrijo y hábitat a los muchos gatos que pueblan el museo y cualquier rincón de la ciudad, antigua o moderna.

La primera vez que fui a Estambul, en 1990, yo no sabía nada de todo esto. Para mí esa gran ciudad quedó en el recuerdo como una amalgama de sensaciones en la que se mezclaba la indescriptible luz de la Mezquita Azul, al atardecer, las abigarradas, casi sofocantes callejuelas del bazar, la travesía en barco hacia el otro lado, el asiático, la grandeza de Santa Sofía, el sabor picante de la comida en aquellos pequeños restaurantes de la ciudad vieja y el té de manzana que te servían los comerciantes, ávidos de venderte una prenda de cuero o cualquier otro artículo para turistas.

Cuando volví a Estambul, en 2015, sabía muchas más cosas, aunque eso no convertía a este segundo viaje una experiencia mejor que la primera. Simplemente, lo hacía diferente. Sabía que se conservaban unos magníficos mosaicos que pertenecieron al antiguo palacio imperial. Sabía que podían aún contemplarse las columnas y obeliscos del ya desaparecido hipódromo. Sabía que había unas enormes cisternas en el subsuelo, y en una de ellas una medusa puesta boca abajo. Sabía, también, que en algún rincón de Santa Sofía había unas imponentes columnas de pórfido. Y que en un lugar de tantos, por donde pasa a cada rato el tranvía, se encuentra la Columna de Constantino, hecha también de pórfido, concida como la 'columna quemada' por su demacrado aspecto.


Nuestra entrada en Santa Sofía fue a primeras horas, cuando los turistas aún no habían invadido el lugar, y eso nos permitía poder contemplar en calma todos los rincones de aquel incomparable espacio. Una vez más, como ocurrió en aquel lejano viaje de juventud, me volví a quedar impresionado por aquel lugar tan peculiar. Esta vez, además, iba en busca de algo, lo cual añadía una nueva disposición de ánimo a la mera curiosidad difusa del turista. No tardé en localizar las imponentes columnas de pórfido, situadas en los ábsides.


Son columnas viejas, desgastadas. En algunos casos están protegidas por unos aros de hierro situados a lo largo del fuste. Pero allí están, en aquel edificio que es el resumen de todo un imperio, con sus mármoles traídos de los más variados rincones de su vasto territorio para mayor grandeza de los emperadores. Fue Justiniano quien dio forma definitiva a este templo, que luego se convirtió en mezquita cuando cayó en manos otomanas y que, según dicen, corre peligro de volver a serlo.

Las columnas de pórfido, efectivamente, son muy antiguas, mucho más antiguas que la propia iglesia de Justiniano. Alaric Watson, en su extensa biografía sobre el emperador Aureliano, nos cuenta brevemente el periplo de esas columnas, citando fuentes bizantinas. Una historia poco conocida, que, creo, vale la pena recordar.
El año 272, tras una larga y cruenta guerra, el emperador Aureliano derrotó al ejército de Zenobia de Palmira, dando fin al denominado Imperio Palmirense, que lleva años desafiando la supremacía de Roma en Oriente. Zenobia fue conducida a Roma junto a su hijo Vabalato, donde fueron expuestos al escarnio público en la celebración del triunfo. Aureliano decidió no castigar a la ciudad de Palmira, que tuvo así una nueva oportunidad de perdurar en el tiempo. Sin embargo, los palmirenses se rebelaron al año siguiente contra Roma, pero esta vez Aureliano no fue tan magnánimo. Una vez sofocada la insurrección, decidió destruir la ciudad, que fue definitivamente abandonada. Así quedó Palmira para siempre: como ese conjunto de ruinas que tanto admiramos y que hace poco sufrió una nueva agresión a manos de los radicales islámicos.
Las tropas de Aureliano se dedicaron a saquear la ciudad antes de destruirla, como era práctica común en la antigüedad. De ese saqueo no se libró ningún edificio, incluidos los templos. Según cuentan algunas, pocas, crónicas antiguas, Aureliano se llevó a Roma unas imponentes columnas de pórfido para utilizarlas en su nuevo proyecto: un templo dedicado al dios Sol, una divinidad de origen sirio de la que era devoto. Según narran las fuentes antiguas, el Templo del Sol estaba situado en el Campo de Marte, y poseía todo tipo de riquezas y ornamentos, además de esas majestuosas columnas procedentes de Palmira. Una enorme estatua de plata del propio Aureliano presidía el lugar; unos exóticos colmillos de elefante adornaban una de las naves del sacro edificio.

Por entonces Roma era aún una ciudad pagana, y las autoridades del imperio protegían los lugares de culto dedicados a un elenco cada vez más variado de dioses. Pero iba a ser otro dios venido de Oriente, el de los cristianos, el que acabaría imperando por encima de todos ellos, hasta desplazarlos. A mediados del siglo V la ciudad de Roma cayó en manos de Odoacro, en una acción que puso fin a más de mil años de civilización antigua romana. El siglo siguiente, en uno de esos extraños giros de la historia, las tropas de otro emperador romano, esta vez de Oriente, conquistaban de nuevo la ciudad. Resulta difícil imaginar en qué estado se encontraba la antigua capital del Imperio cuando las tropas de Justiniano cruzaron sus puertas. Las guerras entre bizantinos y ostrogodos en tierras italianas habían acentuado aún más el largo proceso de decadencia que había empezado con la caída del Imperio. Los antiguos templos eran saqueados, para sacar provecho de sus riquezas. En su lugar empezaban a aparecer los primeros lugares de culto cristianos, como la basílica de San Juan de Letrán. El templo del Sol, construido por Aureliano, fue destruido por completo. Sus columnas fueron transportadas a Constantinopla, la ciudad más floreciente de aquellos tiempos, capital de Justiniano y de una larga lista de emperadores que continuaron, a su manera, el legado de Roma. Justiniano utilizó esas columnas para dar más brillo a su obra magna, por la que aún es recordado: la remodelación y engrandecimiento de Santa Sofía.

Así es la historia de estas columnas de pórfido. De Palmira a Constantinopla, pasando por Roma, en un viaje de miles y miles de quilómetros a lo largo de muchos siglos. Allí están aún, en pie, dando la bienvenida a los innumerables y curiosos turistas: las columnas de Palmira, de Aureliano, del dios Sol, de Justiniano. De todos.

Limes Germanicus

Tiene 30 etapas en 550 km de recorrido y no es el Camino de Santiago, aunque puede recorrerse a la manera del peregrino romano. En Alemania lo llaman Limeswanderweg, la ruta del Limes, que recorre lo que en época del Imperio Romano fue una línea fuertemente fortificada que enlazaba el Danubio con el Rin y defendía al Imperio de la amenaza bárbara. No en vano limes significa 'límite' o 'frontera' en latín.


Lo cierto es que el propio Limes, con sus majestuosas fortificaciones y murallas, no sobrevivió hasta más allá de la segunda mitad del siglo III, cuando el Imperio, acuciado por el impulso de los bárbaros, tuvo que replegar sus fronteras hasta hacerlas coincidir con los grandes ríos, el Rin y el Danubio. Ocurrió también con la Dacia, que fue evacuada en tiempos de Aureliano y reconvertida en la nueva provincia llamada Dacia Aureliana, esta vez a este lado del Danubio.

Hoy el día, aquel Limes Germanicus erigido principalmente por los Flavios y los Antoninos, el de la época gloriosa de Roma, sigue impresionando por la cantidad y calidad de los restos que han sobrevivido al paso de los tiempos. No es de extrañar que fuera declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. ¿Quién sabe? Espero poder hacer alguna etapa un día de estos. De momento me he comprado una completa guía.

Para más información:
- Limeswanderweg.
- Deutsche Limeskommission.

Climbing mountains with the classics

One of the things I like about the Historia Augusta is its imperfection and apparent lack of proportion: some crucial episodes (great wars, conquests, rebellions) are summarized in just a few words, wheras the most trivial anecdote in the life of an Emperor is described in full detail.

The first chapter is about Emperor Hadrian, who ruled the Roman Empire at the time of its highest splendour. It is well known that Hadrian was particularly fond of travelling: in the long years of his reign he visited all provinces, leaving behind an important legacy of buildings, commemorative inscriptions and monuments of all kinds, including statues of himself or his beloved Antinous. In the Historia Augusta we read some accounts of his travels. Let's see an example (De Vita Hadriani, XIII):

Post in Siciliam navigavit, in qua Aetnam montem conscendit, ut solis ortum videret arcus specie, ut dicitur, varium.

(Afterwards he sailed to Sicily, and there he climbed Mount Aetna to see the sunrise, which is many-hued, they say, like the rainblow.) Transl.: David Magie.

So here's a Roman Emperor in the act of climbing a mountain for the sake of it, just to enjoy the views.




Later in the text we read the following (De Vita Hadriani, XIV):

Sed in Monte Casio, cum videndi solis ortus gratia nocte ascendisset, imbre orto fulmen decidens hostiam et victimarium sacrificanti adflavit.

(As he was sacrificing on Mount Casius, which he had ascended by night in order to see the sunrise, a storm arose, and a flash of lightning descended and struck both the victim and the attendant.)

There is something undeniably modern in these pursuits. We tend to think that ancient people just didn't care much about hiking or climbing, and that when they actually climbed a mountain it was because they just had to, for practical reasons. However, it seems that Hadrian sometimes did it for pleasure.

More than a thousand years later, the poet Petrarch (1304-1374) wrote, in his Epistolae Familiares, a letter where he described his ascent to Mount Ventoux, in Provence:

To-day I made the ascent of the highest mountain in this region, which is not improperly called Ventosum. My only motice was to see what so great an elevation had to offer. (link)

Again, an example of early hiking, an appreciation of the pleasure of reaching the summits of mountains and enjoying the views.

A photo of me on Mount Ventoux some years ago.

However, not every writer or historical figure is so fond of rambling. The Russian writer Ivan Gocharov, in his short story Lihaja Bolest (1838), recently translated into Spanish as El mal del ímpetu, openly criticizes this modern trend of walking in the country, describing all those crazy people who just love spending their time on such a trufle occupation. When he wrote this beautiful story, full of irony, Goncharov had in mind his contemporaries, but his comments may as well had been addressed to Hadrian or Petrarch. Who cares? I personally love hiking, and I'm happy to discover that Hadrian, Petrarch and possibly other historical figures shared my hobby.

Palimpsesto

Estuve a mediados de los ochenta en Venecia, sin saber que aquella estatua de color rojizo empotrada en una esquina de la Piazza San Marco representaba el abrazo de los tetrarcas: una mano en el hombro del compañero, otra en la espada.

Arco de Galerio. link
Unos años después paseé por Tesalónica sin ser consciente de que aquel solitario arco en un cruce de calles modernas era el de Galerio, y que cerca de allí se alzó en su día el palacio del augusto de Oriente.

Visité varias veces York, caminé por sus murallas, admiré la catedral, los museos; no sabía entonces que en esa ciudad del norte de Inglaterra, en el año 306, había sido proclamado emperador el ilirio Constantino el Grande.

Pasé una semana en Orléans sin saber que esa ciudad le debe su nombre al emperador Aureliano.

Paseé por la Via Apia de Roma sin saber que una de las tumbas que jalonan el camino era la de Valerio Rómulo, hijo de Majencio, muerto a temprana edad y elevado por su padre a la categoría de divus.

Arles
Estuve varios días en Arles, visité el circo romano bajo el insoportable calor de agosto. Entonces no sabía que fue allí, en el antiguo Arelate, donde Maximiano se levantó en armas contra Constantino.

Otros lugares, p.e. Milán o Izmit (antigua Nicomedia) han perdido ya casi todo vestigio de aquella época. En Milán estuve hace años, en Izmit aún no.


Desig d'anar a Sèrbia

Si hi ha un país d'Europa que queda fora de tota ruta turística, aquest és sense dubte Sèrbia (en companyia dels adjacents i també ex-iugoslaus Bósnia, Montenegro i Macèdonia). És més fàcil trobar una guia de viatges sobre Surinam o les Illes Fidji que per a qualsevol d'aquests països balcànics. Potser en tot açò pesa encara la imatge de país relacionat amb la guerra, o de lloc una mica fosc o impenetrable. La veïna Croàcia, amb les seues platges i els seus llocs de turisme amable, i el petit enclau muntanyenc d'Eslovènia s'han apuntat fa temps al carro del turisme. ¿Li arribarà el torn a Sèrbia? No se sap.

El que m'atrau de Sèrbia té també que vore amb períodes turmentosos i amb paratges ferits per la guerra. No sé si és casualitat, però una de les èpoques més turbulentes de la història de l'Imperi Romà va ser protagonitzada per emperadors i usurpadors que en gran part van nàixer en terres balcàniques. Es van criar en la guerra, van madurar en la guerra, van lluitar per les regnes d'un imperi en plena crisi que es regirava com una serp ferida. Cal preguntar-se si hi ha hagut molts períodes de pau en la llarga història d'aquelles terres i la resposta és possiblement 'no', almenys fins ara que s'albira certa llum, certa porta oberta perquè algú com jo, armat amb les armes del viatger, puga anar a Sírmium, lloc natal d'Aurelià, de Maximià; a Félix Romuliana, l'indret on Galeri va construir un majestuós palau emulant el de Dioclecià en Split, un lloc de descans al qual mai no va arribar; visitar Naissus, ciutat natal de Constantí el Gran, de son pare Constanci Clor, de Claudi Gòtic. Emperadors d'un Imperi anomenat 'romà' en honor a una ciutat que alguns d'ells coneixien només com a referència llunyana.

Tinc un desig d'anar a aquelles terres. Per sort, sembla que iniciatives com la de l'Itinerarium Romanum Serbiae poden facilitar les coses, tot i que no està molt clar si el projecte està acabant d'assolir-se. Esperem que sí.

[revisions: juliol 2013: he inclòs un nou link en l'article].

Jo també estava allí

Com un visitant, observava allò que s'esdevenia a la Plaça Catalunya de Barcelona, on els joves indignats acampaven, s'unien en assemblees i existien en el seu somni.

Als voltants de la plaça dotzenes d'autobusos sense sostre portaven al llom turistes i més turistes provistos de càmeres i pells bronzejades.

Fotos que vaig fer aquells dies:

Llegir després d'anar

De vegades ens agrada llegir literatura sobre el lloc que visitem. Podem fer les lectures abans de marxar, o una vegada tornats a casa; també hi ha qui llig durant el propi viatge, com establint una realitat paralela.

Fa un parell d'anys vaig fer un curt periple d'estiu per terres de la Provença. No portava cap motivació literària concreta més allà d'un grapat de referències sense major pes en la meua imaginació: Mistral, Dante, Tartarin de Tarascon. L'únic llibre que em feia goig comprar era la novela titulada A Year in Provence, de Peter Mayle, més que res perquè em sonava com el títol d'una exitosa sèrie de la BBC dels anys noranta. Quan viatge a les ciutats sovintege llibreries, i en aquesta ocasió el pretext era trobar el llibre de Mayle, en anglès. El vaig buscar a Nimes, i potser també en algun altre lloc abans d'arribar a una llibreria anglesa d'Aix-en-Provence en l'escaparate de la qual lluïa l'exemplar de la novela; volent entrar-hi em vaig adonar que era diumenge, cosa difícil de saber per al turista. En tornar a València vaig haver d'encomanar el llibre per Internet i a la fi em va arribar.

Tenia, no sé per què, certa noció de A Year in Provence com una novela que podia valer la pena i el que em vaig trobar era un relat costumista, i humorístic, sobre una parella d'anglesos amb força diners que es compren una casa a la Provença i han d'enfrontar-se amb tota mena de vicissituds per a poder instalar-se en condicions, com si les preocupacions i hobbies d'una família acomodada m'importaren molt. La novela té una mica de sabor a 'expatriate novel' (m'acabe d'inventar el terme), i diria que ja se n'han escrit algunes; d'alguna manera, és la novela que tindria en ment qualsevol britànic lletraferit que s'ha comprat una casa en la Vall de la Gallinera, o en Lloc Nou d'en Fenollet, i pensa que la seua aventura té el rang d'odissea seudo-colonialista.

En fi, la novela de Mayle era ocurrent però no complia les expectatives. Ahir pel matí, passejant per la Fira del Llibre de València, vaig trobar el llibre que volia llegir després d'aquell viatge. Es titula Las ciudades blancas (ed. Minúscula), i és del gran Joseph Roth (1894-1939). En ella es narra un viatge riu (Roine) avall, cap a les ciutats blanques que somiava l'autor des de xiquet. Blanques per a algú que ve de la foscor, o més bé d'allò gris; fins i tot d'una guerra europea.

Comença amb dos ciutats que no conec: Lió i Vienne, i això fa que la narració, tot i ser estimulant, em rellisque una mica. Em parlen d'un lloc que desconec i sóc apenes capaç de sentir allò que em diuen. Després vénen Avinyó, Nimes, Les Baux, Arles, fins i tot petites pinzellades de Saint Rémy i Orange, i la cosa canvia; faig meues les imatges de Roth, entenc el que em diu quan em parla de l'edat de les pedres i dels diferents matisos de la llum del cel i de la pròpia pedra.

"La luz viva proyecta sombras definidas y crea una diferencia más acusada entre las zonas iluminadas y las umbrosas. El sol multiplica y hace crecer los detalles. En los países nebulosos y carentes de sol, los detalles se pierden, y se tiene la sensación de que el cielo profundo y pesado aplasta todo cuanto sobresale. Yo sólo había caminado por países nebulosos."(p. 43).

Una petita peça mestra de la literatura del segle XX, de mans d'un dels grans, Joseph Roth. Tan gran que té l'encert de començar el llibre dient quins són els seus límits, i la seua natura, com a escriptor. Paràgraf humil i magistral alhora:

"Un buen día me hice periodista, desesperado, porque ninguna profesión era capaz de colmarme. No pertenecía a la generación de los que abren y cierran la pubertad escribiendo versos. Tampoco formaba parte de la ultimísima generación, aquella que recurre al fútbol, al esquí y al boxeo para alcanzar la madurez sexual. Sólo podía ir en una modesta bicicleta de piñón fijo y mi talento poético se limitaba a precisas anotaciones en un diario." (p. 7).

Nota: la primera foto és d'unes restes romanes a Glanum, prop de Saint Rémy.

Quando alguém nasce, nasce selvagem


O Fim de Ano de 1990-91 o passei em Lisboa com minha noiva de então. Fomos ao Castelo de São Jorge, subimos ao bonde, visitamos o Chiado, o Café Brasileira, sentamo-nos também junto ao Pessoa de ferro. O dia de "Nochevieja", pela tarde, vimos que na praça do Comércio estavam preparando um concerto para celebrar o ano novo, e ficamos um momento ali escutando os ensaios. Chamou-nos a atenção uma preciosa canção que falava de "nascer selvagem". Depois, quando era já um pouco tarde, pusemo-nos a procurar um restaurante onde jantar aquela noite, e quando eram já quase as onze encontramos um, velho, tradicional, na praça de Camoes, onde nos puseram bacalhau e várias garrafas de vinho verde. Pouco depois estávamos na praça do Comércio no meio do alvoroço. Quando soaram os acordes de Nasce selvagem se desatou o entusiasmo: braços em alto, milhares de vozes cantando ao uníssono. E ali estávamos ela e eu, contagiados da alegria, tentando cantar o estribilho com nosso pobre português, vivendo aquela noite mágica debaixo do céu lisboeta.

Anos depois, graças a Internet, redescobri essa canção e ao grupo que a interpretava (Delfins). Aqui têm um vídeo de Nasce selvagem, interpretada por outro grupo, chamado Resistência:


Letra:

Mais do que a um país
que a uma família ou geração
Mais do que a uma passado
Que a uma história ou tradição
Tu pertences a ti
Não és de ninguém
Mais do que a um patrão
A uma rotina ou profissão
Mais do que a um partido
que a uma equipa ou religião
Tu pertences a ti
Não és de ninguém

Vive selvagem
E para ti serás alguém
Nesta viagem

Quando alguém nasce
Nasce selvagem
Não é de ninguém

Quando alguém nasce
Nasce selvagem
Não é de ninguém
De ninguém

La France: paysages, ponts, musiques

Qu'est-ce que c'est?
Oui, c'est le Pont d'Avignon. Comme vous voyez, il est aujourd'hui cassé. Je l'ai visité l'été dernier, avec ma copine de ce temps-là. Il y a une petite musée dédié à la célèbre chanson et à la longue histoire du pont, et quand on se promène par ses vieux pierres on peut contempler la merveilleuse ville d'Avignon, un bijou du sud de la France à la rive du Rhône. Si on regarde autour, on voit le sommet toujours blanc du Mont Ventoux et d'autres montagnes de la Provence et du Languedoc. Un paysage joli, méditerranéen.

J'aime la France, et la langue française, que je suis éternellement en train d'apprendre. Je lis des livres en français, je regarde des films (avec des sous-titres!). Je suis tombé amouré des filles françaises, j'ai aimé beaucoup leur manière de parler, leur accent. J'ai aussi écouté des chansons françaises, mais, en général je n'ai pas trouvé des chanteurs ou musiciens français qui m'attirent spécialement. Mais il y a des exceptions.

L'autre jour, grâce au blog de mon cher ami Xavier Aliaga, j'ai découvert une chanteuse française très intéressante: Françoiz Breut. Dans son article, Monsieur Aliaga nous offre la possibilité d'écouter une belle chanson de Breut: Les jeunes pousses. Vraiment magnifique, une des meilleurs chanson que j'ai écouté dans ma vie. Puis, j'ai cherché dans Internet pour trouver plusieurs chanson de Françoiz Breut, et j'ai trouvé quelque pièces vraiment remarquables. Dans le suivant vidéo, on peut voir Françoiz Breut dans un concert avec le groupe américain Calexico et, surprise!, un mariachi mexicain. Le mélange est surprenant! Ils chantent une chanson de Breut appelée Si tu disais. Elle chante en français, lui en anglais:

Pintures rupestres

M'encanta caminar per la natura, i potser com a extensió d'eixe agradar-me la natura m'estic aficionant a visitar coves amb pintures prehistòriques. Fa poc en vaig vore algunes a prop de Dos Aguas (en la foto d'ací al costat, un detall de l'Abric del Cérvol) i també n'he vist alguna en la zona de Bicorp, entre elles la famosa Cova de l'Aranya. Fa uns anys, quan vivia a Catalunya, vaig visitar el conjunt rupestre d'Ulldecona i alguna que altra cova d'ací i d'allà, per exemple a Benifallet. Hi ha una visita obligada per als amants d'allò rupestre, i és el museu de la Valltorta, prop de les Coves de Vinromà, municipi castellonenc. A banda del museu, es pot fer una visita guiada a la meravellosa Cova dels Cavalls, on hi ha de tot menys cavalls, potser perquè algun desaprensiu, abans que es prengueren mesures de seguretat, va xoriçar les corresponents imatges.

No es tracta només de vore els dibuixos i intentar entendre'ls mentre s'admiren les formes antiquíssimes. El més important és l'entorn: caminar sobre les pedres, tocar-les, seguir el curs dels riuets, mirar el cel, fer-se potser una idea aproximada de com era tot allò fa deu mil o set mil anys, abstraure's una mica, deixar-se dur pels camins de terra també antics emparant-se en la natura i llavors mirar els dibuixos i somiar amb ells.

¿D'on em ve esta afició, que podríem dir-ne recent? Des de fa un temps estic involucrat amb el tema de la prehistòria lingüística, i això m'ha fet acostumar-me a termes com a 'Mesolític' o 'Paleolític' i a entendre una mica millor aquelles èpoques. De fet, estic fent una tesi doctoral que té a vore amb tot això, i tinc un altre blog on parle d'estes i altres qüestions. No el publica Tadeus Calinca, sinó el meu alter-ego.

L'altre dia vaig descobrir, en un blog anomenat La Senda Oscura, una notícia per a mi interessant: la possibilitat de visitar les pintures rupestres de La Sarga, prop d'Alcoi, generalment tancades al públic. Ací tenen el cartell anunciador, amb les dates disponibles i alguna informació bàsica:

Jo no m'ho pense perdre! ¿Algú s'apunta?

Una habitació amb vistes

L'altre dia, diumenge, volia anar a Cortes de Pallás a fer la ruta anomenada de Cabanilles, però per estes coses d'anar pel món sense els mapes adequats i de no saber molt bé com orientar-se per aquelles carreteres de muntanya, vaig acabar pujant al Castell de Chirel, una excursió curta i gratificant enimg del no res, i després em vaig deixar dur per una pista asfaltada i forestal que em va conduir al poble de Cofrents, enlairat sobre el riu Cabriel o millor dit sobre el punt on conflueixen el Cabriel i el Xúquer (d'ahí el nom de la població). Cofrents és un lloc que val molt la pena visitar, amb els seus carrerons estrets i empinats i les passejades a la vora del riu des d'on gaudir de bellíssimes panoràmiques del castell i del poble.

Cofrents és també conegut, com no, perquè a uns quilòmetres de distància hi ha una central nuclear que es pot vore des del mateix poble. Ací tenen una instantània que vaig fer aquell dia:

Sovint, quan pensem en un lloc per a viure ens agrada la idea de trobar-ne un amb vistes agradables, on es puga vore una muntanya, un castell, un paisatge, o el mar, però ¿què tal si el que ens comprem és un pis que té un balconet amb vistes a les torres fumejants d'una central nuclear?

Nota: adaptat a partir de les gravacions de veu que vaig fer en el meu telèfon mòbil mentre passejava pel riu.

Encontre amb una cabra

Ahir, aprofitant que feia bon dia, me'n vaig anar a passejar a la muntanya. No sabia molt bé on anar, ni per què. Al final, pensant que volia descobrir algun lloc nou, em vaig decidir per la zona de Dos Aguas i Millars, en el curs mitjà del riu Xúquer.

En arribar a Dos Aguas, un panell (no molt) informatiu em deia que 'en algun punt entre Dos Aguas i Millars hi ha una sèrie de coves amb pintures rupestres'; vaig pensar que era una bona idea buscar eixe punt indeterminat. La carretera que uneix els dos pobles transcorre entre paisatges de pedra nua i formidable; el riu es veu a penes, allà baix, com un actor secundari. Per molt que mirara a una banda o altra no hi havia cap senyal referent a les coves, així que, quan vaig vore un camí prometedor, prop de Millars, vaig aparcar a la vora i el vaig enfilar cap amunt. De les coves, però, no hi havia ni rastre; a més es feia tard i l'oratge havia canviat a pitjor, amb quatre gotetes amplificades pel fort vent, així que després de dinar vaig decidir fer marxa enrere. A la dreta, segons baixava, tenia una paret de pedra tallada en vertical, d'alçada variable; a l'esquerra, l'abrupta pendent del barranc. Així anava jo, entre meditacions i bufades de vent fresc, quan de sobte sent un soroll provinent de la part de dalt, com si algú remenara arbustos, o brossa. Acte seguit, veig com cau des d'aquella alçada una cabra silvestre, de color marró. La tinc a uns quinze metres davant de mi. Em quede, com no, perplex. La cabra es posa àgilment sobre les quatre pates i em mira als ulls durant una milèssima de segon. De fet, ens mirem. Per una banda pense: 'quina llàstima no tenir a mà la càmera de fotos', per altra em pregunte si la cabra se sentirà amenaçada i correrà cap a mi per atacar-me, una situació per a la qual no estic preparat (a l'escola no ens ensenyaven estes coses)... L'animal, atordit i amb presses, pega mitja volta i se'n va costera avall. M'aboque entre els arbustos per intentar seguir-li la pista però res es mou allà baix; la cabra s'ha camuflat entre la vegetació, deu estar acostumada a moure's sigilosament entre pedres. Trac la càmera, espere pacient, però res. No hi ha rastre de la cabra. Una mica decebut, reprenc el camí cap avall, pensant en la cabra i la seua caiguda aparatosa. Ben mirat, ha faltat ben poc perquè em caiguera damunt. Imaginen la notícia a la premsa: "Accident mortal d'un excursionista per l'impacte d'una cabra en caiguda lliure". Això sí, hauria sigut una mort original, diferent.
Continue la marxa, de tant en tant mire cap al barranc per vore si hi ha indicis... I sí! La veig! Està damunt d'una roca, i sembla contemplar el precipici en postura estàtica i senyorial. Trac amb presses la càmera de fotos i quan enfoque veig que en realitat és un grup de cabres, almenys quatre, que pasturen juntes. Estan a certa distància però per sort les puc distingir amb nitidesa. Semblen una família, germanes o germans, pares i fills, totes en tons marrons i amb elegants moviments. Les contemple, els faig fotos (com la que poden vore ací dalt, en realitat un fragment) i vídeos. Només el vent es mou en aquell paratge. Res esglaia les cabres, res em fa sospitós. Per sort per a elles sóc jo el que les observa, un excursionista amb una càmera de fotos, i no un caçador amb la mira telescòpica de la seua escopeta. Eixes coses pense mentre deixe arrere aquella família de cabres monteses. Pensava sobretot en la bellesa del que havia vist, i en el difícil equilibri d'aquelles vides.

En fi, curiosa manera d'acabar l'any. Qui sap? Potser siga un auguri per als nous temps. Jo, de moment, continue sota l'embruix d'aquell encontre.